Por: Jorge Mario Forero Botero
Un terremoto no destruye únicamente viviendas, vías, hospitales o escuelas: también
pone a prueba la capacidad de las instituciones para responder cuando casi todo lo
demás dejó de funcionar. El sismo de magnitud 7,4 del 10 de agosto, con epicentro en
San José del Palmar, Chocó, dejó más de 330 muertos y afectó a 494 municipios de 16
departamentos.
En Caicedonia y Sevilla, municipios de la Regional Eje Cafetero de la Universidad del
Valle, el sismo obligó a suspender la presencialidad y a pasar a modalidad PAT
mientras se evaluaban los daños en las sedes. En Roldanillo, más de 3.000 viviendas
resultaron afectadas y el dique de Asorut quedó agrietado. En Versalles, el golpe fue
mayor: la alcaldía quedó inhabitable, la iglesia principal y buena parte del caserío se
destruyeron, y el puente que comunica a La Victoria con La Unión, paso obligado hacia
Versalles y la cordillera, colapsó y dejó incomunicada esta zona del norte del Valle. Son
territorios con los que tengo cercanía y cariño: sé qué alcaldía está hoy sosteniendo su
operación con parte de su infraestructura en el suelo.
Tendemos a pensar que un municipio de categoría cuarta tiene mayor capacidad que
uno de quinta o sexta. No siempre es así: uno con mejores capacidades puede sufrir un
golpe tan severo que estas resulten insuficientes, mientras otro, más débil, sale mejor
librado. El propio DNP lo reconoce: Colombia tiene 1.102 municipios heterogéneos, y
por eso avanza hacia tipologías territoriales que reconozcan capacidades reales más
allá de la categoría fiscal de la Ley 617. No todos los municipios necesitan lo mismo,
aunque hayan vivido el mismo terremoto.
En las primeras horas, la urgencia por actuar es comprensible: rescatar, remover
escombros, garantizar agua y albergue. Convocar el Consejo Municipal de Gestión del
Riesgo de Desastres puede sentirse una carga innecesaria, pero cuanto menos tiempo
hay para planear, más caro resulta actuar sin planificación. Esos espacios existen para
evitar que veinte funcionarios bien intencionados tomen veinte decisiones
desconectadas. Incluso la urgencia manifiesta de la Ley 80 exige un acto administrativo
motivado: la emergencia justifica rapidez, no improvisación.
La Ley 1523 de 2012 obliga a formular planes de rehabilitación que no reactiven el
riesgo preexistente, y para eso hacen falta datos: viviendas caracterizadas, vías
evaluadas, predios en riesgo. Las fuentes de financiación ya existen (Fondo Nacional
de Gestión del Riesgo, Fondo de Adaptación y, en el Chocó, el SGR vía OCAD Paz).
Lo que hoy parece un simple registro de la emergencia, mañana es el insumo técnico
que sostiene el proyecto que trae los recursos.
Colombia ya sabe reconstruir: lo hizo tras el terremoto de Armenia de 1999, cuando el
FOREC alcanzó el 93 % de sus metas en dos años y medio, delegando la ejecución a
gremios y organizaciones comunitarias. No es casual que el Gobierno haya anunciado,
el 24 de agosto, un fondo inspirado en ese modelo. Lo que me interesa es si esta vez
los municipios llegarán a esa mesa con información propia. La Misión de
Descentralización ya advirtió que Colombia asignó competencias de forma homogénea
a territorios profundamente distintos, y que los municipios necesitan mejores
instrumentos de planeación para ejercerlas. Descentralizar no debería significar solo
trasladar responsabilidades, sino también construir la capacidad territorial para
asumirlas.
Dentro de algunos meses, cuando la emergencia deje de ocupar titulares, empezará la
etapa más larga. Los municipios que hayan organizado sus datos estarán un paso
adelante frente al fondo de reconstrucción, frente al Gobierno nacional y frente a su
propia comunidad. Planear no es adivinar el futuro; es estar preparado para cuando
todo vuelva a moverse.
La reconstrucción física ya empezó. La reconstrucción institucional debe empezar
desde ahora. Caicedonia, Sevilla, Roldanillo y Versalles, como tantos otros municipios
golpeados, deben ser una prioridad para muchas más manos: instituciones públicas,
academia, sector privado y organizaciones sociales que, cada una desde su lugar,
decidan acompañarlos de verdad.
Arquitectura pública para resultados.
Otras columnas de Opinión
Entérate con El Expreso
(0)Comments