El 29 de agosto, Islandia no votó sobre su ingreso a la Unión Europea, sino sobre si debía reanudar las negociaciones de adhesión interrumpidas desde 2013. El 'No' obtuvo 52.8 por ciento; el 'Sí', 47.2 por ciento, con una participación de 82.5 por ciento. Incluso una victoria afirmativa no habría significado el ingreso: cualquier acuerdo final habría tenido que someterse a una nueva votación.
La distinción importa. En una clasificación doctrinal extendida, aunque no universal, el referéndum se vincula con la aprobación o el rechazo de una norma, mientras el plebiscito se refiere a una decisión política sometida al electorado. Sin embargo, la terminología depende de cada ordenamiento y el carácter vinculante constituye una cuestión diferente. No es correcto, por ello, llamar plebiscito a una votación sólo porque su resultado sea consultivo.
El parlamento islandés convocó un referéndum nacional para preguntar si el país debía reanudar las negociaciones con la Unión Europea. Conforme al párrafo tercero del artículo 123 de la Ley Electoral, el resultado era consultivo y carecía de fuerza obligatoria. La primera ministra, Kristrún Frostadóttir, no obstante, se comprometió a respetarlo. De ese modo, un resultado formalmente consultivo adquirió fuerza política decisiva. El caso muestra que la eficacia de un mecanismo de democracia directa no depende únicamente de la norma, sino también del compromiso institucional que lo sostiene.
El referéndum europeo de Islandia fue también un debate marítimo. La cuestión no fue solamente Europa, sino la forma en que Islandia entiende su identidad marítima y su futuro nacional. El resultado confirmó esa lectura.
La campaña colocó en el centro la pesca, los recursos marinos y la capacidad nacional de decidir sobre ellos. Para una parte importante del electorado, las posibles implicaciones de la Política Pesquera Común de la Unión Europea no constituían un asunto técnico. Tocaban una fibra histórica: la defensa de las aguas, la memoria de las Guerras del Bacalao y la convicción de que el control de los recursos pesqueros forma parte de la soberanía nacional.
Allí opera el imaginario oceánico: la manera en que una sociedad representa el mar, le atribuye significado y lo incorpora a su identidad colectiva. En Islandia, el océano no es paisaje ni periferia. Es economía, alimento, empleo, memoria, seguridad y soberanía. Esa representación influyó en una importante decisión de política exterior.
También aparece la centralidad marítima. Esta surge cuando la condición geográfica deja de ser un dato pasivo y se convierte en criterio organizador de las prioridades nacionales. El mar no determinó por sí solo el resultado, pero sí estructuró intereses, percepciones y preferencias electorales. Desde ese marco, los islandeses evaluaron los costos y beneficios de una integración más profunda.
Islandia ofrece una expresión concreta del Estado marítimo: no simplemente un Estado con costas, sino uno capaz de integrar el océano en su derecho, economía, diplomacia, seguridad y estrategia de desarrollo. Al rechazar la reapertura de negociaciones, los islandeses no eligieron el aislamiento. El país seguirá integrado al Espacio Económico Europeo y al espacio Schengen, y permanecerá en la OTAN. La mayoría prefirió una fórmula de integración que, a su juicio, preserva mayor capacidad de decisión sobre sus recursos marítimos.
La lección para México no consiste en imitar el resultado islandés, sino en comprender la relación entre territorio, identidad e interés nacional. México cuenta con más de 11 mil kilómetros de litoral en dos de los principales océanos del mundo (océano Pacífico y océano Atlántico). Posee, además, un espacio marítimo cercano a 3.15 millones de kilómetros cuadrados, integrado por el mar territorial y la zona económica exclusiva, sobre el cual ejerce, conforme a la zona de que se trate, soberanía, derechos soberanos y jurisdicción.
Ese espacio debe formar parte de nuestra visión estratégica de desarrollo y de nuestro imaginario oceánico. Sólo así podremos construir una centralidad marítima que transforme la geografía en instituciones, infraestructura, conocimiento, seguridad y prosperidad, y que dé viabilidad de largo plazo a una nación de más de 134 millones de habitantes. Mirar al mar no es una aspiración retórica: es una necesidad nacional.
Islandia recordó que las decisiones nacionales más profundas se adoptan desde aquello que una sociedad considera esencial. El 29 de agosto se votó sobre Europa; en el fondo, decidió el mar.
Roberto Arriola García
Miembro de la Barra Mexicana, Colegio de Abogados
EEZ
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