Hay cosas que parece que ya no se pueden decir porque algunas exigen un prólogo, tres aclaraciones y un certificado de antecedentes ideológicos.
No se puede decir que la inmigración plantea problemas de convivencia sin que alguien te llame racista, ni que la mayoría de los inmigrantes ha venido a trabajar y merece una vida digna sin que otro te acuse de ingenuo o de woke. No se puede hablar de inseguridad sin parecer de extrema derecha, ni advertir que exagerar el miedo también es una manera de hacer política sin que te señalen como cómplice de los delincuentes. No se puede defender el derecho de Israel a existir y denunciar el genocidio de Gaza en la misma frase. No se puede condenar a Hamás sin añadir inmediatamente una cláusula preventiva, ni lamentar la muerte de palestinos sin que alguien pretenda convertirte en portavoz de Hamás. No se puede decir que Catalunya tiene derecho a decidir su futuro sin ser considerado enemigo de España. Ni sentirse catalán y español sin que desde alguna de las dos orillas te exijan que elijas.
Y, sobre todo, no se puede cambiar de opinión. Cualquier frase pronunciada hace diez años queda archivada como una condena de por vida. Rectificar ya no demuestra inteligencia ni capacidad para aprender: despierta sospechas. Las redes sociales no reconocen el derecho a la evolución, solo conservan capturas de pantalla.
Hablamos con miedo, rodeando cada idea de explicaciones, paréntesis y disculpas
Hemos empezado a hablar con miedo, rodeando cada idea de explicaciones, paréntesis y disculpas. Antes de expresar una duda, aclaramos quiénes somos, dónde estamos y a quién no votamos, por si alguien decide situarnos en un lugar al que no pertenecemos. Nos autocensuramos porque tememos la etiqueta mientras los intolerantes hablan sin complejos. Por terror les hemos regalado palabras y debates enteros.
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El silencio nunca deja un espacio vacío: alguien acaba ocupándolo. Si quienes aceptan la complejidad renuncian a hablar, las palabras quedan en manos de quienes no tienen dudas, ni escrúpulos ni matices. Y entonces ya no se debate: se grita. Tal vez no vivamos en una sociedad donde no se puede decir nada, sino en una donde cada vez cuesta más decir algo sin que nos obliguen a escoger una trinchera. Y una democracia empieza a debilitarse cuando tener dudas se considera una traición.
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