Me disponía a escribir sobre septiembre, con la facilidad con la que se me van los dedos en cuanto arranca el mes y yo misma he tenido que forzar a la mano derecha a sostener a la izquierda —primero, y luego del revés—, diciéndome muy seria: 'Pilar, detente. ¡Ya has escrito sobre septiembre!'. Y sí. He escrito sobre la nostalgia de tantos finales de veranos, de que el verdadero año nuevo no es el uno de enero, sino el primer lunes de septiembre; del gimnasio y la piscina llenos —por pocos días— con los nuevos propósitos estrenando chándal o bañador. De los coleccionables —¿alguna vez alguien acabaría alguno?— y de la hipnótica zona cero de la doble fila frente a un colegio reconvertida en kiss & drop. Pero también no. ¡Porque apañados estaríamos si las páginas y los episodios, y los lienzos solo se llenaran de historias nuevas, verdaderamente nuevas! Sin abrir. Y de hecho, si hay tantas historias nuevas, es gracias a la infinitud de unas pocas historias repetidas. Apenas seis, según un estudio realizado en 2016 por el Computational Story Lab de la Universidad de Vermont que, tras analizar 1.737 obras de ficción de Project Gutenberg, concluyó que las historias de la literatura occidental se construyen sobre solo seis arcos emocionales básicos. Muy muy cerca, en 2004, el periodista Christopher Booker publicaba su libro 'Las siete tramas básicas', afirmando que toda la ficción mundial se reduce a solo siete grandes estructuras narrativas. Antes que él, en 1993, el escritor Ronald B. Tobias ampliaba la lista en su libro '20 argumentos maestros y cómo construirlos'. El más tacaño resultó ser Jorge Luis Borges, que en su libro 'El oro de los tigres' (1975) sostenía que toda la literatura universal se reduce a solo cuatro ciclos o argumentos universales: 'Cuatro son las historias. Durante el tiempo que nos queda seguiremos narrándolas, transformadas'. Y el más generoso, sin lugar a dudas, el sistema Aarne-Thompson-Uther o ATU, que tiene su origen en el folclorista finlandés Antti Aarne, quien en 1910 publicó un sistema de clasificación de fábulas y cuentos de hadas. Catalogó hasta 540 tipos de historias partiendo de tres grupos principales: 'cuentos de animales', 'cuentos clásicos' y 'cuentos humorísticos'. Pero con los cuentos cambiando a la velocidad de los tiempos, la lista fue engordando a base de actualizaciones, llegando a diferenciar en su versión más moderna (2004) hasta 'cuentos de tontos', 'cuentos de matrimonios', 'cuentos con trampa' o 'accidentes afortunados'; ¡entre 2.399 tipos posibles de historias! El crítico teatral francés Georges Polti publicó en 1895 su ensayo 'Las treinta y seis situaciones dramáticas', inspirado por el dramaturgo italiano Carlo Gozzi, quien ya defendía allá por 1800 que solo había 36 argumentos repetidos constantemente en la historia. Pero el romántico Polti añadía a esa lista que esas 36 situaciones son también, de algún modo, las emociones que componen la vida. Y trasladándonos —como rezan los cuentos— a un lejano lugar hace mucho, mucho tiempo, según la teoría india del Natya Shastra (de algún momento entre el 500 a. C. y el 500 d. C.), el entretenimiento es un efecto deseado de cualquier obra visual, literaria o musical, pero no su objetivo principal, que es transportar al público a otra realidad paralela, llena de asombro. Donde experimente la esencia de su propia conciencia y reflexione sobre cuestiones espirituales y morales. Ese lugar es el rasa, que significa literalmente «jugo o esencia» y alude a esa evocación indescriptible que solo alcanzará al espectador sensible o sahrdaya. Literalmente, 'aquel que tiene corazón' y es capaz de conectar con la obra desde la emoción. El Natya Shastra define ocho rasas, como la compasión, el miedo o el amor. Y aunque me encanta esa corresponsabilidad repartida a pachas entre este que lee y esta que escribe, prefiero no reducirnos —ni por arriba ni por abajo— al ajustado espacio de los números. En un tiempo aún más lejano, el griego Heráclito de Éfeso pronunció —o eso cuentan y, viendo lo visto, hasta puede que no fuera siquiera el primero—: «Nadie se baña dos veces en el mismo río», que, como no era columnista, sino filósofo, venía a aludir a que el río cambia, sí: el agua fluye y se mueve sin parar por un caudal que no es el mismo un instante después. Pero también la persona que entra al agua es distinta. Cambia, se transforma. Por eso, seguro, ya está todo escrito —yo misma he escrito varias veces de algo tan tonto como septiembre—. Pero también no. Cambia el escritor y cambia el lector. Y de hecho, ambos sabemos que ni el mismo lector ante las mismas letras, ni tampoco el propio escritor es el mismo en dos días distintos. ¡Sí lo sabré yo! Por eso, permítanme la licencia de repetirme cada tanto. Por ejemplo, cada vez que sienta el hipnótico asombro al descubrir a un niño, cualquiera, que cargado de mochila e historias, cruza el portal del colegio cuando llega septiembre. Pilar Ruiz Costa es escritora @otropostdata
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