En el tablero trucado de la política patria, la Monarquía vuelve a ser ese peón sacrificable que el Gobierno saca de su casilla cada vez que las torres se le tambalean y se encuentra a los pies de los caballos. Las recientes declaraciones de Pedro Sánchez, cargadas de una solapada malicia y con un cálculo matemático de los años de reinado de Felipe VI tan impreciso como interesado, no suponen un patinazo sin más. Hacer que llueva sobre mojado jamás fue casualidad en el parte meteorológico de Moncloa. El terreno venía sembrado tras la última embestida del ministro más visceral, Óscar Puente, cuestionando la agenda real por una simple foto en Colombia. Ahora, la jugada sube de nivel: se intenta involucrar sutilmente a la Corona en el pantanoso avispero diplomático con Marruecos. Que pretendan traspasar al Rey la responsabilidad de una relación bilateral alambicada y salpicada de cesiones opacas se antoja otra maniobra maquiavélica y obtusa. Atribuir roles que no le corresponden a la Jefatura del Estado no es deferencia, sino buscar un parapeto. Convertir a la Zarzuela en el escudo de los embrollos de la Moncloa sirve a un doble propósito: descargar culpas si la diplomacia fracasa y alimentar, de paso, el eterno guiño republicano a sus socios de coalición. Cuando las vergüenzas de la gestión propia aprietan, nada le resulta más útil al Ejecutivo sanchista que agitar la vieja cortina de humo dinástica. Sánchez lanza el envite y posiciona las piezas. La pregunta es cuántas piezas y de qué cuantía de este peligroso ajedrez está dispuesto a sacrificar el jugador ventajista al que se le acaba el tiempo en el reloj.
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