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La izquierda que no fue: MORENA, Sheinbaum y el fantasma del PRI

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Un juez acaba de decidir que la muerte de Paola Buenrostro, activista trans asesinada en 2016 debe procesarse como homicidio y no como transfeminicidio. La decisión reactivó las protestas de los colectivos frente a la fiscalía capitalina, la misma fiscalía que opera bajo un gobierno MORENA controla desde hace años. Esta es el tipo de decisión que revela, con más claridad que cualquier discurso, a qué se parece realmente el gobierno de un partido que se presenta a sí mismo como la izquierda mexicana. No creo que Claudia Sheinbaum sea, en lo individual, una mala persona, ni que gobierne de mala fe, aun así, no voté por ella, y una de las razones centrales fue verla, como jefa de gobierno capitalina, autorizar el uso de la policía contra manifestaciones feministas y de la comunidad LGBT, mientras la candidata del PAN pasaba la campaña asistiendo a marchas del orgullo. Esa es la prueba de que en México "izquierda" y "derecha" no significan lo que significan en el marco político occidental que casi todos, sin darnos cuenta, usamos para interpretarlas. Es cierto que MORENA representa un giro real hacia la izquierda frente al consenso neoliberal que gobernó México antes. Entre 2018 y 2024, 13.4 millones de personas salieron de la pobreza según cifras del INEGI, y la pobreza extrema cayó a 5.3%, el nivel más bajo registrado. Los salarios mínimos reales crecieron de manera sostenida por primera vez en generaciones. Es importante reconocer esto porque MORENA no es todo malo y el PAN ciertamente no sería mejor. La aparente contradicción entre el avance económico y el reflejo autoritario no es una contradicción; es la misma lógica aplicada a dos terrenos distintos. La izquierda mexicana, tal como la practica MORENA, no nació de una tradición socialdemócrata occidental donde la redistribución económica y la apertura social evolucionaron juntas como un mismo proyecto. Nació del corporativismo estatista del PRI: un Estado fuerte, dueño de los recursos estratégicos, que habla en nombre de la soberanía y del pueblo, pero sin ninguna obligación estructural de tolerar la disidencia que no controla directamente. En 2018 se reconstruyó la relación del Estado con el capital. Nunca se reconstruyó su relación con la protesta, porque nada la obligó a hacerlo; el mismo aparato que hoy reparte programas sociales es el que decide, sin más contrapeso que su propio criterio, si una muerte fue transfeminicidio o "solo" un homicidio y cuyos senadores se sienten con la autoridad para decir que oda aquel que no forme pare del partido no puede querer nada bueno para el país, pues si lo quisiera, estaría en MORENA. El espejo del otro lado confirma el patrón. El PAN no necesita ser un partido genuinamente favorable a la comunidad LGBT para que sus candidatas asistan a marchas del orgullo; le basta con que el cálculo electoral entre votantes urbanos de clase media lo recompense por ello, sin que eso implique ningún cambio en su núcleo doctrinal católico. MORENA y el PAN están haciendo lo mismo desde direcciones opuestas: tomar prestado un símbolo que no corresponde a su estructura real, uno por conveniencia electoral, el otro por herencia institucional jamás examinada. Ninguno de los dos está mintiendo exactamente; ambos están usando un lenguaje de izquierda, derecha, progresismo, conservadurismo, etcétera diseñado para describir otro país. No reconocer la dinámica casi propagandística que ocurre lleva a perdonar el reflejo autoritario de MORENA porque "al menos es de izquierda", o a descartar por completo su historial económico porque "reprime a manifestantes", como si ambas cosas no pudieran ser ciertas al mismo tiempo. Quienes celebran a MORENA como la izquierda que México finalmente logró tener, y quienes lo condenan como una traición a esa misma izquierda, comparten el mismo error de fondo: asumen que aquí existe una izquierda en el sentido en que Occidente entiende la palabra. No la hay. Lo que hay es un Estado que aprendió a repartir mejor la riqueza sin aprender nunca a tolerar a quienes se le oponen, porque ese Estado no es una ruptura con el PRI. Es el PRI, con un discurso nuevo y una base social distinta (e incluso eso es debatible), ejerciendo la misma autoridad de siempre sobre quienes decide que no cuentan. Así que, supongo que lo único que me queda es desearle larga vida al partido de la revolución transformación porque no tenemos ni tendremos algo más.
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