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Manu García

La picaresca de la emergencia social

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El arte de vivir del cuento ha alcanzado en España cotas de obra maestra. Hoy en día, bajo el paraguas de una supuesta y perpetua emergencia social, se ampara a ejércitos de ciudadanos que han hecho del Estado un eterno pagador. Lo preocupante no es que existan redes de seguridad para quien verdaderamente las necesita —una obligación ineludible de cualquier sociedad avanzada—, sino la mutación perversa de ese colchón en una hamaca mullida. El relato oficial insiste en que España es un país que puede permitirse sostenerlo todo, ignorando sistemáticamente la ley de gravedad de la economía: el dinero público no brota de los árboles ni mana de fuentes milagrosas; sale, íntegro y a menudo con violencia, de la nómina del sufrido contribuyente. La maquinaria política ha perfeccionado un clientelismo moderno donde se compran voluntades a plazos, hipotecando el futuro de varias generaciones a cambio de un puñado de votos cautivos. Se promete la luna con dinero prestado, endeudando hasta el sentío a un país incapaz de generar el crecimiento real necesario para sostener tanta estructura parásita. Ante este panorama distópico, es inevitable plantearse una cuestión incómoda: ¿quién es más vulnerable? ¿El que recibe pagas sistemáticas por no hacer nada o el currante al que se le acribilla a impuestos? La respuesta debería ser evidente, pero el cinismo contemporáneo ha invertido los términos morales. El trabajador medio —ese que madruga, que levanta la persiana de su pequeño negocio— se ha convertido en el auténtico paria del sistema. A él se le exige un esfuerzo fiscal confiscatorio, esquilmando hasta la mitad de su sueldo bruto entre IRPF, cotizaciones sociales y una legión de impuestos directos e indirectos que harían temblar a cualquier hacienda del entorno europeo. El mensaje que emite la administración es devastador: el trabajo ya no es el motor de la movilidad social, sino la coartada perfecta para ser exprimido. La historia avisa a los pueblos que se empeñan en ignorarla. No estamos inventando nada nuevo. En la decadencia del Imperio Romano se optó exactamente por la misma receta populista: subsidiar a mansalva, regalar pan y circo para aplacar los ánimos de la plebe y mantener contentas a las clientelas políticas mientras el sistema se desangraba por las costuras (amén de otros motivos estructurales y militares), ya sabemos el final de aquella película. El problema en España no es la falta de solidaridad, sino el exceso de demagogia fiscal. Se confunde el bienestar con el dispendio y la protección social con el fomento del parasitismo. Si seguimos alimentando la rueda de la subvención infinita a costa de asfixiar a quienes mantienen en pie la economía productiva, el castillo de naipes terminará por venirse abajo. Y cuando eso ocurra, no habrá paguitas para nadie, ni tampoco impuestos que recaudar, porque ya no quedará nadie dispuesto a pagar la fiesta. La verdadera justicia social no consiste en igualar a todos en la precariedad subvencionada, sino en premiar el esfuerzo de quien madruga para levantar el país. Gracias por la lectura y feliz lunes. El arte de vivir del cuento ha alcanzado en España cotas de obra maestra. Hoy en día, bajo el paraguas de una supuesta y perpetua emergencia social, se ampara a ejércitos de ciudadanos que han hecho del Estado un eterno pagador. Lo preocupante no es que existan redes de seguridad para quien verdaderamente las necesita —una obligación ineludible de cualquier sociedad avanzada—, sino la mutación perversa de ese colchón en una hamaca mullida. El relato oficial insiste en que España es un país que puede permitirse sostenerlo todo, ignorando sistemáticamente la ley de gravedad de la economía: el dinero público no brota de los árboles ni mana de fuentes milagrosas; sale, íntegro y a menudo con violencia, de la nómina del sufrido contribuyente. La maquinaria política ha perfeccionado un clientelismo moderno donde se compran voluntades a plazos, hipotecando el futuro de varias generaciones a cambio de un puñado de votos cautivos. Se promete la luna con dinero prestado, endeudando hasta el sentío a un país incapaz de generar el crecimiento real necesario para sostener tanta estructura parásita. Ante este panorama distópico, es inevitable plantearse una cuestión incómoda: ¿quién es más vulnerable? ¿El que recibe pagas sistemáticas por no hacer nada o el currante al que se le acribilla a impuestos? La respuesta debería ser evidente, pero el cinismo contemporáneo ha invertido los términos morales. El trabajador medio —ese que madruga, que levanta la persiana de su pequeño negocio— se ha convertido en el auténtico paria del sistema. A él se le exige un esfuerzo fiscal confiscatorio, esquilmando hasta la mitad de su sueldo bruto entre IRPF, cotizaciones sociales y una legión de impuestos directos e indirectos que harían temblar a cualquier hacienda del entorno europeo. El mensaje que emite la administración es devastador: el trabajo ya no es el motor de la movilidad social, sino la coartada perfecta para ser exprimido. La historia avisa a los pueblos que se empeñan en ignorarla. No estamos inventando nada nuevo. En la decadencia del Imperio Romano se optó exactamente por la misma receta populista: subsidiar a mansalva, regalar pan y circo para aplacar los ánimos de la plebe y mantener contentas a las clientelas políticas mientras el sistema se desangraba por las costuras (amén de otros motivos estructurales y militares), ya sabemos el final de aquella película. El problema en España no es la falta de solidaridad, sino el exceso de demagogia fiscal. Se confunde el bienestar con el dispendio y la protección social con el fomento del parasitismo. Si seguimos alimentando la rueda de la subvención infinita a costa de asfixiar a quienes mantienen en pie la economía productiva, el castillo de naipes terminará por venirse abajo. Y cuando eso ocurra, no habrá paguitas para nadie, ni tampoco impuestos que recaudar, porque ya no quedará nadie dispuesto a pagar la fiesta. La verdadera justicia social no consiste en igualar a todos en la precariedad subvencionada, sino en premiar el esfuerzo de quien madruga para levantar el país. Gracias por la lectura y feliz lunes.
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