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Editorial

La Asturias con la que debemos atrevernos a soñar

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Celebrar Asturias es cambiarla. El futuro no se hereda, como la historia, las tradiciones y el paisaje. Se construye trabajando y mejorando cada día, desde el esfuerzo individual, codo con codo, pero con un propósito común. Una economía no se sustenta sin oportunidades. En las vísperas de la gran fiesta de todos los asturianos, la región también tiene que exigirse mucho más a sí misma. Este Principado reconcentrado en su trascendencia ontológica y a la vez tan abierto a cualquier otro sentimiento identitario ha engrandecido una marca emocional difícil de igualar. Superior incluso a la de aquellas comunidades que presumen de nacionalismos seculares y los exhiben para reivindicar privilegios. Sentirse fuertemente vinculados a un lugar no obliga a blindarlo con muros. Ni para aislarse, ni para diferenciarse, ni para enfrentarse a nadie. Ser asturiano constituye hoy una forma amable y reconocible, nada excluyente, de situarse en el mundo. Asturias, gloria y memoria. Que esta tierra cuenta con belleza, cultura, industria, cohesión social y calidad residencial como argumento poderoso para competir lo sabemos de sobra. Que la singularizan sacrificios trascendentales en favor del interés general y símbolos universales, del prerrománico a la sidra, también resulta verdad conocida e incuestionable. Pero con esas virtudes únicamente no basta. La nostalgia acaba resultando un lastre cuando impide ponerse en marcha. El pasado nunca vuelve. Define con orgullo lo que fuimos, jamás lo que llegaremos a ser. Y seremos lo que nos propongamos. Asturias, unidad y progreso. Amar esta tierra significa preguntarse qué deseamos legar a las generaciones venideras y a qué renunciar para que esa aspiración no se reduzca cada 8 de septiembre a una inoperante declaración de buenas intenciones. Mal síntoma conformarse únicamente con esquivar golpes: las reconversiones, la demografía, la menguante población activa, una financiación insolidaria, la incertidumbre energética, los peajes... En estos casos, resistir no equivale a ganar. Presagia una derrota en diferido. Cualquier reforma estructural necesita apoyarse en una educación de excelencia que mantenga y atraiga talento y en una economía pujante que facilite desarrollar aquí las más altas aspiraciones vitales. Un Principado que lucha por avanzar no obliga a los asturianos a competir en inferioridad por las desigualdades fiscales, por ejemplo. No confunde protección con subvención, ni prudencia con inacción y parálisis. Y cuida en especial a sus empresarios para que existan más horizontes de empleo que los ofrecidos por las administraciones. Los ingresos de casi la mitad de los asturianos, entre salarios directos, pensiones y prestaciones diversas, provienen del Estado. Depender en su momento casi en exclusiva de un conglomerado de ruinosas empresas del Instituto Nacional de Industria (INI), aquella cuestionada Inilandia, fue un mal negocio. Como también lo será ahora fiar la prosperidad solo a las rentas públicas. El «no» preventivo, el «siempre fue así», sale caro. El reparto en trozos pequeños de expectativas escasas denota ausencia de prioridades. El victimismo y la mediocridad anestesian las sociedades. A una región dialogante y de tradición cooperativa le faltan precisamente más apuestas colectivas y menos trincheras. Cada proyecto que se atasca, cada debate que se enreda, cada tren que pasa de largo la empobrece. El Principado que debemos atrevernos a soñar toma la riendas de su destino para impulsar ciencia e innovación, empresas fuertes, una juventud ilusionada, una elevada productividad, una gestión ágil y unos servicios de primera. Desde la ambición. Sin miedo a equivocarse. Sin rendirse. Celebrar Asturias es despertarla.
La Asturias con la que debemos atrevernos a soñar
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