Mª JOSÉ POU AMÉRIGO

M° JOSÉ POU AMÉRIGO: La familia SEAT

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En la España de los 60 estaba la Familia Telerín y la familia SEAT, ésa que hacía patria conduciendo un coche con ADN nacional por ... las carreteras de la piel de toro. Como la mía. En mi casa siempre fuimos muy de SEAT. Mi padre no quería otra marca de coche, creo que por sus prestaciones, por la facilidad de encontrar piezas y hacer reparaciones y por puro patriotismo. Pero, sobre todo, porque apenas llegó a ver la Ford en su Almussafes natal. Si no, no habría querido otra. Antes de eso, SEAT fue «marca España» incluso cuando no existía el concepto. Y, en mi familia, muy de producto nacional, mantuvimos la afición. Y las tradiciones. Salvo un escarceo en el universo oriental con un Nissan, siempre he tenido un SEAT. Empecé con un 127 amarillo de segunda mano y ahora continúo, recalcitrante, con un Ibiza que acaba de pasar la ITV a sus vetustos 15 años. Hay quien me anima a comprarme un chino eléctrico «que es barato y ecológico», dicen, pero no me convence. El cambio tiene algo de traición a la historia y a las raíces, visto desde mi absurdo anclaje personal en el simbolismo de los objetos. Es más, daba por hecho que podría continuar el «cursus honorum» de la automovilística nacional que iniciaron mis ancestros con la compra del 600. Fue, como en tantísimas familias españolas, el primer automóvil que cambió la forma de ver y moverse por el mundo. De pronto, dejaron de depender de los autobuses de línea y pudieron salir del terruño con más libertad. Mis padres también respondieron al estereotipo y me contaron que en uno de esos salí de «La Cigüeña» camino de casa cuando dejé la incubadora la tarde en la que Neil Amstrong pisó la Luna. Ellos continuaron explorando la gama de coches con cierto sentido del progreso adaptado al catálogo. En cuanto la economía doméstica lo permitió, se pasaron al «hermano mayor», el SEAT 850, que es el primero del que yo tengo memoria. Con él íbamos a Cofrentes por Semana Santa, parando a comer en Requena para que el coche se enfriara antes de adentrarnos en las curvas de la Chirrichana. Años más tarde, manteniendo una fidelidad a la marca que para sí quisieran hoy los chinos, mi padre se pasó al 1800, el que heredamos los hijos y con el que aprendimos a conducir. Visto desde nuestra volatilidad actual, fue un empeño excesivo por una empresa en la que no teníamos ni intereses ni beneficios. Ni siquiera ahora que no nos premian por fidelidad ni con un llavero. Quizás son cosas de otros tiempos. De fidelización y satisfacción del cliente con vocación de eternidad, no como mera estrategia de marketing fugaz y convinenciera. Por eso, pensar en que desaparezca la marca es como cerrar de golpe una puerta. La de la memoria colectiva.
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