Pocas enfermedades permiten entender mejor la complejidad de la medicina actual que el cáncer. En su recorrido confluyen diagnóstico, imagen, biología molecular, genética, cirugía, radioterapia y tratamientos sistémicos. Nunca habíamos dispuesto de tantas posibilidades para tratarlo. El reto es integrarlas en una misma estrategia alrededor de una persona. El diagnóstico debería marcar el inicio de una trayectoria organizada: comprender la enfermedad, definir su extensión y sus características biológicas y decidir qué tratamiento debe hacerse, cuándo y en qué secuencia. En algunos pacientes será primero la cirugía; en otros, un tratamiento sistémico o radioterapia. Conocer cada vez mejor el tumor exige un esfuerzo paralelo: conocer también a la persona que lo tiene. Dos pacientes con un cáncer aparentemente similar pueden necesitar recorridos diferentes. Importan la edad, otras enfermedades, el estado físico y nutricional, la fragilidad, las circunstancias personales y laborales, y qué está dispuesto cada uno a aceptar para conseguir un determinado beneficio. El paciente necesita comprender qué intentamos conseguir: curar, reducir el riesgo de recaída, prolongar el tiempo sin enfermedad o controlar el cáncer durante más tiempo, y cómo puede afectar cada alternativa a su calidad de vida. Solo así podrá participar serenamente en las decisiones, acompañado por su equipo médico y de acuerdo con sus valores y prioridades. Preparar al paciente antes del tratamiento —la prehabilitación— con ejercicio y apoyo nutricional y, cuando sea necesario, psicológico, puede favorecer su recuperación. En un estudio de nuestro grupo en pacientes de alto riesgo antes de cirugía mayor, redujo aproximadamente a la mitad el número de pacientes con complicaciones postoperatorias. Preservar, siempre que sea posible, funciones como la fertilidad, la función sexual o la capacidad de alimentarse con normalidad debe formar parte también de la estrategia. Cada vez más personas viven muchos años después de un diagnóstico de cáncer, ya sea porque están curadas o porque los nuevos tratamientos permiten, en algunos pacientes, mantener la enfermedad controlada durante años y convivir con ella como con una enfermedad crónica. Organizar la vida durante y después del tratamiento es también una responsabilidad. Las secuelas del tratamiento pueden modificar la capacidad para trabajar, las relaciones personales o la propia imagen corporal, y en algunos casos suponer cambios importantes en la vida cotidiana, como aprender a vivir con una ostomía. Algunas personas tendrán que adaptarse a limitaciones que antes no existían; otras necesitarán recuperar la confianza en su cuerpo o en la intimidad con su pareja. A ello pueden añadirse el miedo a una recaída y la dificultad para recuperar la vida que tenían antes de enfermar. El éxito también se mide en la vida que la persona consigue reconstruir después. El seguimiento debe adaptarse al riesgo y coordinar pruebas y visitas para interferir lo menos posible en la vida del paciente. Quien está curado debería recuperar progresivamente una vida menos condicionada por el sistema sanitario. Con un cáncer controlado, tratamientos y controles deberían poder integrarse en la vida cotidiana. Cuando un tratamiento requiera un centro de alta experiencia, la atención posterior debería coordinarse cerca del domicilio siempre que sea posible, manteniendo la conexión con el centro de referencia. Los cuidados paliativos pueden incorporarse precozmente junto al tratamiento oncológico para controlar síntomas y preservar calidad de vida. Si la enfermedad continúa avanzando, permanece la responsabilidad de aliviar, acompañar, escuchar qué quiere el paciente y preservar su autonomía y dignidad hasta el final. Esta forma de entender la oncología exige cambiar también nuestra manera de organizarnos y debería formar parte de la atención habitual a cualquier persona con cáncer. Probablemente es la medicina que querríamos recibir nosotros. Seguiremos aspirando a curar siempre que sea posible. Cuando no podamos hacerlo, seguirán existiendo síntomas que aliviar, decisiones que compartir y una persona a la que acompañar.
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