Acabé tan derrotado la última temporada que, como lo notaba, me reservé una estrategia calmada para la nueva que comienza hoy, inaugurando la vigésima desde que junto letras para componer palabras con vocación de ideas cada semana en las páginas del periódico. No quería recaer en enfados embarrados y, aunque me propongo sortearlo (ya veremos), la evidencia es tan sangrante que tengo que abordarla: el presidente es indecente.
Lo ocurrido en Ceuta es tan grave, lo que sigue pasando es tan insostenible, y ha dado piezas de buena opinión, desde tantos puntos de vista y ángulos, que es difícil aportar algo diferente. Repetiré la que dí en su momento sin insistir demasiado: la situación de Ceuta es propia de un estado fallido, con la particularidad de que España no lo es; sí lo es, y no está del todo claro si por impericia o por propia voluntad –y, en tal caso, malicia– su gobierno. Dije, y repito, que en cualquier país el gobierno habría caído hace tiempo por sus otras tropelías, pero que ésta de Ceuta (inacción, abandono, mentira, vergüenza) es definitiva. Según vamos sabiendo, y para más oprobio, definitiva con tintes de traición. El prisma sobre el que quiero incidir es sobre el que titula la columna: Pedro Sánchez es un presidente indecente.
No hay ningún elemento político ni lógico racional que justifique un día más su presidencia, que ni siquiera valida con una supuesta mayoría parlamentaria de la que hace meses ya carece, pero no cabe esperar su dimisión ni el fin inminente de esta legislatura agónica y estéril porque ningún gramo de dignidad la cimenta. No hay ninguna razón distinta al adocenamiento que explique el seguidismo silente del PSOE (salvo excepciones insuficientes, me temo, para evitar un futuro irrelevante y dificilísimo), tiznado por la traza hedionda de su mandato. Si cuesta comprender cómo un tipo tan perdedor y acomplejado como Sánchez alcanzó la presidencia del país, más cuesta ver las siglas socialistas entregadas al despojo y en su beneficio y, lo que es peor, en detrimento de la democracia, del país y del propio partido.
Sánchez no es un miserable que merezcamos, sino un episodio de pésima suerte aritmética que ha envilecido como ningún otro en democracia la institución que ocupa y que es urgente limpiar sin miedo y sin pausa. Por Ceuta y por todo. Por el PSOE, por la democracia y por España. Ya.
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