Hay patriotas que llevan la bandera de España en una mano y, en la otra, unas ganas tremendas de estampársela a alguien. Preferiblemente a un periodista. Es una curiosa manera de entender la defensa de su patria: primero se grita '¡España!' y después se intenta que nadie cuente lo que está pasando.
Las concentraciones del miércoles en apoyo a Ceuta dejaron una imagen que debería avergonzar a cualquiera que crea de verdad en la democracia: periodistas insultados, increpados y agredidos mientras intentaban hacer su trabajo. El enemigo, al parecer, ya no está al otro lado de una frontera. Está detrás de una cámara. O lleva un micrófono. O una acreditación. Qué tiempos estos. Uno sale a defender Ceuta y acaba declarando la guerra al periodista de turno.
Conviene decirlo alto y sin esa equidistancia de salón que tanto gusta cuando toca condenar la violencia: agredir a un periodista es una barbaridad. Da igual a qué medio pertenezca. Da igual si nos gusta su línea editorial. Da igual si pensamos que informa bien, mal o regular. Y da igual si quien está detrás del micrófono nos cae estupendamente o nos parece un perfecto inútil.
Se le puede criticar. Se le puede rebatir. Se puede denunciar una información. Se puede pedir una rectificación. Se puede cambiar de canal. Lo que no se puede hacer es empujarle, amenazarle o convertirle en diana de una turba. Porque el periodista no es el mensaje. Es quien intenta contar el mensaje.
PP y Vox no son responsables de cada energúmeno que acude a una concentración. Pero tampoco pueden comportarse como si la política terminara en cuanto alguien de su entorno deja de hablar por un micrófono. Si apoyan una movilización, si convocan, si participan o si contribuyen a crear un determinado clima político, también tienen la obligación de marcar líneas rojas.
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