No me extenderé en detalles habida cuenta que supongo al lector informado respecto a la sanción aceptada por Meta (propietaria de Facebook, Instagram y WhatsApp) para evitar penalizaciones mayores de varios fiscales estatales en EE.UU. Meta había perdido anteriormente dos juicios con indemnizaciones millonarias por el daño mental que supuestamente causan sus productos aunque sea difícil probarlo científicamente.
Según los proponentes de la regulación exhaustiva en redes, no se pretende vetar una tecnología sino impedir que la maximización del beneficio empresarial se nutra explotando efectos indeseables que perjudican especialmente a niños y adolescentes. Sin embargo, Francia aprobó una ley para prohibir el acceso de los menores de 15 años a las redes sociales que ha sido anulada por el Conseil Constitutionnel. Esto es crucial toda vez que las sanciones y vigilancia en redes deben ser proporcionales y no afectar a derechos fundamentales, de los menores de edad y del resto de usuarios.
Las redes sociales han gozado de cierta impunidad toda vez que no son responsables legalmente del contenido, de la misma forma que un fabricante de ollas a presión no es responsable de que en ellas se cuezan cabezas humanas ni un fabricante de bombos debe pagar la multa si el vecino de abajo le zurra a la badana toda la noche. Ahora bien, este enfoque cambió en cuanto la fiscalía estadounidense optó por argumentar que es el diseño mismo del producto el causante del daño mental. A partir de ahí, Meta, Tik Tok y Youtube se enfrentan a miles de demandas particulares en EEUU.
Temo, no obstante, que se ha desenfocado el auténtico problema. Pretextando inquietarse por la salud mental de los niños -pretexto mazazo- se ha dejado de lado que el verdadero problema concierne sobre todo a mayores de 18 años. Mientras Occidente arde en sus cimientos como una montaña de carbón al aire libre, los modernos celadores de la moral triunfante anticiparon y concelebraron el advenimiento de una "sociedad nueva" (la de las redes digitales). Otras virtudes aparte, las redes están aherrojada por la inmediatez y la jerigonza ininteligible de la comunicación digital, pensamiento nivel cero de textos que no sobrepasan cuatro líneas mal escritas.
El efecto más grave de las redes no reside en la ansiedad, la depresión o la adicción, sino en la transformación de las condiciones intrínsecas al pensamiento. Las redes sociales no destruyen la inteligencia de manera directa sino que consolidan hábitos cognitivos incompatibles con el ejercicio de la razón ilustrada. La velocidad sustituye a la reflexión; la reacción emocional reemplaza a la argumentación; la simplificación extrema desplaza a los matices; y la permanente exhibición de opiniones convierte la conversación pública en una competición por la visibilidad. El problema no es que los individuos se expresen demasiado, sino que lo hagan cada vez con menos exigencia intelectual. Desde esta perspectiva, las plataformas digitales son menos la causa que el síntoma de una mutación cultural previa. Las redes triunfan porque encuentran una sociedad que ya había empezado a desconfiar del esfuerzo intelectual, de la lectura lenta y de la complejidad conceptual. El usuario contemporáneo tiende a exigir ideas instantáneamente comprensibles, emocionalmente satisfactorias y adaptadas a formatos cada vez más breves. De este modo, la comunicación deja de orientarse hacia la búsqueda de la verdad para orientarse hacia la obtención de adhesiones inmediatas. Sumémosle la degeneración intelectual woke, aureolada a veces de gran prestigio universitario, y ya tenemos panes como obleas.
Atrevámonos a contrastar la antigua cultura escrita con la cultura digital dominante. No por nostalgia de un pasado idealizado, sino porque la lectura de libros extensos, el estudio sistemático y la escritura argumentada imponían disciplinas mentales: concentración prolongada, memoria conceptual, análisis de contradicciones, comprensión del contexto y resiliencia ante la dificultad. Las redes, por el contrario, recompensan la interrupción constante, la fragmentación de la atención y la producción incesante de opiniones precipitadas.
Con estos elementos en mano, adhiero a la crítica de la democratización mal entendida del conocimiento. No porque los menos formados no tengan derecho a opinar sino porque se ha confundido la igualdad de dignidad de las personas con la igualdad de valor epistemológico de todas las afirmaciones y opiniones. El resultado, socialmente tóxico, ha sido la eclosión de un espacio público donde la autoridad del conocimiento experto pierde legitimidad frente a la popularidad; la verificación de los hechos se subordina a las simpatías ideológicas; la mera convicción subjetiva, superficial pero mediáticamente impactante, adquiere un prestigio intelectual inmerecido.
Así las cosas, se impone reflexionar sobre la crisis de la educación. De lo contrario, la Big Tech se convierte en Big Brother. Si las redes premian la espontaneidad, la escuela y la universidad deberían constituir el ámbito donde se aprenda a resistirla. Sucede que la enseñanza contemporánea ha renunciado parcialmente a esta función. En lugar de exigir rigor se ha privilegiado el bienestar inmediato; en lugar de formar el juicio se ha buscado evitar la frustración; en lugar de transmitir métodos de pensamiento se han favorecido dinámicas pedagógicas que reducen la distancia entre maestro y alumno sin sustituirla por una auténtica exigencia intelectual. Solo en algunos países asiáticos la excelencia y la selección meritocrática siguen siendo socialmente respetadas.
Nunca hubo tanta información accesible ni nunca resultó tan difícil distinguir entre información, opinión, propaganda y simple ruido comunicativo. El ciudadano contemporáneo dispone de medios prácticamente ilimitados para conocer la realidad, pero carece de instrumentos intelectuales necesarios para jerarquizar, interpretar y criticar aquello que recibe. Si el problema fundamental es la degradación de las prácticas intelectuales y del juicio racional, entonces la solución no puede consistir únicamente en regular plataformas de la Big Tech o restringir accesos, sino en recuperar una concepción exigente de la enseñanza cuya misión sea entrenar la inteligencia en la probidad intelectual, el análisis crítico y el equilibrio entre derechos y deberes.
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