Le vino bien a Pedro Sánchez comparecer en el Congreso el día después de las concentraciones solidarias con Ceuta. De no haber sido así, la participación ciudadana probablemente habría sido muy superior y los epítetos dedicados al presidente habrían aumentado muchos decibelios, vista la prepotencia exhibida durante el debate sobre lo que sucede en la ciudad autónoma desde los últimos días de julio. Ya había ocurrido. El mes de mayo de 2021, 10.000 marroquíes saltaron la valla impunemente. Entonces, Pedro Sánchez anunció un plan de apoyo a las ciudades autónomas y de seguridad de las fronteras para que no se pudiera repetir. Del que nunca más se supo. Esta semana repetía los mismos objetivos de hace cinco años frente a lo que inicialmente había sido una «violación de la integridad territorial de España», según sus propias palabras, que ha derivado hacia una más llevadera crisis migratoria. No fuera a enfadarse el dictador marroquí ante quien el presidente muestra una humillante sumisión.
Pedro Sánchez sabe que no puede pisar la calle, extremo que no le altera en absoluto (Paiporta fue una excepción). Los cientos de miles de personas que el Día de Ceuta se reunieron en calles y plazas, le importan al presidente menos que nada, igual que la trascendencia que otorga a las invectivas de sus socios parlamentarios y de gobierno. Por mucho que afinen los vituperios contra su persona, no va a pasar nada. No hay mimbres para lo único que de verdad le haría temblar, una moción de censura. Entretanto, el hombre se dirige a quienes están en su lado del muro levantado para dividir a la sociedad y renegar de la alternancia democrática: está bien, dice, pero hoy por hoy, no hay alternativa, como si fuera él quien debiera decidir cuándo debe producirse el recambio y no el voto de los ciudadanos. Un talante que asusta.
Ceuta ha removido conciencias. Por poco que uno sea capaz de ponerse en el lugar de los ciudadanos ceutíes es ineludible compartir su impotencia e indignación después de más de un mes de ver gravemente alterada su vida. La gran oleada de solidaridad fue canalizada por la Federación de Municipios y Provincias, que representa a los ayuntamientos españoles, cada cual políticamente de su padre y su madre. Sin embargo, el sanchismo, tan consciente debía ser de su negligente gestión que veía convertida la defensa de Ceuta en una censura sin paliativos de su presidente, y viéndose venir el chaparrón, introdujo como escudo el componente de la manipulación partidista del PP, conminando a sus bases a no secundar las manifestaciones. Pero muchos alcaldes y concejales socialistas desoyeron las indicaciones de sus dirigentes y respondieron a las convocatorias con tal de no situarse contra los ciudadanos de Ceuta y, por extensión, contra los cientos de miles de personas que expresaron su sentir respecto de la ciudad autónoma. Es muy significativa la ruptura, aunque tímida todavía, del bloque monolítico en que Sánchez ha convertido el PSOE. En el seno de la organización, especialmente en los círculos más cercanos a las inquietudes de la calle, se empieza a perder el miedo al diktat presidencial. En Balears, el sanchismo se mantiene fiel a las consignas. Ceuta va para largo y hoy es síntoma del declinante aprecio popular del sanchismo.
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