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Sara Arguijo

¿Sabe Sevilla que empieza la Bienal?

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Queda nada para la Bienal. Se ve en el tranvía y en los autobuses de Tussam que siguen sin permitir el acceso en transporte público al centro de la ciudad, comunicar con fluidez los trayectos desde los barrios periféricos y permitirnos regresar a casa después de los espectáculos. Lo cuentan los medios de comunicación que, gracias a una de las mejores y más intensas campañas que se recuerdan en la cita, relatan desde hace meses los entresijos de las distintas propuestas que se podrán ver hasta el 3 de octubre . Se nota en la oferta de cursos, recitales y experiencias que proponen academias y tablaos aprovechando el furor jondo y forma parte de las conversaciones de aficionados que comparten impresiones previas. Pero ¿lo siente Sevilla? La pregunta nace de una duda real que responde a la inquietud, como flamenca y sevillana, de saber hasta qué punto somos conscientes de la trascendencia del evento; si los sevillanos y sevillanas lo celebran y lo marcan en sus agendas de inicio de temporada y, en tal caso, qué estamos haciendo mal quienes lo tenemos claro para no ser capaces de trasladarlo después de XXIV ediciones. En estos días escuchaba a su director, Luis Ybarra, defender con acierto la singularidad de la Bienal que, más que como un festival, se presenta "como un acontecimiento". Una impresión que compartimos quienes hacemos ruta por otros encuentros jondos y sabemos que, con sus flecos, el de Sevilla sigue siendo "el gran escaparate mundial del flamenco ". En exhibición escénica de propuestas, presupuesto, número de espectáculos programados, estrenos, impacto mediático y prestigio, la Bienal no tiene competencia. Por eso, aún resulta más inquietante comprender dónde está la brecha para que no cale entre esos mismos sevillanos que, sin embargo, hacen colas virtuales y acuden en masa a otras convocatorias que acoge la ciudad. En exhibición escénica de propuestas, presupuesto, número de espectáculos programados, estrenos, impacto mediático y prestigio, la Bienal no tiene competencia. Por eso, aún resulta más inquietante comprender dónde está la brecha para que no cale entre esos mismos sevillanos que, sin embargo, hacen colas virtuales y acuden en masa a otras convocatorias que acoge la ciudad Ybarra apuntó en su presentación que "la Bienal es un grito en la memoria. Todas las raíces y alas de un pueblo aguardando durante dos años a que vuelva a subirse el telón". ¿De verdad esperan los sevillanos su Bienal? ¿Qué ocurre para que no saquemos pecho y presumamos de ella con la misma pasión con la que lo hacemos con nuestros equipos de fútbol, nuestras fiestas y tradiciones o nuestro carácter? Sevilla es una ciudad muy suya -nuestra-, que cultiva fervientemente su identidad, se siente sobrada de estímulos y desconfía de aquello que venga a modificar sus cimientos. Aquí el abono no se vierte en un terreno virgen, sino sobre un suelo que atesora vestigios de una historia efervescente. Es imposible, por tanto, que una semilla eche raíces sin escarbar y conocer primero la tierra en que se asienta. Invirtamos pues la cuestión: ¿Piensa la Bienal en su Sevilla? Claramente no. A nivel político no ha existido nunca un interés real por apostar por la Bienal como marca cultural de ciudad, por más que se pongan medallas en los días señalaítos o que, como es el caso, se apoye con el mayor presupuesto hasta la fecha. Y a nivel de gestión la cita lleva años realizándose a espaldas de los sevillanos, del tejido cultural y social de la ciudad, y de su idiosincrasia. Ni cuando ha tenido un enfoque más internacional, en el que se ha tratado de colocar a Sevilla como motor de la creación jonda, ni cuando se ha apostado por un carácter más localista (como en esta última etapa en la que se aprecia una mirada más complaciente hacia las peñas y la afición cabal), la Bienal ha logrado conectar con Sevilla y dialogar con su gente con el mismo acento. Tampoco, salvo los intentos de Ortiz Nuevo, Rosalía Gómez o Cristóbal Ortega, se ha tomado en serio la labor de divulgación, creación de nuevos públicos, búsqueda de nuevos formatos o impulso de sinergias que le debería corresponder a un proyecto público de esta índole y que tan bien se está trabajando en otras citas . La precariedad, la improvisación y la falta de imaginación que se desprende del programa de actividades paralelas no sólo da lástima, sino que señala la falta de miras de un proyecto cortoplacista y endogámico. Romper las reservas que existen hacia este arte y construir un discurso alentador no le corresponde solo a la Bienal ni a quien ostenta la dirección. Un proyecto político de ciudad requiere concienciación, inversión, estrategia, gestión e imaginación La ciudadanía no se siente partícipe ni interpelada por el evento y, de hecho, todavía en nuestro entorno son bastantes menos los que compran una entrada para alguna de las 70 funciones en cartel que los que lo hacen para las luces del Alcázar o Icónica, por poner dos ejemplos de iniciativas recientes que han calado de manera exprés. Romper las reservas que existen hacia este arte y construir un discurso alentador no le corresponde solo a la Bienal ni a quien ostenta la dirección. Un proyecto político de ciudad requiere concienciación, inversión, estrategia, gestión e imaginación. Si queremos hacer de éste un evento cultural único la Bienal de Flamenco tiene que ser de Sevilla y Sevilla hacer suya la Bienal.
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