La Organización de las Naciones Unidas atraviesa uno de los momentos más complejos desde su fundación. Creada tras la Segunda Guerra Mundial para preservar la paz, defender los derechos humanos y evitar que los horrores del pasado se repitieran, hoy enfrenta guerras, polarización, falta de acuerdos e incapacidad para hacer cumplir sus resoluciones.
La crisis no es solamente política. Es también financiera. Desde el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, Estados Unidos ha reducido y condicionado su respaldo a organismos multilaterales y ha mantenido adeudos con Naciones Unidas. Aunque anunció un pago parcial, la ONU enfrenta una crisis de liquidez, mientras sus agencias atienden conflictos y emergencias con recursos cada vez más limitados.
Washington sigue siendo el principal contribuyente, pero su política evidencia la fragilidad de una organización que depende de sus Estados miembros. A ello se suma la parálisis del Consejo de Seguridad. El derecho de veto bloquea decisiones urgentes, mientras el multilateralismo pierde terreno.
El caso de Gaza representa una de las expresiones más dolorosas de esta crisis. Israel, nación nacida tras el Holocausto y durante décadas presentada como víctima de una de las mayores tragedias de la humanidad, enfrenta graves señalamientos por la devastación y las violaciones al derecho internacional contra la población palestina.
En este contexto, la elección de la próxima persona titular de la Secretaría General adquiere una relevancia extraordinaria. No se trata únicamente de renovar un cargo, sino de definir el rumbo de una institución que necesita recuperar su autoridad moral y política. La posibilidad de que, por primera vez, una mujer ocupe la Secretaría General representa una oportunidad histórica.
Actualmente compiten ocho personas. Las mujeres son mayoría: Michelle Bachelet, de Chile; Rebeca Grynspan, de Costa Rica; María Fernanda Espinosa e Ivonne Baki, de Ecuador; y Carolyn Rodrigues-Birkett, de Guyana. También participan Rafael Grossi, de Argentina; Macky Sall, de Senegal, y Olara Otunnu, de Uganda.
Ninguna persona resolverá por sí sola esta crisis. La ONU enfrenta hoy enormes desafíos que obligan a replantear su funcionamiento, fortalecer el multilateralismo y emprender una verdadera reingeniería institucional que le permita responder a los conflictos y amenazas de nuestro tiempo. Ojalá que esa transformación, indispensable para recuperar la confianza en el sistema internacional, tenga como horizonte la paz, la justicia, los derechos humanos y la igualdad. Y quizá sea una mujer quien tenga la responsabilidad histórica de encabezarla.
Por Dra. Claudia S. Corichi
@ClauCorichi
PAL
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