La muerte del padre Javier Giraldo SJ, ocurrida por un accidente doméstico, tiene algo de ironía. Un hombre que sobrevivió a amenazas, señalamientos, montajes judiciales y el acoso de quienes vieron en su trabajo un peligro, se fue por una caída cualquiera, de esas que le ocurren a cualquier persona en su casa. La vida, a veces enigmática, no siempre reserva finales acordes con la grandeza de quien vive.
Giraldo perteneció a esa estirpe de jesuitas colombianos que entendieron el Evangelio como compromiso con los últimos, no como consuelo privado. Su nombre quedó unido para siempre a la Comunidad de Paz de San José de Apartadó, un experimento de resistencia civil que, en medio del fuego cruzado entre guerrilla, paramilitares y Fuerza Pública, decidió no tomar las armas ni aliarse con ningún actor armado.
Acompañar a esa comunidad no era gesto simbólico: implicaba caminar entre masacres, desplazamientos y amenazas, sostener con la presencia del sacerdote una neutralidad que a muchos armados resultaba intolerable, precisamente porque la neutralidad, bien vivida, desnuda la lógica de la guerra. Como lo dice el portal Acuérdate de la Verdad: Su muerte nos devuelve una pregunta que la Comisión de la Verdad dejó planteada: ¿qué papel juegan las comunidades de fe en la construcción de la paz?
Su compromiso con la no violencia no fue nunca posición táctica ni consigna de ocasión. Fue una convicción teológica y política. Esa coherencia le costó exilios forzados, campañas de desprestigio y la sospecha de quienes preferían que los crímenes quedaran sin nombre.
Pero Giraldo no se limitó a denunciar: documentó con paciencia de archivista y de investigador. Su trabajo dio origen al Banco de Datos de Derechos Humanos y Violencia Política del CINEP, herramienta rigurosa que durante décadas ha servido de referencia no solo a organizaciones colombianas, sino también a instancias internacionales, incluido el Departamento de Estado de Estados Unidos, para elaborar sus informes anuales sobre derechos humanos en el país. Esa meticulosidad fue su respuesta a quienes intentaban descalificar sus denuncias tildándolas de subjetivas: cada caso llevaba nombre, fecha, lugar y fuente comprobable.
Fue noticia también por su objeción de conciencia frente a decisiones judiciales que consideraba contrarias a la justicia real, negándose a colaborar con procesos que, a su juicio, terminaban protegiendo a los victimarios antes que a las víctimas. Esa postura le acarreó procesos disciplinarios y hasta amenazas veladas, pero jamás la abandonó ni la matizó para congraciarse con nadie. Prefería siempre la coherencia con su conciencia a la comodidad de la obediencia formal.
La figura de Javier Giraldo recuerda algo esencial: la verdad, para ser útil, necesita documentarse con rigor y defenderse con valentía, al precio de la soledad. Su muerte doméstica, tan ajena a la épica, ilumina su legado: lo confirma con humildad. Los grandes testigos de la historia no siempre mueren como héroes de cine, entre reflectores; a veces se van en silencio, dejando tras de sí un archivo que ninguna sentencia ni el olvido podrá borrar.
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