Septiembre tiene la curiosa capacidad de poner el contador a cero. Después del paréntesis de agosto, Elche recupera su ritmo, vuelve a llenarse de actividad, y reaparece ese movimiento cotidiano que durante unas semanas parecía haber quedado en suspenso. Regresan los colegios, los comercios, los despachos, las reuniones, los proyectos y también, inevitablemente, la política.
Pero antes de hablar de política conviene hablar de ciudad. Porque Elche acaba de cerrar unas fiestas patronales que han sido, sencillamente, estupendas. La ciudad ha salido a la calle, ha disfrutado, ha recibido visitantes, y ha demostrado que sabe celebrar sus tradiciones con intensidad y, al mismo tiempo, con normalidad.
Y esto último merece ser destacado.
Cuando miles de personas participan durante varios días en actos multitudinarios, cuando las calles se llenan y cuando la ciudad multiplica su actividad, conseguir que todo transcurra sin incidentes relevantes es también una forma de éxito. Detrás de esa normalidad hay un gobierno con planificación, servicios públicos, seguridad, coordinación y, por encima de todo, una ciudadanía que sabe disfrutar sin convertir la fiesta en un problema.
Elche ha estado a la altura.
También lo ha estado como destino turístico. La ocupación hotelera extraordinaria durante estos días demuestra que nuestras fiestas tienen una dimensión que va mucho más allá de lo estrictamente festivo. La fiesta, cuando funciona, también es economía.
Y precisamente ahora comienza otra temporada: la de la política.
Aunque las elecciones municipales de 2027 todavía parezcan lejanas para buena parte de los ciudadanos, para los partidos ya están suficientemente cerca como para empezar a hacer cuentas, preparar equipos, ordenar mensajes y, sobre todo, sacar conclusiones de lo realizado durante estos años.
El Partido Popular de Pablo Ruz ha decidido dar el primer paso reivindicando precisamente aquello que considera su principal argumento: la gestión.
El lema elegido, "Somos lo que hacemos', tiene una lectura sencilla y, a mi juicio, acertada. En la política municipal, donde las decisiones terminan teniendo nombre de calle, de barrio, de colegio, de parque, de vivienda o de infraestructura, resulta difícil esconderse detrás de grandes discursos durante demasiado tiempo.
Al final, las ciudades se gobiernan con hechos.
Y el gobierno de Pablo Ruz llega a este comienzo de curso político con un balance que puede defender sobradamente, aunque a la oposición no le guste. Han sido años de proyectos, inversiones, actuaciones y una voluntad clara de imprimir velocidad a determinadas cuestiones que llevaban demasiado tiempo esperando.
Naturalmente, ningún gobierno puede pretender que todo está resuelto. Elche sigue teniendo problemas, necesidades y asignaturas pendientes. Sería absurdo afirmar lo contrario. Gobernar consiste precisamente en enfrentarse cada día a esas dificultades.
Pero también sería injusto negar aquello que se ha hecho.
Y ahí el Partido Popular tiene un argumento que, de cara a 2027, puede resultar poderoso: enseñar la gestión, ponerla delante del ciudadano y dejar que sean los ilicitanos quienes juzguen.
La oposición tendrá que hacer su trabajo. Para eso está. Tendrá que controlar, criticar, denunciar aquello que considere incorrecto y ofrecer alternativas. Una democracia municipal sin oposición sería una democracia incompleta.
Pero también la oposición tendrá que explicar qué haría ella, cosa que no ha hecho.
Porque llegará un momento en que no bastará con decir lo que no gusta. Habrá que explicar qué se propone, cuánto cuesta, cómo se hace y, sobre todo, por qué los ciudadanos deberían confiar en esa alternativa.
Ahí empezará realmente la carrera hacia 2027.
Y en esa carrera habrá que estar muy atentos a un asunto que también nos ha dejado estos primeros días de septiembre: la situación de Ceuta.
El Ayuntamiento de Elche, al igual que muchos en España, quiso trasladar institucionalmente su apoyo a los ciudadanos ceutíes ante una situación que, por su gravedad y por lo que representa, no debería dejar indiferente a nadie. La respuesta de la oposición fue no acompañar ese gesto ni participar en el encuentro ciudadano convocado el día 2 de septiembre en la Plaza de Baix, al que acudieron más de diez mil ilicitanos/as, que dieron ejemplo.
Bajo mi punto de vista este ha sido un gesto feo e impropio que perjudica a los socialistas de manera notoria.
Es legítimo discrepar, pero hay momentos en los que quizá conviene separar la discrepancia política del gesto institucional; uno puede acudir y discrepar, puede acudir y no compartir, pero desde luego siempre acudir.
Lo que resulta más difícil de entender es que la discrepancia termine convirtiéndose en ausencia.
Ceuta no es una cuestión menor. Tampoco debería convertirse en una simple ficha más del tablero partidista. Detrás de cualquier debate político hay ciudadanos, familias, trabajadores y personas que viven una realidad especialmente compleja, y por supuesto una nación: España. Mostrar solidaridad con los ceutíes no debería exigir a nadie renunciar a sus principios.
La política necesita confrontación sana, sí. Pero también necesita saber cuándo la confrontación puede esperar.
Quizá ese sea uno de los grandes retos que tendrá Elche durante este curso político: conseguir que las diferencias entre unos y otros no impidan reconocer aquello que debería unirnos.
Septiembre, en ese sentido, llega cargado de simbolismo, se acaba el verano, pero empieza un periodo político decisivo.
Los ciudadanos, mientras tanto, harán lo que siempre hacen.
Observarán.
Compararán.
Y tomarán nota.
Por eso «Somos lo que hacemos» puede terminar siendo algo más que un lema electoral. Puede convertirse en la pregunta que los ilicitanos hagan a todos los partidos cuando llegue el momento de votar.
¿Qué habéis hecho?
¿Qué habéis conseguido?
¿Qué habéis cambiado?
Y también: ¿qué proponéis ahora?
Elche vuelve a la normalidad. Después de unas fiestas magníficas, de calles llenas, de hoteles prácticamente a pleno rendimiento y de una ciudad que ha vuelto a demostrar su capacidad para acoger y celebrar, llega la hora de trabajar.
Para el gobierno.
Para la oposición.
Y es que septiembre nos devuelve a la realidad.
Y quizá no haya mejor manera de afrontarla que recordando una vieja evidencia que, en política municipal, sigue teniendo plena vigencia: al final, las ciudades no viven de lo que se dice de ellas.
Viven de lo que se hace por ellas, así que tal vez de ahí nace con criterio ese «Somos lo que hacemos» de Pablo Ruz.
La política local tiene esa crueldad maravillosa: obliga a bajar del atril y caminar por la calle. Hasta pronto.
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