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Extremadura, el lugar al que siempre se vuelve

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Hay un momento que solo entiende quien alguna vez se ha marchado de Extremadura. Puede ser después de unos días, de unos meses o de muchos años. Da igual. Sucede en la carretera, casi siempre sin avisar. Vas conduciendo, quizá cansado, pensando en cualquier cosa, y de pronto aparece a lo lejos un cartel: "Bienvenidos a Extremadura". Y algo cambia. No es solo que hayas cruzado una frontera administrativa. Es otra cosa. Es esa sensación difícil de explicar de estar regresando a un lugar que, incluso cuando estás lejos, nunca termina de quedarse atrás. Entonces empiezan a aparecer los verdes, la dehesa, las encinas separadas unas de otras como si alguien las hubiera colocado allí hace siglos para esperarnos. El agua de los arroyos. Los campos interminables. Ese horizonte extremeño que parece no acabarse nunca y que quizá por eso nos enseñó desde pequeños que el mundo era mucho más grande de lo que alcanzábamos a ver. Extremadura también es memoria. Es el canto de la chicharra en las tardes abrasadoras de verano. Es aquella hora de la siesta en la que los niños teníamos que jugar en silencio porque dormían los mayores. Es una persiana bajada hasta la mitad, una calle vacía bajo cuarenta grados, el olor del campo cuando cae la tarde y las conversaciones en las puertas de las casas cuando por fin refrescaba. Son recuerdos que entonces parecían insignificantes y que, con los años, descubrimos que eran nuestra vida. Quizá por eso los extremeños entendemos tan bien lo que significa volver. Lo vemos cada fin de semana. Jóvenes que trabajan en Madrid, Sevilla, Lisboa o donde encontraron la oportunidad que aquí no pudieron encontrar y que, en cuanto pueden, ponen rumbo otra vez a su pueblo. Regresan a ver a sus padres, a los abuelos, a los amigos. Regresan a una casa que quizá permanece cerrada de lunes a viernes. Regresan, en definitiva, buscando sus raíces con una necesidad que se hace más fuerte cuanto más lejos se vive. Porque hay algo que deberíamos enseñar a quienes vienen detrás: si uno no sabe de dónde viene, difícilmente podrá decidir hacia dónde quiere ir. Y Extremadura necesita saber de dónde viene para decidir, de una vez, hacia dónde quiere ir. Somos una tierra enorme. Inmensa. Una región que lleva demasiado tiempo buscando su oportunidad y preguntándose cuándo llegará. Y quizá haya llegado el momento de cambiar la pregunta. ¿Por qué no ahora? ¿Por qué Extremadura tiene que aceptar como inevitable aquello que en cualquier otro lugar provocaría una rebelión cívica? ¿Por qué tenemos que acostumbrarnos a viajar y comprobar que las infraestructuras que allí parecen normales aquí siguen siendo promesas, proyectos o reivindicaciones eternas? Extremadura lleva cuarenta años reclamando lo que le corresponde. Lo hizo con Ibarra en el nacimiento de la autonomía y lo han hecho después gobiernos de distintos colores. Y debe seguir haciéndolo gobierne quien gobierne aquí o en Madrid. Porque reivindicar Extremadura no debería tener ideología. No podemos permanecer perpetuamente a la cola y además hacerlo en silencio, como si no pasara nada. Como si fuera nuestro destino. Como si haber esperado durante tanto tiempo nos obligara a seguir esperando. Extremadura no pide privilegios. Pide oportunidades. Pide comunicaciones dignas, industria, empleo, futuro para sus jóvenes y posibilidades para que quedarse sea una elección y no marcharse una obligación. Porque esta tierra tiene sitio. Muchísimo sitio. Aquí cabemos todos. También quienes quieran venir. Y quienes vienen suelen descubrir algo que nosotros, por tenerlo tan cerca, a veces olvidamos: que Extremadura se mete dentro. Que resulta difícil contemplar un amanecer de Cáceres desde la Montaña y olvidarlo. Que hay atardeceres sobre el Guadiana, en Badajoz, que consiguen detener durante unos minutos el ruido del mundo. Que el Puente de Ayuda, en Olivenza y camino de Portugal, sigue recordándonos que las fronteras pueden separar mapas pero nunca paisajes ni vidas. Está Hervás y sus calles. La profundidad inesperada de la Mina La Jayona. Jarandilla de la Vera. La escalinata del Monasterio de Guadalupe. Los riscos de Monfragüe vigilando el vuelo de los buitres. Los enormes pedruscos de Los Barruecos, puestos allí quién sabe para qué y desde cuándo. La Plaza Chica de Zafra o las torres de las iglesias de Jerez de los Caballeros. Y Mérida al caer la tarde. Y Trujillo. Y la Sierra de Gata. Y Las Hurdes naciendo una y otra vez. Y La Serena. Y el Jerte cuando explota en primavera. Y tantos pueblos diminutos donde todavía alguien saluda aunque no sepa quién eres. ¡Buenas tardes! Tantos y tantos rincones donde descansar el alma. Quizá esa sea una de nuestras mayores riquezas en un mundo que corre demasiado: aquí todavía quedan lugares donde detenerse. Pero Extremadura no puede conformarse con ser únicamente un sitio precioso al que regresar. Tiene que ser también un lugar donde quedarse. Un lugar donde un joven pueda estudiar, trabajar, emprender, enamorarse, formar una familia y construir su vida sin que nadie le diga que para prosperar tiene que hacer una maleta. Ese debe ser nuestro próximo desafío. Hoy y mañana celebraremos el Día de Extremadura. Habrá banderas, actos, discursos y medallas. Y estará bien que así sea. Pero quizá la mejor manera de celebrar esta tierra sea mirarla sin complejos: orgullosos de lo que somos y exigentes con lo que todavía nos falta. Sin victimismo, pero sin resignación. Porque querer a una tierra no consiste únicamente en hablar de lo bonita que es. También consiste en rebelarse cuando creemos que merece algo mejor. Y Extremadura merece algo mejor. Lo merece la generación de nuestros abuelos, que tantas veces tuvo que marcharse. Lo merece la de nuestros padres, que pelearon por levantar esta tierra. Lo merece la nuestra. Y, sobre todo, lo merecen quienes vienen detrás y todavía están decidiendo si su futuro estará aquí o tendrán que buscarlo lejos. Por ellos merece la pena intentarlo otra vez. Y quizá mañana, mientras alguien regresa desde Madrid, Sevilla, Barcelona o Lisboa, volverá a ocurrir. La carretera avanzará entre kilómetros y kilómetros. Cambiará poco a poco el paisaje. Aparecerán las primeras encinas. Y a lo lejos surgirá aquel cartel: "Bienvenidos a Extremadura". Entonces, aunque sea solo durante unos segundos, sentirá algo parecido a lo que hemos sentido tantos. Que ya está en casa. Y que esta casa, tan grande, tan hermosa y tantas veces olvidada, todavía tiene toda una vida por delante. Añadir La Portada de Extremadura como fuente preferida de Google de forma gratuita. Mantente informado con las últimas noticias de actualidad. Activar ahora
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