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Miguel Luengo-Oroz

¿Quién falta en la inversión de impacto?

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Los activos de inversión de impacto llevan seis años creciendo a un ritmo en torno al 20% anual, según el último informe del GIIN, que además señala que el 90% de los inversores cumplió o superó sus expectativas financieras. Es un dato que invita al optimismo: el impacto positivo también rinde, y cada vez más capital lo confirma. Ese crecimiento todavía tiene mucho recorrido: se ha construido mayoritariamente hasta ahora por grandes gestores de fondos, banca institucional y grandes inversores institucionales, públicos y privados. Por ello, la pregunta que de verdad es interesante ya no es si la inversión de impacto funciona, sino cómo sumar a quienes todavía no lo han hecho y podrían multiplicar su alcance. Llevo quince años como business angel y, desde distintas fundaciones, impulsando el emprendimiento e inversión con impacto social y ambiental positivos. Esa doble mirada me ha enseñado algo que hoy los datos confirman: la oportunidad es enorme. En Europa -y España- todavía tenemos mucho margen para aprovecharla y hacer frente a través de ella a los retos a los que nos enfrentamos. No es tanto una cuestión de interés -que existe, y cada vez más- sino de dar a conocer estas posibilidades y facilitar el acceso: ahí fuera hay todo un capital privado y familiar que mira este mercado con curiosidad genuina. Esa es, para mí, la oportunidad más interesante de los próximos años: no se trata solo de más financiación, sino de más y distintos propietarios de activos. No hablamos de un colectivo abstracto. Pienso en el business angel que invierte con su propio dinero y criterio, y que aporta a los proyectos incipientes experiencia y una red de contactos de valor. Pienso en el family office con visión largoplacista y paciente, o en la empresa familiar que combina visión intergeneracional, voluntad de dejar un legado y vínculo real con su territorio. O las corporaciones, que en búsqueda de innovación, pueden generar impacto no solo invirtiendo, sino a través de toda su cadena de valor. Y las fundaciones que gestionan patrimonio tienen ahí, más allá de la filantropía tradicional, un terreno todavía por explorar para amplificar su misión: invertir alineadas con su propósito. Nada de esto sustituye al capital institucional; lo complementa, y en muchos casos lo hace posible. Un proyecto de impacto no necesita el mismo tipo de financiación a lo largo de su vida: necesita capital diverso y complementario, con distintas expectativas de retorno, riesgo, tiempo e impacto. Lo he visto de cerca en una startup africana del sector fintech en la que invertí en sus primeros años: ha recibido capital de business angels como yo, fundaciones con donaciones, venture capital, subvenciones públicas y privadas, y apoyo puntual para asistencia técnica e investment readiness. Cada tipo de capital entró cuando el proyecto lo necesitaba, y ninguno habría bastado por sí solo. Cuando la cadena tiene los eslabones que el proyecto necesita, éste llega más lejos. El reto, entonces, ya no es demostrar que la inversión de impacto es una opción viable. Es algo más apasionante: entender cómo incorporar nuevas fuentes de capital y financiación, qué barreras afrontan hoy y qué condiciones les ayudarían a dar el paso. Algunas de esas condiciones ya existen, aunque a veces son poco conocidas. Cada vez más family offices participan a través de plataformas de coinversión, sumándose a un fondo o a otros patrimonios familiares sin ser expertos en impacto ni construir un equipo propio desde cero, como he podido ver en diferentes vehículos en los últimos años. Los vehículos de financiación mixta (blended finance) cumplen una función parecida: combinan capital público, filantrópico y privado en distintos niveles de riesgo, desbloqueando la entrada de más capital. Y las redes de inversores, junto con espacios de encuentro sectorial donde coinciden startups, fondos y corporaciones, siguen siendo la vía más rápida de acceder a proyectos ya filtrados. No hace falta convencer a nadie de que el impacto "rinde": eso ya lo demuestran los números. Lo emocionante es lo que viene ahora: que quienes tienen el capital y la voluntad de alinearlo con sus valores descubran estas vías de entrada y se animen a usarlas. Ese es mi trabajo desde hace años: facilitar ese paso a quienes quieren darlo. Porque cada eslabón que encaja multiplica el impacto que podemos generar como inversores. *** Margarita Albors es la presidenta de Fundación Social Nest
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