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Hannah Arendt y la banalidad del mal

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Hannah Arendt fue una filósofa alemana, posteriormente nacionalizada en Estados Unidos al huir de su patria por ser judía; allí desarrolló su carrera en distintas universidades. Su obra resulta un tanto inclasificable, ella prefirió llamarla teoría política. Conocida por el gran público por un concepto que acuñó al ser enviada como periodista a cubrir el juicio en Jerusalén de Adolf Eichmann, jefe de la Gestapo y principal responsable de la organización del exterminio de millones de judíos. Durante el juicio pudo comprobar que Eichmann era un hombre gris, burócrata, capaz de cometer los actos más atroces sin odio ni maldad consciente, sino por obediencia ciega y falta de reflexión. Se limitaba a cumplir los protocolos establecidos, simplemente. Esas circunstancias desde luego no le eximían de responsabilidad, derivada de su libertad personal. Su comportamiento era la consecuencia del deterioro de la dimensión ética, social y espiritual de su persona, consentido voluntariamente, que conducía a la 'banalidad del mal'. Ese concepto, banalidad del mal, ha hecho fortuna y hoy se aplica no a hechos tan tremendos, como la matanza de judíos, sino a cualquier situación en la que uno se limita a cumplir órdenes o seguir instrucciones, sin asumir responsabilidad alguna por las posibles consecuencias negativas de esa acción. También a aquellas que por mediocridad intelectual y falta de pensamiento crítico, de reflexión y análisis, asumen criterios que impiden o retardan el desarrollo de las personas y las instituciones. Es el caso del jefe de mantenimiento que pasa por alto una comprobación necesaria simplemente porque no está indicada en los protocolos de actuación. Él se limita a cumplir lo indicado, aunque eso suponga ocasionar dificultades a la empresa. Todo antes que reflexionar, desde el criterio seguro, y poner los medios para tratar de encauzar la situación. Esa misma banalidad del mal, digamos que a escala reducida, es la que se observa en algunos cofrades de ese pequeño núcleo, en torno al 5-7%, muy metido en el día a día de la hermandad. En ocasiones ese pequeño grupo es el motor que mantiene la hermandad en sus aspectos externos, dando vueltas siempre a los mismos temas: itinerarios, las próximas elecciones, algún estreno pendiente y la atención permanente a las redes sociales. Un pensamiento circular, que, poco a poco, se va apartando del entorno real y les lleva a convertirse en autorreferenciales, como los calificaba el papa Francisco, viviendo en una realidad paralela. En esta situación se banaliza el mal, entendido aquí como la lenta deformación de algunos hermanos, ocupados en el cumplimiento de normas inexistente de forma mecánica -el famoso 'siempre se ha hecho así"- creando espacios cerrados en los que inevitablemente, ante la falta de ponderación, aparecen rencillas, codazos, se organizan bandos y grupos de presión, oposición organizada y se fija como meta estratégica 'que la vara dorada la empuñe uno de los míos'. Cuando esta situación permanece en el tiempo, se pierde de vista la misión de la hermandad y se banaliza el mal que se causa a la hermandad. Decía San Juan Pablo II: "Los libros, el estudio y la reflexión me ayudan a expresar lo que la experiencia me enseña". Si no hay lecturas, formación, ni tampoco reflexión que analice la experiencia, el hermano será impermeable a su entorno y la lluvia resbalará por su capote sin empapar, germinar, ni hacer crecer su desarrollo humano, espiritual y cofrade. Un hermano ya muy mayor me decía con sarcasmo que los hermanos se dan tantos abrazos para así poder apuñalar por la espalda. Una expresión tan bárbara como falta de caridad, pero que evidencia un ambiente de banalización del mal a evitar. Porcentualmente son muy pocos, pero hablando de hermandades, nuestro tesoro más valioso, no hay que hablar de porcentajes, sino de excelencia.
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