El llanto en su carita y la forma en que se aferró a la mano de su padre durante la detención ocurrida en Austin, Texas, el domingo 16 de agosto, antes de que ambos fueran trasladados a un centro de detención para familias migrantes en el sur de San Antonio mostraron la angustia de una criatura expuesta a una realidad que no eligió.
A la intemperie en un país ajeno a sus raíces, con apenas cinco años de edad ya estaba siendo vulnerado por el mundo que hemos construido los adultos. Pero en sus estremecedoras lágrimas se vislumbraba algo que rebasa su circunstancia familiar: el costo emocional y social que la migración tiene para las niñas, niños y adolescentes de las comunidades de origen. Los que se van.
En la cotidianidad de la serranía, abundan relatos de cómo los menores y sus padres cruzan la línea fronteriza como indocumentados, a veces escondiéndolos en tráileres o con papeles irregulares. Otros refieren cruces por el Río Bravo sobre cámaras de llanta, para después caminar durante horas por zonas despobladas: padres y madres se turnan para cargar a los pequeños. En ocasiones, alguna otra persona del grupo ofrece ayuda. Después vienen el cansancio, el miedo, la espera en el monte, el paso por una casa de seguridad y la incertidumbre sobre el vehículo que finalmente habrá de recogerlos.
En los relatos más actuales se menciona que, si antaño los traficantes de personas se guiaban en el cerro únicamente con la memoria y el conocimiento del terreno, ahora utilizan brújulas activadas en el teléfono celular. Sin embargo, los métodos de traslado no parecen haber cambiado sustancialmente desde principios de siglo. Lo que sí se ha transformado son las condiciones que hacen más vulnerables a quienes intentan cruzar. Esto fue dicho a Divisadero por migrantes, pero también múltiples medios mexicanos han documentado cómo el tráfico de personas está sometido, en varios puntos, a la delincuencia organizada. Además del pago convenido con los traficantes, las familias pueden enfrentar cuotas adicionales impuestas por quienes controlan determinados pasos o rutas.
Esa situación, junto con el endurecimiento de las políticas migratorias de Estados Unidos, en años recientes, ha complicado el tránsito ilegal y elevado sus costos. Cuando menos tres testimonios cercanos a estos hechos coincidieron que en municipios como San Luis de la Paz, cuya cercanía con la carretera 57 lo convierte en un punto relevante de las rutas hacia el norte, durante 2026 la cifra para cruzar la frontera hacia Texas ha rondado los 8 mil dólares por persona. Los que se quedan.
También están los niños y niñas que, mientras sus padres se aventuran al 'otro lado', permanecen en sus lugares de origen con los abuelos, con algún tío o tía, o con uno solo de sus progenitores. El tiempo de separación puede prolongarse. Hay padres que regresan después de años, otros vuelven de manera intermitente o no consiguen hacerlo.
En 2023, mientras realizaba un reportaje sobre inseguridad y adicciones, publicado en este medio en mayo de ese año, escuché en un plantel escolar una anécdota que ilustra la incertidumbre que puede producir esa ausencia. Por comportamientos irregulares, se pidió a un alumno que su madre acudiera a la escuela. La respuesta fue: 'Se acaba de ir al norte'. '¿Y quién quedó a cargo de ti?', le preguntaron. 'Pues no sé, yo creo mi abuelita', contestó el menor, sin suficiente certeza.
La escena no permite explicar por sí sola toda la experiencia de las familias migrantes, pero sí ilustra una situación que también está presente en la región.
Profesoras y profesores entrevistados coincidieron en que, incluso cuando los padres permanecen en casa, en algunos hogares existe una brecha: 'Viven juntos, pero no conviven', resumió uno de ellos. Señalaron que algunos padres intentan mantener o compensar el vínculo con sus hijos mediante aparatos electrónicos, ropa y otros bienes materiales. Con eso expresan afecto y cercanía, pero no sustituyen el acompañamiento cotidiano.
Los docentes también observaron que en ciertos hogares se han debilitado prácticas elementales de convivencia: inculcar reglas, reforzar el respeto a los mayores, cultivar el sentido de pertenencia a la comunidad y enseñar hábitos básicos como saludar o dar las gracias. A ello se suma, señalaron, la ausencia de límites en el uso del celular y de las redes sociales, lo que puede aumentar la fragilidad de niñas, niños y adolescentes. La salud mental.
Durante aquella investigación, recabé el testimonio de una fuente médica especializada que ha trabajado durante años en la serranía y pidió el anonimato, quien de acuerdo con su experiencia, el consumo de alcohol entre los jóvenes se encuentra arraigado en distintas comunidades. Refirió incluso casos extremos de niños que, a los seis años, ya lo habían probado en reuniones familiares marcadas por el consumo excesivo de los adultos.
Este mismo profesional externó su alarma al advertir el aumento de problemas físicos y mentales asociados con el consumo de cristal entre los jóvenes. Esto ocurre al tiempo que se propaga y refuerza una narcocultura que, en el imaginario de muchos jóvenes, convierte la actividad criminal en una opción de reconocimiento y ascenso social, sobre todo tratándose de una región de Guanajuato donde las oportunidades legales son escasas. 'Ellos traen camioneta, mujeres y dinero a montones', dijo un muchacho entrevistado por esta columna. El especialista consideró que la fractura o ausencia de los vínculos afectivos entre padres e hijos puede actuar como uno de los elementos que agravan esta crisis. El dolor oculto.
El caso del niño migrante, ampliamente difundido en días pasados, remite, por el origen de sus padres, a dos localidades vecinas situadas en el mismo filo de la sierra. Las separan apenas cuatro cerros conectados por una vereda rodeada de magueyes, huizaches, uña de gato y encinos: una comunidad pertenece a Xichú y la otra a Santa Catarina.
Sus lágrimas podrían ser las de muchos otros niños, niñas y hasta de personas que hoy son adultas y que, hace tres décadas, cuando eran pequeñas, atravesaron la misma incertidumbre. Ese no es el único rostro de la migración, pero sí uno de los más sensibles. Estremece preguntarse: ¿cuántas historias de vulnerabilidad y sufrimiento de niñas y niños, hijos de padres migrantes, permanecen invisibilizadas tras las puertas de las viviendas en la Sierra Gorda?
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