El héroe de mi semana también es un norteamericano. Un miembro del jurado, anónimo para todos nosotros, que ha sabido mantenerse firme en el caso más mediático e internacional de los últimos meses: el Estado contra Lindsay Clancy, la madre que mató a sus tres pequeños. Este hombre ha mantenido su postura, la ha defendido y no ha cedido a las presiones del entorno: era o no era penalmente responsable de sus actos. ¿Quién es tan firme en un momento así? El que no cede ante sus principios. Resultado: Juicio nulo. No han podido determinar si sufría psicosis postparto.
Este caso ha dejado al descubierto las costuras de una sociedad resquebrajada; cientos de mujeres han llenado las redes sociales del mundo entero con mensajes de empatía y comprensión para Lindsay. ¿Estamos locos? Lo estamos.
Este caso refleja algo terrible: toda esa empatía desquiciada no es más que el síntoma de una maternidad que hemos vaciado de sentido. Llevamos años enseñando a las mujeres que cuidar es una carga, que la entrega a un hijo es tiempo «perdido», que ser madre a tiempo completo es un fracaso profesional. No podemos culpar a una ideología en concreto; ni al mercado, que mide el valor por la productividad, ni al Estado, que rara vez sostiene económicamente a quien cría y hasta penaliza a la mujer con el tiempo dedicado a ello. Ni siquiera podemos achacarle todo esto a cierto feminismo que ha aprendido a hablar del techo de cristal pero enmudece ante el derecho a quedarse en casa sin que eso se lea como una rendición, o mira para otro lado cuando la mujer que se queda sosteniendo se agota. No es de extrañar que, cuando el peso se vuelve insostenible, tantas mujeres se reconozcan en el dolor de Lindsay en lugar de en el dolor por sus hijos. Algo estamos haciendo mal como sociedad…
Sospecho que nadie les ha dicho a esas mujeres que su maternidad es lo más grande que tienen entre manos. Que quedarse toda una mañana mirando y acunando a un bebé es el acto que más fortalece a una sociedad: porque ese amor y ese tiempo presente y dedicado establece las bases del hombre/ mujer del futuro que ahora necesita de sus cuidados. No hay nada más importante cuando nace un hijo.
Pero hay que decirlo y gritarlo y valorarlo, todos.
Las madres necesitan apoyo de sus maridos, de la comunidad y del Estado para no caer en esa negatividad, rechazo y confusión que las hace vivir su maternidad en estado de perfección y alerta constante, un estado tan esclavo y 'poco productivo' en el que se pueden llegar a creer que son menos. ¡Nada más alejado de la realidad! Admirar una flor y gozar de su belleza es un acto de amor inmenso, cuánto más a un hijo. Sí, puede agotar física, psicológica y anímicamente y por eso toda la sociedad debería implicarse en proteger a las madres, a los hijos y a las familias. No porque sean débiles o frágiles o víctimas sociales sino porque su labor es la más importante, aunque las feministas de esta ola se empeñen en decir lo contrario.
Almudena González
(0)Comments