Un estudiante se acerca al profesor, alrededor del cual ya por entonces se ha montado un corrillo. La clase ha terminado y un par de sus compañeras le transmiten algunas dudas sobre la dirección que están emprendiendo las clases. Sin embargo, el nuevo alumno que se incorpora el último a la conversación lo tiene claro: el problema no es la materia, es la envoltura para transmitirla. Es decir, el vocabulario del profesor. 'Deberías dirigirte a nosotros en nuestro lenguaje, deberías hablar como nosotros', le espeta, así, sin el suficiente decoro, hablándole de tú a tú. Primer curso de Periodismo, en una universidad española. El profesor lo recuerda ahora, de nuevo, revisitando Mad Men y escuchando a Don Draper decir: 'Los jóvenes no saben nada, ni que son jóvenes'. No lo comparte en su totalidad, pero sí en parte.
Por entones ha escuchado a una influencer quejarse en sus redes asociales de 'Cumbres Borrascosas' de Emily Bront, publicado en 1847: 'Pensé: este librito me lo leo en nada, pero… necesito un diccionario al lado. ¿Cómo me voy a leer el libro si no entiendo la mitad del vocabulario? (…) El problema es que está escrito de una forma que la literatura actual no está escrita. En el instituto nos dan un tipo de literatura más sencilla'.
Más sencilla.
El debate sobre el método de transmisión de los clásicos es apasionante pero debe tener los límites de la rigurosidad y el respeto por la obra. Descontextualizada, sin sentido queda. Y esta época que nos ha tocado vivir se caracteriza, desgraciadamente, por la descontextualización y la trivialización. Por eso siempre he defendido que el Holocausto no se puede enseñar a través de TikTok. No, no es la forma de llegar, con esos contenidos, a los jóvenes. No presupongamos idiotez y vagancia en ellos y ellas.
El mundo intenta curar ahora las heridas provocadas por las redes asociales mientras una nueva lesión se abre en canal: la IA nos resta autonomía y capacidad crítica a cambio de esforzarnos menos en el pensamiento. Ahora nos dice cómo expresar incluso las emociones para, con el tiempo, indicarnos qué nos emocionará. Impostura, uniformidad y futilidad.
Borges decía: 'Cuando nos sentimos seguros, ocurre algo: una puesta de sol, la muerte de un amigo, el final de un coro de Eurípides, y otra vez estamos perdidos'.
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