Hay una imagen que me conmociona desde la primera vez que la vi. Corresponde a una señora mayor que, ayudada por familiares o amigos, intenta avanzar por una calle de Paiporta repleta de barro. Mira a su alrededor con una expresión de desolación, como intentando comprender qué había pasado. Es la mirada que se nos había quedado a todos el día después de la DANA. La mirada de la incredulidad, de no saber cómo había podido pasarnos semejante tromba de lodo por encima de nuestras cabezas. La mujer avanza con sus zapatillas de ir por casa y, al fondo, se ve un puente reventado y cañas. Muchas cañas.
Me acordé de esta imagen cuando vi a una señora mayor siendo evacuada durante el incendio del Saler, ayudada por dos bomberos. Fue imagen de portada en este periódico. Vi en su rostro, y sobre todo en sus ojos, la misma vulnerabilidad y conmoción que en aquella vecina de Paiporta. Quizá por eso las dos imágenes se me quedaron tan dentro.
Hemos pasado un verano atroz. Por el calor, los incendios, esas granizadas que, en cuestión de segundos, han destrozado tejados, fincas y árboles. Es el viejo temor de los galos de Astérix y Obélix: que el cielo acabe cayéndose sobre nuestras cabezas.
Se acerca el otoño. Los expertos avisan de que será complicado. Y, de nuevo, habrá días en los que muchos padres y madres no podrán llevar a sus hijos al colegio, se activarán alertas, se suspenderán las clases y quizá tampoco podamos ir a trabajar. Es la nueva vieja normalidad que nos dejó la DANA.
A menudo pienso en estas dos mujeres. No sé cómo habrán sido sus vidas. Las imagino después de tantos años de trabajo, preocupaciones, sueños y anhelos, esperando haber alcanzado esa edad en la que una cree merecer un poco de tranquilidad. Y, de repente, una emergencia las obliga a salir de sus casas. No estamos acostumbrados a dejar atrás lo que más queremos, nuestros recuerdos, nuestras fotografías, nuestra casa, sin saber qué encontraremos al volver. Quizá la vecina de Paiporta lo perdió todo. Quizá perdió algo mucho más importante, algún ser querido. Espero que no. Espero que ambas estén muy bien.
En cualquier caso, vuelvo a sus imágenes. A esas dos mujeres que, entre el barro y frente al fuego, consiguieron mantenerse en pie. Quizá sea esa la imagen a la que tengamos que aferrarnos para afrontar lo que nos viene.
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