Cualquier aproximación al periodismo firmada por alguien del gremio corre el riesgo de ser leída en clave corporativista. No es el caso: mucho antes que ... periodista fui lector de periódicos y espero seguir siéndolo también después. No hablaré del pasmo que produce ver a Lula hablando de los medios en los mismos términos que Trump ni me pondré estupendo con soflamas sobre el derecho a la información que nos asiste a todos.
En las concentraciones a favor de Ceuta hubo insultos, escupitajos y agresiones a periodistas, con especial saña hacia quienes informaban en directo. Fue algo relativamente frecuente en la Euskadi de hace unos años, pero al estar la vasca en el fichero de las «sociedades enfermas», se interpretaba como un síntoma de su dolencia.
La sorpresa –no– ha sido comprobar que sectores de la sociedad española han adoptado ese comportamiento y no se trata tanto de que les guste más o menos un tratamiento informativo como de la incapacidad de admitir que la indignación puede ser muy grande, pero limitada. En la calle, a ningún trabajador se le trata así; en interiores, quizás al sector sanitario, con mención especial a las enfermeras.
El que está cabreado porque considera que los gritos de «Pedro Sánchez, hijo de puta» son el máximo exponente de la libertad de expresión puede cambiar de canal, pero no puede entregarse al frenesí de la agresión. Se dirá que es una minoría, pero en realidad son varias que, sumadas, conforman una constelación de colectivos convencidos de que un mundo sin periodismo sería un mundo mejor y que las malas noticias se resuelven con la supresión del noticiario.
Y así estamos. Al parecer, no hay bólido más veloz en la marcha atrás que este siglo XXI.
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