El aficionado del Atlético de Madrid vive en una montaña rusa emocional donde el término medio parece un concepto alienígena. Nos mueve la pasión, sí, pero con demasiada frecuencia tropezamos en el vicio de dictar sentencia antes de que la película haya llegado siquiera a su primer giro de guion.
El arranque del curso ha sido un máster acelerado de esta bipolaridad rojiblanca. El primer día cundió una ilusión colectiva e injustificada; al segundo, tras los dos penaltis en Villarreal, la narrativa dictó que LaLiga era una estafa y que no había nada que hacer. Sin embargo, bastó una victoria en Sevilla para que pasáramos de la resignación al delirio: de golpe nos creímos invencibles, candidatos firmes al triplete y el mejor equipo del planeta y que KangIn y Baena eran Oliver Aton y Mark Lenders. La caída, claro, fue tan rápida como el entusiasmo. Tras el doloroso 3-0 en Bilbao, el barco se volvió a hundir: que si no jugamos a nada, que si el mercado de fichajes ha sido nefasto, que si las incorporaciones no sirven y que si Julián Álvarez es y será un fantasma.
Pablo Barrios con los fichajes Cuti Romero y Hjulmand tras el partido ante el Sevilla | Fuente Atleti
Es la tiranía de la conclusión precipitada. Juzgar un proyecto entero por el resultado del último domingo es un ejercicio peligroso. La gente olvida que cuando se sacan conclusiones con tanta ligereza y dramatismo, el fútbol te toma la matrícula y te pasa factura a la primera de cambio. Falta templanza, sobra visceralidad y urge una buena dosis de perspectiva.
Ni Julián es tan malo y tóxico como dicen los agoreros de hoy, ni éramos la reencarnación del Brasil del 70 la semana pasada. Ni el equipo era un desastre sin solución hace un mes, ni íbamos a pasearnos por Europa tras ganar un partido serio. La temporada es un maratón de desgaste, no un esprint de cien metros, y el camino es infinitamente largo.
Veremos cómo se reescribe la historia de "La Araña" a medida que pasen las semanas y cómo evoluciona el devenir real de la temporada cuando las piernas pesen y la tabla se asiente. Mientras tanto, que cada uno elija su trinchera. Yo elijo la trinchera que reza "Nunca dejes de creer" porque a mí, desde luego, nadie me va a quitar lo único que bajo este escudo no se negocia: la ilusión.
Y yo, a pesar del ruido y de los catastrofistas de guardia, estoy a tope con este equipo.
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