Esta noche, el primer cohete de la pirotecnia junto al río encenderá la noche salmantina junto al Tormes y también una bombillita en la memoria ... de este periodista. Resulta que en mi debut en una redacción, hace 40 veranos en mi Pamplona natal, mi redactor jefe me encargó hacer la crónica diaria de los fuegos artificiales de los Sanfermines de 1986. Quien ha estado allí, sabe que del 6 al 14 de julio el bullicio se detiene con la mirada puesta sobre la Ciudadela para ver los fuegos: mi misión era una cosa seria. Así que me estudié todo lo que veía del tema en la Larousse -la Wikipedia de la época- y cada noche abría mucho los ojos, anotaba en mi libreta y desde la cabina más cercana y entre las burlas de mis amigos, enviaba mi crónica breve para que entrase antes del cierre en la primera edición del periódico, que increíblemente ya estaba en la calle apenas dos horas después.
Mi aniversario profesional es una de las muchas conexiones que me están llevando este año a pensar en 1986, tantas, que diría que el universo me está mandando señales, aunque aún no sé de qué tipo. Como que mañana nos visita en la Plaza Tony Hadley. La que fue su banda, Spandau Ballet, ya era mundialmente famosa en aquel preciso verano en el que su canción 'Through the barricades' (Tras las barricadas) tuvo un éxito descomunal. De hecho, sigue siendo la canción favorita para el propio artista, como reconocía en la estupenda entrevista exclusiva para LA GACETA que le hizo nuestra compañera Yolanda Escribano. Los veteranos hemos tenido que explicar a los más jóvenes quién era el personaje hasta que admitían que les sonaban jitazos como 'True' y 'Gold'. Sospecho que alguno lo hizo para dejar de aguantar mi chapa. Nunca lo sabré. Pero mañana en la Plaza muchos salmantinos que peinan canas -si queda algo que peinar- y que ya disfrutaron con Europe y Bonnie Tyler revivirán tiempos jóvenes y felices. Y eso es bueno.
Pero este puente de cuatro décadas al pasado no solo conecta recuerdos festivos. En el año en que Felipe González ganó sus segundas elecciones generales y España ingresó en la entonces llamada Comunidad Económica Europea, este entonces proyecto de periodista recorrió Marruecos en autobús de norte a sur en una intensa semana. Así hacíamos entonces los viajes de estudios, con mucho entusiasmo y muy poco presupuesto. Además de los paisajes, la arquitectura, los ruidos y los olores, recuerdo que me impactó – yo por entonces apenas había salido de mi cascarón geográfico- la acogida tan intrusiva que la población, sobre todo los menores, nos dispensaban a los turistas, a quienes nos veían como objetivo de oportunidad para sacarnos unas pesetas, un boli o cualquier cosa que lleváramos encima. Desde Tánger a Marrakech pasando por Casablanca y el Atlas a la ida o el desierto a la vuelta, en cada contacto humano que manteníamos en los zocos y las medinas había que defender con firmeza el espacio personal y el físico. Yo tenía otro concepto del respeto, y no estaba preparado para vivir a la defensiva.
Admito hoy que aquella experiencia consolidó en mi cierto prejuicio contra la cultura magrebí. Después pude investigar episodios históricos con las difíciles relaciones que siempre ha mantenido España con su vecino del sur, con mucho fuego no precisamente pirotécnico y mucha barricada no precisamente romántica, así que simplemente diré, porque yo quería hablar hoy aquí de fiestas y no de política, que me enerva ver la pachorra y el buenismo con que Sánchez y los suyos han gestionado la crisis migratoria de Ceuta, cuando es obvio que el vecino del sur nos la ha vuelto a preparar. Hasta que sus asesores se han dado cuenta de que el PSOE agotaba el crédito para remontar en las próximas urnas. Buenos vecinos sí, pero no así de gilipollas.
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