Hace 380 años, el obispo Juan de Palafox y Mendoza sentó las bases de la primera biblioteca pública de América. Donó su colección personal con la visión de que el conocimiento no fuera un privilegio reservado a unos cuantos, sino un bien común.
Hoy, casi cuatro siglos después, la Biblioteca Palafoxiana demuestra que la historia escrita no sólo habita en sus más de 45 mil volúmenes y estanterías de cedro, ayacahuite y coloyote, sino en la manera en que dialoga con nuestro presente.
Celebrar este aniversario va más allá de recordar una fecha en el calendario. La reciente conmemoración incluyó una exposición indispensable organizada por Museos Puebla: Memoria Viva de los Pueblos Originarios, curada nada menos que por el maestro Fabián Valdivia.
La muestra tiende un puente entre los códices o impresos antiguos y la resistencia cultural de nuestras comunidades. En ella convergen saberes ancestrales que persisten en la cotidianeidad: la maestría textil de Cecilia Jaime, quien no sólo exhibió su obra con tintes de grana cochinilla, sino que contó cómo su familia en Hueyapan mantuvo viva la técnica; qué decir del arte ancestral del papel de corteza de árbol, presentado por Jorge Luis Santos, de San Pablito Pahuatlán y la emotiva lectura de Pedro Pineda, quien al revisar un texto del siglo XVI reconoció palabras de su propia lengua mixteca, aún hablada en Chigmecatitlán.
A esta narrativa visual se sumó el trabajo de quien esto escribe mediante un par de series fotográficas que capturan la esencia de los túmulos funerarios que persisten actualmente en Huaquechula, y la tradición que aún se conserva del ritual del palo volador que podemos ver en gran parte del estado.
Como bien se reflexionó durante la jornada, la gran biblioteca de Puebla no está únicamente en sus muros de piedra, sino en las personas mayores y en la memoria viva de sus pueblos originarios.
Preservar la Palafoxiana —tarea que dignamente encabeza María Fernanda Cruz, directora de Museos Puebla—, es un deber con las generaciones pasadas y futuras. El conocimiento no es estático: evoluciona, nos ve a la cara y nos recuerda quiénes somos.
Finalmente, una mención especial al Coro de la UDLAP por su soberbia presentación.
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