Javier Milei es un personaje que cada día genera más dudas respecto de su salud mental. El miércoles pasado, en Las Condes, se subió al escenario del llamado Foro Madrid frente a un pequeño grupo de ultraderechistas –el salón ni siquiera estaba a la mitad–, los que parecieron de inmediato entrar en una especie de trance, de delirio colectivo. Una escena surrealista, lo más parecida a esas sectas que en varios momentos de la historia indujeron suicidios masivos –como el impulsado por Jim Jones en 1975 en Guyana, cuando más de 900 personas se quitaron la vida– bajo la manipulación psicológica, coerción o el control ideológico extremo de un líder… carismático. Que no es el caso de Milei.
El presidente de Argentina tuvo una especie de brote psicótico plagado de incoherencias, aberraciones –como burlarse de las víctimas de violaciones de los derechos humanos–, errores básicos –Allende era socialista, Javier, no comunista–, descalificaciones e insultos groseros hacia la política y políticos chilenos. Nos vino a insultar a domicilio y, lo que es peor, avalado por un grupo de fanáticos –republicanos y libertarios– que se peleaban por quién gritaba las peores barbaridades.
Claro que La Moneda se dio cuenta algo tarde de que el espectáculo de extrema derecha que organizó el ultra Santiago Abascal –que ni siquiera vino– habría tenido cierta lógica si aún estuvieran en campaña, pero hoy son Gobierno. Por si no tenían consciencia de ello.
El Presidente Kast optó por hablar en el cierre intentando poner paños fríos luego de las estupideces de Milei en la mañana, e incluso Martín Arrau, ministro de Seguridad, decidió bajarse a última hora. Pese a que el hombre de confianza del Mandatario comparte cien por ciento la filosofía del Club de Madrid, es un hombre inteligente. Sabe que debe negociar una reforma que se le derrumbó antes de empezar su tramitación, precisamente con aquellos que fueron insultados por Milei.
Desde el mundo de Chile Vamos –que en el último tiempo ha mostrado una incomodidad creciente en el Gobierno– tomaron distancia del encuentro antes de su realización y condenaron después los insultos del argentino. El presidente de la UDI, Guillermo Ramírez, dejó claro que la política chilena funciona con otros códigos, otro lenguaje y que el respeto se impone pese a la diversidad de opinión. A tal nivel llegó Ramírez, que criticó la forma en que Milei trató a Allende y Boric.
Sin embargo, la postura tomada por dirigentes de la UDI, RN y Evópoli –los primeros en criticar el encuentro de la ultraderecha y pedir que Kast no participara– no fue compartida por toda la sensibilidad de Chile Vamos.
Francisco Orrego, el diputado de Sin Filtros, señaló que entendía a Milei porque era su estilo e incluso llegó a decir que la frase 'zurdos mugrosos' no le parecía un insulto. Cuando Mónica Rincón le contrapreguntó qué pasaría si a él le dijeran 'facho mugroso', respondió que lo consideraría un insulto. Tan delirante como el senador republicano Vial, quien confesó que, si la misma reforma que anunció Kast la hubiera presentado Jara, él la habría rechazado. Las incoherencias de nuestros políticos son dramáticas.
También me sorprendió Claudio Alvarado. Como vocero de La Moneda, afirmó que no comentarían las opiniones de Milei por tratarse de un 'acto privado', pese a los insultos dirigidos a expresidentes y a la izquierda chilena, y a pesar de que José Antonio Kast asistió a ese mismo 'acto privado' en calidad de Jefe de Estado. Lo cierto es que, aunque el ministro del Interior muestra buena voluntad, su desempeño como vocero deja mucho que desear.
Me imagino que el Gobierno habrá sacado algunos aprendizajes de esta visita incómoda que le dejó saldo en contra al Presidente Kast. En primer lugar, este tipo de organizaciones extremas suelen ser plataformas de quienes están en la oposición y aspiran al poder. Una vez que han conquistado esa posición, representan actos testimoniales que refuerzan el espíritu de los ultras y alejan a quienes votaron en segunda vuelta por descarte. Tanto es así que fue la propia coalición Chile Vamos la primera en tomar distancia de este show de fanáticos.
Segundo, las descalificaciones e insultos a la oposición –más aún en voz de un extranjero– suelen, por el contrario, reforzar al rival. No hay nada mejor, para un grupo desunido que no logra encauzar el descontento respecto a quien está en el Gobierno, que tener un enemigo común. A partir de las reacciones de la oposición –oposiciones, la verdad–, podemos deducir que ser tratados de 'mugrosos' y atacar a sus figuras emblemáticas solo despierta un sentimiento de unidad y los fortalece, justo en la previa a la discusión de la reforma planteada por el Ejecutivo.
Tercero, La Moneda no solo sufrió un quiebre interno gracias al Foro Madrid y el exabrupto de Milei, sino que también debió salir a hacer control de daños por una actividad totalmente voluntaria. Incluso tuvo que alterar la participación del Presidente y bajar a un ministro del evento. Esto, en el momento en que había perdido el control de la agenda de seguridad, que se informó del alto nivel de desempleo (9.5%) y la caída brutal del Imacec (-1.5%) y que la encuesta Cadem reflejó una baja de -4% en menos de una semana. En jerga futbolística, esto fue un autogol desde media cancha.
Cuarto, en Chile existen códigos de comportamiento y lenguaje político en que lo bizarro de los extremos es castigado por la ciudadanía. Basta recordar las estupideces de Rojas Vade o la tía Pikachu en el Proceso Constitucional, que le costaron caros a la Lista del Pueblo, que había obtenido el primer lugar entre los partidos y movimientos que se presentaron en 2022.
Quinto, si los republicanos y libertarios se quieren dar un gustito, les recomiendo que asistan a estos eventos de fanáticos en otros países, en que la ultraderecha es oposición, y envíen a representantes sin perfil público, porque sus intervenciones y discursos se conocerán rápidamente en Chile, donde hasta ahora no han podido cumplir con las promesas, metáforas e hipérboles que hicieron en la campaña de 2025.
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