Para hoy el movimiento tomó curioso rumbo, no tentado hasta este mismo momento en que estoy escribiendo, instante dentro de las fronteras abiertas de lo normal. Lo que debo, debemos, entender como lo que decimos y vemos como normal y que será normal y cotidiano. Pero no estamos muy cotidianos. Hay un poco, no mucho, de no cotidiano, la voluntad de estar un tanto fuera del margen sin llegar a romper el molde. Diremos, es miércoles por la tarde, estamos quietos, saliendo ligeramente del margen y manteniendo un vínculo con el palabreo, como diría Margarita.
Para empezar, las fotos no vienen de un hallazgo ni salieron de un libro empolvado, tampoco nos acompañó en la decisión el bueno de nuestro amigo que llamo Duende, con mayúscula. Es un compañero en casa donde se siente como Pedro en la suya. Compañero como son Grettah y Domennickoh, mis gatúbelos, con la diferencia de que a Duende nunca lo he visto, sólo siento su presencia, que se manifiesta en esos ruidos que no tienen motivo. También puedo tomar como indicio o pista para saber que está en casa el modo en que los michis se quedan inmóviles con la mirada fija en un punto. No es una mirada al vacío ni la que pueden tener si se arriman al balcón, me están viendo a mí o a algún amigo que llegó de corta visita. Esta es una de sus señas que me dan tema para pensar, comentar y muchas veces encontrar amigos y no amigos que también tienen su Duende en casa y hace las mismas movidas que mi amigo. Les mueve y esconde cosas que después de un rato o un corto tiempo reaparecen. No son pocos quienes han tenido experiencias similares. Entre ustedes, a quienes agradezco me leen, estoy seguro varios tienen un relato de los que Zizi Ghenea diría es Extraño… muy extraño. Ahora yo debo agradecerle a Duende que sabiendo teníamos en mente y agenda Amarillo Trujillo no escondió fotos que sin aviso pudiera llevárselas para no aburrirse antes de salir a dar una vuelta por los macizos de bambú que tenemos en la Residencial San Felipe. Sospechosamente están amarillando. Estamos en Jesús María.
Y ya llegamos a Trujillo, Ciudad Capital de la Eterna Primavera. En septiembre, el Club de Leones organiza su tradicional Festival y Fiesta recibiéndola con hermosas reinas y el famoso corso con las aplaudidas y jóvenes waripoleras, y los carros alegóricos en que con su fantasía y fina creación dejó su firma Memo Ganoza. Estuve tres veces y disfruté haciendo, entre otras, estas fotos escogiendo el amarillo como tema. Lo tengo soportando esa gran ventana que con el tamaño y riqueza de la reja es un claro comentario del tono de vida que a ella asoma; como huella de historia urbana, en el Parque El Recreo, una escultura de mármol, la Primavera, que después decapitaron, el amarillo asoma como un silencioso testigo; es testimonio de fe y arquitectura la sobria iglesia de Santa Ana con sus frondosos árboles. Vecino de la puerta lateral había un pequeño restaurante familiar, 3 mesas, donde tenías un mañanero y magnífico caldo de gallina con soberana presa y largos fideos. Era destino obligado. Despedimos esta Crónica para pensar que el chimuco, ese viento trujillano de humor vario, nos acompaña por la tarde con su pasar medio brujo que envuelve, habla y acaricia.
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