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Marc González

Alto traidor

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Me había propuesto no abordar el tema de Ceuta en este Calaportal, sobre todo, porque desde nuestra limitada perspectiva insular poco puedo aportar que no se haya dicho ya por voces mucho más autorizadas. Sin embargo, la gravedad de los hechos conocidos en las últimas horas, tanto por lo que hace a la ya probada y nada sorpresiva implicación del régimen marroquí en la invasión de los pasados 30 y 31 de julio, como por la temeraria o quizás hasta dolosa respuesta del Gobierno de Pedro Sánchez, tratando de encubrir un acto hostil de nuestro vecino bajo un supuesto fenómeno migratorio masivo y súbito, cuando no es sino una reproducción de la Marcha Verde de 1975 para tratar de socavar la soberanía territorial española, me ha hecho cambiar de opinión. El enemigo es esencialmente cobarde y, como en aquel ya lejano año del pasado siglo, únicamente actúa cuando percibe extrema debilidad en los poderes del Estado. Entonces, Hassan II aprovechó la larga agonía del dictador para tomar por la fuerza un territorio que jamás fue marroquí -desatando la guerra con el Frente Polisario, apoyado por Argelia- en contra de las resoluciones en materia de descolonización de Naciones Unidas. El a la sazón Príncipe de España, hoy emérito y exilado, condicionado por la necesidad de contar con el apoyo estadounidense para consolidar el tránsito de régimen, renunció a plantar cara al sátrapa alauita, ordenando la retirada y asumiendo la vergonzante e indigna posición que ha culminado Sánchez con el renococimiento de soberanía por parte de Marruecos sobre el Sáhara Occidental, algo para lo que ni siquiera tuvo la decencia de ir al Congreso. La genuflexa posición de Sánchez -y, con él, de nuestro país- con relación a Mohamed VI ya trasciende del ámbito del debate político bronco al que nos hemos acostumbrado para adentrarse en el de la desintegración por gangrena del Estado. El madrileño está jugando con fuego, porque juzga absolutamente imposible ser procesado por el delito de Traición, pues creía controlar los máximos órganos del poder judicial y, en último término, el Tribunal Constitucional. Y, sin embargo, nunca a lo largo de las últimas décadas ningún dirigente occidental estuvo tan cerca de ser considerado un alto traidor a su país. Afortunadamente, incluso en la penosa condición en que Sánchez y sus secuaces han dejado los poderes del Estado, los españoles parecen no estar dispuestos a que éste sea solo un episodio más de una calamitosa y autocrática presidencia asentada en los apoyos -dentro y fuera de España- de quienes buscan nuestra desaparición como ente nacional. Y eso es lo relevante. El fin está mucho más cerca.
Alto traidor
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