En su reciente visita a nuestro país el secretario de Estado Vaticano, Pietro Parolin, visitó a la Virgen de Guadalupe y a la presidenta Sheinbaum. ¿Qué conversarían? Sin duda, México es uno de los pueblos más religiosos del mundo. Cada año, millones de personas peregrinan a la Basílica de Guadalupe; miles cumplen mandas caminando kilómetros de rodillas; abundan las cruces al borde de las carreteras, los altares en pueblos y rancherías, así como las imágenes religiosas en comercios y hogares. Nunca faltan las veladoras, los escapularios, los exvotos, ni las peticiones de favores divinos.
Pero existe una paradoja que parece no tener respuesta. Si la religiosidad funcionara, los países más devotos deberían ser también los más seguros, honestos y pacíficos del planeta. Sin embargo, la realidad desmiente con frecuencia esa expectativa. La historia demuestra que el fervor religioso no guarda una relación directa con la conducta de los ciudadanos.
Filipinas ofrece un ejemplo claro. Durante la Semana Santa, cientos de penitentes se flagelan severamente y hasta aceptan ser crucificados con clavos verdaderos para recrear el martirio de Cristo. Son escenas que impresionan al mundo entero por su dramatismo y por la intensidad de esas manifestaciones de fe. Pero la pregunta resulta inevitable: si México, Brasil y Filipinas se cuentan entre las naciones más religiosas del planeta, ¿por qué tienen los peores índices de comportamiento humano y esa religiosidad no se traduce en sociedades más honestas, más justas y menos violentas?
Como contrapunto aparecen Dinamarca, Noruega y Suecia, que desde hace décadas figuran entre las sociedades menos religiosas del mundo. Sus habitantes son agnósticos, indiferentes o ateos. Paradójicamente, esas mismas naciones registran algunas de las menores tasas de homicidio doloso del planeta: alrededor de 0.7 por cada cien mil habitantes, frente a 21.5 en México. En esas sociedades abundan más las bibliotecas que los templos, sin que ello haya impedido construir comunidades pacíficas, ordenadas y respetuosas de la ley.
Queda claro que la fe, por sí sola, no garantiza una conducta moral. Los valores solo adquieren sentido cuando abandonan los templos para instalarse en la conciencia y en la vida cotidiana.
De poco sirve escuchar cada domingo el mandato de amar al prójimo si el lunes se le mienta la madre al vecino. Resulta inútil persignarse ante una imagen religiosa si después se roba, se asesina, o se explota al trabajador. La calidad humana no se mide por el número de oraciones o jaculatorias, sino por la consideración al prójimo.
Imaginemos, por momentos, a un gobernador de Guanajuato en misa de doce en catedral con los ojos en blanco como si la Virgen le hablara, para que lo vean comulgar, pero al salir le mete la mano al cajón con singular alegría… Resulta una parodia de carpa.
Como anécdota de esas contradicciones, recuerdo que, en mi actividad profesional como valuador, atendí en mi oficina a unas sexoservidoras que acudieron por recomendación de Catastro para solicitar el avalúo de un terreno. Me contaron que habían cooperado para la construcción de un templo y que tenían una imagen muy milagrosa: aseguraban que bastaba con encenderle unas veladoras para que, casi de inmediato, comenzara a llegar la clientela. Lo contaban con absoluta fe y devoción…
Quizá el problema radique en que muchas personas han convertido la fe en un quid pro quo con lo divino. El dueño de la funeraria pide más muertos; el de la cantina, más borrachos; el de la farmacia, más enfermos; el político, más votos. Se pide a Dios salud, dinero y amor, e incluso impunidad frente a los peligros, a cambio de dar una limosna o ir a misa, pero rara vez se acepta la parte medular del Evangelio: amar al prójimo y tratarlo con la misma dignidad que se exige para uno mismo. Lo divino se convierte en proveedor de favores.
El verdadero éxito de una religión no se mide por el número de templos construidos, peregrinaciones realizadas, imágenes veneradas, penitencias cumplidas o veladoras encendidas, sino por el número de conciencias transformadas.
Porque el auténtico milagro, si es que existen, consiste en convertir la fe en conducta. En formar ciudadanos incapaces de extorsionar, secuestrar, asesinar, defraudar o corromperse. En México hay mucha fe, pero el problema es que hay muchos delincuentes.
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