La madrugada del domingo 23 de agosto, sobre las dos, después de varios días de lluvia, una ladera del vertedero de Dar-es-Salam en Conakry, se vino abajo y sepultó las viviendas que había al pie. Tras ese corrimiento, los vecinos acudieron de inmediato a auxiliar a las personas que hubieran podido quedar sepultadas. Un segundo corrimiento acabó sepultando a estas también.
El recuento oficial sitúa, a 3 de septiembre, en treinta y cinco los fallecidos y más de 22 los heridos por el derrumbe.
Este viernes 4 de septiembre se ha guardado una jornada de duelo nacional, con las banderas a media asta y un homenaje en la mezquita de Bambeto por los fallecidos. Aquel domingo era, además, la fecha prevista para la clausura del sitio.
Hace algo más de cuatro años estuve allí.
El vertedero de Conakry, La Déchetterie de Dar-es-Salam, no tiene cancela. No hay cadena, ni malla, ni cartel que advierta. Se llega, se entra y se descarga. Así de simple. Los pocos camiones municipales que circulan por la ciudad van dejando montañas de residuos que desafían la perspectiva: te acercas creyendo que llegas y sigues sin llegar a ver el final. En los barrios, cuando la basura se acumula, la que se puede quemar se quema, y la que no, se carga en una camioneta y se lleva allí. Capas, estratos: una arqueología involuntaria de lo que una ciudad consume y no sabe dónde poner.
Agosto es, además, el corazón de la estación de lluvias, de un país con clima tropical. El agua de esas semanas no cae: se descarga.
Y sobre ese infinito en el horizonte de basura, algo me llamó la atención. No eran las oficinas de la empresa de gestión de los residuos, era una simple caseta.
Sobre una de esas montañas, a media altura, alguien había levantado una pequeña estructura de madera y lonas. Un refugio. Allí descansan las personas que suben a buscar qué puede haber de valor entre los desechos.
También había niños trabajando entre los restos. Los vi. Con cada uno de los niños que escarbaban entre los restos, no pude más que detenerme y observarlos uno a uno. Sin guantes, sin más prendas que las que probablemente llevaría días usando, y quizá semanas, escarbaban entre los restos ayudados de un palo, buscando aquello a lo que se le podría sacar provecho. Y una vez lleno el saco, cargaban con él. Cuanto más lleno mejor, menos viajes. Pero cuanto más lleno, más peso, más dificultad. Niños de corta edad, cargando con algo que era casi tan grande como ellos y salvando las dificultades de andar sobre basura, sin calzado adecuado.
Y al pie de esas montañas de basura, viviendas. Nadie vive ahí por capricho. Se vive allí porque allí hay trabajo. Todo tiene precio y todo tiene comprador: el metal, el plástico duro, el cartón, el cable, la pieza suelta que en otro sitio volverá a servir. Lo que nosotros llamamos basura, allí es mercancía pendiente de clasificar. Cientos de personas se ganaban el día en esa ladera. Esa es la razón, y no otra, por la que había casas al pie de algo que podía moverse.
En otros artículos hablaremos de esa capacidad guineana de dar una segunda vida a lo que aquí tiramos, pero no aquí. Aquí no hay ingenio que celebrar. Hay gente haciendo lo único que tenía a mano y le ayuda a cubrir esa necesidad innata de comer, cenar, desayunar… en la capital también se repite el modelo de la aldea.
Cuando estuve, me dijeron que ya se había prohibido verter más en ese punto. Pero las montañas seguían. Los camiones también. Lo anoté entonces como una curiosidad de viaje —una norma que existe y una realidad que va por su cuenta— y me parece que no entendí bien lo que estaba viendo. Un sitio del que come mucha gente no se cierra el día que se decide cerrarlo. Se cierra el día en que quienes comen de él tienen otro sitio donde comer. Entre una fecha y la otra hay un plazo, y ese plazo lo establece la gente.
En agosto de 2017, en ese mismo lugar, hubo otro desprendimiento. En aquella ocasión, 9 fallecidos y una decena de heridos. Se inició el desalojo de viviendas, pero a quienes desalojaban volvían de nuevo a establecerse en la ladera del vertedero.
Ahora sí se cierra. Se ha anunciado la clausura definitiva y se construirá un parque urbano en el terreno que ocupa. Conakry necesita árboles y necesita sombra. Pero la basura de una ciudad de más de tres millones y medio de habitantes se sigue produciendo cada mañana y tiene que ir a alguna parte. Y las personas que la clasifican tienen un oficio que este mes se ha quedado sin sitio. Esas dos cosas no se resuelven con la misma decisión que cierra una puerta.
Vuelvo a la caseta. Es la imagen que ilustra este artículo. Varias maderas cuidadosamente ancladas al suelo, que soportan grandes lonas de plástico, y que conceden un espacio de sombra, un lugar donde poder descansar y tomar un tentempié. En ningún momento del día está sola. Siempre hay algún grupo de jóvenes aprovechando la estructura.
Esa es la imagen que me traje de Conakry, y la que no consigo apartar estos días, cada vez que leo el recuento y veo que ha vuelto a subir.
La montaña se va a ir. La razón por la que alguien decidió vivir allí no se va con la montaña.
(0)Comments