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Harfuch tiene la llave

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José Luis Parra La DEA regresó a México. Bueno, en realidad nunca se fue del todo. Pero ahora le volvieron a abrir la puerta, le ofrecieron silla y hasta parece que ya conoce dónde guardan el café. El gobierno de Claudia Sheinbaum dio un giro de 180 grados en su relación con la agencia antidrogas estadounidense. La misma DEA que durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador fue prácticamente declarada persona non grata, hoy intercambia información de manera directa con el secretario de Seguridad, Omar García Harfuch. Y los resultados están a la vista. Miles de detenidos, toneladas de droga decomisada, laboratorios destruidos, armas aseguradas y golpes importantes a organizaciones criminales. Así que algo funciona. El pequeño problema es político. Porque durante seis años nos explicaron que permitir demasiados movimientos a las agencias estadounidenses era injerencismo, atentado contra la soberanía y casi una traición a la patria. Hoy se llama cooperación. Qué cosas tiene el diccionario de la política. Depende de quién ocupe Palacio Nacional. López Obrador prácticamente rompió relaciones con la DEA después del caso del general Salvador Cienfuegos. Posteriormente cerró una unidad de inteligencia que durante años había operado en México y modificó las reglas para limitar las actividades de agentes extranjeros. El mensaje era sencillo: Aquí mandamos nosotros. Hasta ahí todo bien. El problema fue que los narcotraficantes también entendieron el mensaje. Y seguramente agradecieron algunas de aquellas restricciones. Ahora Claudia Sheinbaum enfrenta una realidad diferente. Donald Trump está en la Casa Blanca, la presión estadounidense sobre México es enorme y los grupos criminales mexicanos son un problema de seguridad nacional para ambos países. Entonces apareció Harfuch. Policía de carrera, hombre de confianza de Claudia y quizá el funcionario mexicano que mejor entiende que para combatir organizaciones criminales internacionales también se necesita inteligencia internacional. Harfuch se ha reunido con el director de la DEA, Terrance Cole, en Washington y después acudió a una conferencia organizada por esa agencia en Argentina. Cole lo llamó socio de confianza y buen amigo. Uy. Casi casi le faltó abrazarlo. Y naturalmente en algunos sectores de Morena comenzaron las incomodidades. Porque una cosa es cooperar con Estados Unidos y otra muy diferente que los estadounidenses anden repartiendo bendiciones políticas. Claudia entendió perfectamente el mensaje. Incluso explicó que inicialmente no quería que Harfuch acudiera a la reunión de Argentina debido precisamente a los antecedentes de la DEA en México. Pero fue. Y parece que le fue bastante bien. Tan bien que hoy existe un intercambio de información que, según el propio secretario, incluso se brinca algunos protocolos para actuar con mayor rapidez. Aquí aparece otra pregunta incómoda: ¿Entonces los protocolos que antes defendían nuestra soberanía ahora estorban? Quién sabe. Pero los resultados pesan. Hace unos días fueron aseguradas más de 16 toneladas de metanfetamina en Sinaloa y desmantelado un gigantesco laboratorio. La DEA inmediatamente levantó la mano. Dijo que aquello no habría sido posible sin su trabajo de inteligencia. Harfuch matizó. El operativo fue mexicano, encabezado por la Marina, aunque reconoció el intercambio de información con agencias estadounidenses. Cada quien cuidando su parcela. Washington quiere presumir que sin ellos México no puede. Y México necesita demostrar que acepta ayuda, pero no órdenes. Una pequeña diferencia diplomática. Pequeñísima. Como la diferencia entre cooperación e injerencia. Por eso Claudia tiene que caminar sobre una cuerda muy delgada. Necesita a Estados Unidos para enfrentar a los carteles, pero políticamente no puede aparecer subordinada a Washington. Mucho menos después de seis años de discurso soberanista. Y aquí Harfuch adquiere todavía mayor importancia. Es el puente. El hombre que puede hablar con la DEA mientras la presidenta habla de soberanía. Uno negocia abajo. La otra contiene arriba. Buena estrategia. Siempre y cuando el puente no termine siendo más importante que las dos orillas. Porque en política estadounidense pocas cosas son gratuitas. Tampoco los elogios. Cuando el jefe de la DEA llama públicamente a un secretario mexicano 'socio de confianza' y 'buen amigo', seguramente no lo hace únicamente para felicitarlo por su bonito traje. El mensaje también tiene destinatarios dentro de México. Y Claudia lo sabe. De ahí su reacción. La presidenta puede confiar plenamente en Harfuch, pero tampoco permitirá que desde Washington comiencen a construirle aureolas presidenciales a ninguno de sus colaboradores. Faltaría mucho para eso. Aunque en política seis años pasan volando. Por lo pronto, la realidad terminó imponiéndose al discurso. México necesita cooperación estadounidense. Y Estados Unidos necesita cooperación mexicana. Ninguno puede combatir solo organizaciones criminales que operan a ambos lados de la frontera. La soberanía no consiste en taparse los ojos. Tampoco en entregar las llaves de la casa. Ahí está precisamente el reto. Cooperar sin subordinarse. Recibir información sin recibir órdenes. Y utilizar a la DEA sin que la DEA termine utilizando políticamente a sus socios mexicanos. AMLO cerró la puerta. Claudia volvió a abrirla. Harfuch tiene la llave. Cuidado. No vaya a ser que alguien más quiera sacar copia.
Harfuch tiene la llave
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