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Nueve inviernos en Quebec

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Continúo examinando la forma en que Quebec resulta central en el diferendo comercial Canadá-Estados Unidos y en la ruptura de sus negociaciones. Todo indica que mucho han pesado las reglas 'profrancesas' de Canadá y más la inaceptable exigencia estadounidense de restringir el derecho canadiense a celebrar nuevos acuerdos. La historia y la fuerza cultural explican el peso de Quebec en el equilibrio que sustenta la identidad de todo Canadá. Ya hubo dos referendos (1980 y 1995) y el segundo determinó que Quebec seguiría siendo parte de Canadá apenas por una diferencia del 1,2 % de los votos emitidos. Quebec es constitucionalmente una provincia de Canadá con un régimen jurídico e institucional distintivo. Cuando Francia cedió Quebec a Gran Bretaña, después del Tratado de París (1763), los ingleses tuvieron el tino de ser pragmáticamente concesivos: la lengua y la religión prevalecerían para mantener apaciguada una mano de obra quebequense. En Montreal perviven los signos de esa división entre grandes propietarios ingleses y una planicie (el Plateau) con viviendas de trabajadores. Quebec ingresó a la Confederación Canadiense en 1867, como una de las cuatro provincias fundadoras, bajo la condición de preservar su derecho civil, compromisos lingüísticos y educativos, la garantía de tres magistrados en la Corte Suprema y competencias particulares en materia de inmigración y relaciones internacionales. La lengua francesa ha sido el pilar de su identidad. Tanto como lo ha sido la preocupación de que no protegerla significaría la extinción de la nación quebequense. Una interpretación histórica equivocada sostiene que Luis XIV tenía una predilección afectiva por la Luisiana y que abandonó Nueva Francia a su suerte. Por el contrario, al rey lo guiaba una visión estratégica agresiva frente al imperio británico. Buscaba consolidar un gran arco de comercio entre regiones importantísimas. Podemos ejemplificar ese arco con la constante navegación que ingresaba por el San Lorenzo, allá al norte, alcanzaba Detroit y los Grandes Lagos, cruzaba canales hacia el alto Mississippi y descendía llanuras hasta Nueva Orleans y el Golfo de México. Es curioso que las dos embestidas del presidente de Estados Unidos para renombrar la geografía por dedazo, el Golfo de México y el Lago Ontario, sean parte de ese importantísimo trayecto comercial allende los Apalaches. Francia perdió la Nueva Francia por la enorme dificultad que tuvo para que sus colonos se establecieran en ese territorio invernal que requería gente muy dura. La Nueva Francia no alcanzaba los 70 000 colonos hacia 1760, cuando las 13 colonias británicas de América habían superado el millón y medio de habitantes. Esta fue también una lección importante para México en la pérdida de Texas y de mucho más territorio. Vivir en Quebec enseña mucho sobre su carácter. Generalmente se piensa en los canadienses como una población que disfruta extensivamente de la ligereza de una buena vida, exenta de problemas. En Quebec el estereotipo tiende a ser diferente: el ingeniero Joseph-Armand Bombardier, que reparaba coches en el pueblito de Valcourt, vio a su hijo Yvon enfermar y finalmente morir en el invierno de 1937 porque la nieve impidió trasladarlo al hospital. Tal tragedia lo motivó a diseñar la motonieve. A partir de ese primer invento desarrolló las bases para los vehículos, trenes y aviones Bombardier que hoy son emblemas quebequenses. En el pueblo de Lévis, allá por 1901, Alphonse Desjardins, preocupado por los abusos de los prestamistas cometidos contra las familias trabajadoras, concibió la cooperativa comunitaria Desjardins. Es curioso también que el primer ministro de todo el Canadá eligiera justamente Lévis para rechazar los aranceles trumpistas. Desjardins es hoy uno de los mayores grupos cooperativos financieros del mundo; democratiza el acceso al ahorro y al crédito. Contribuye a fundamentar el sentido de bienestar en Quebec: acceso al crédito, a sanidad, a educación y a sólidas políticas sociales. Todo ello ejemplifica también una forma de ser que permitió en Quebec su secularización a través de la Revolución Tranquila de los años sesenta. Explica igualmente fenómenos más pedestres: el amor al hockey o la irrefrenable subvención gubernamental a las expresiones culturales más locales. Ejemplifica un sentido de resiliencia que irradia, primero por temor a cualquier detonador del separatismo y luego por ser materia íntima para todo Canadá, esa fuerza que será difícil de vencer en las próximas negociaciones.
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