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Gonzalo León

Tócate los tocones

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Málaga ha descubierto una nueva modalidad de luto. Ya no hace falta que muera una persona. Basta con que talen un árbol. Entonces aparecen el crespón negro, los mensajes de despedida, las concentraciones, los vídeos solemnes y los corrillos de personas cogidas de la mano alrededor del tocón. El pésame ya no se da a la familia. Se escribe directamente sobre la madera. Al ficus de La Paz le han colocado fechas, le han agradecido los servicios prestados y le han dedicado recuerdos sentimentales. Sobre el tronco quedaron evocaciones de su sombra, de los primeros besos vividos bajo sus ramas y del lugar que ocupaba en la historia del barrio. A lo mejor el que ha abrazado al árbol lleva nueve años sin hablarle a su hermana. Pero da igual. ¿Y del árbol quién se ocupa, eh? Solo faltaban la esquela en el periódico o una corona de flores -lo que habría supuesto un giro argumental espectacular-. El repertorio ha sido completo. Pancartas, cánticos, vídeos en las redes sociales y la palabra imprescindible para que ningún majarón se quede sin bautizar cosas. Arboricidio. Ahí lo llevas. Ya no se tala un árbol. Se perpetra un crimen vegetal. La motosierra deja de ser una herramienta y se convierte en un arma homicida. Y el Ayuntamiento, por supuesto, pasa automáticamente a estar dirigido por una banda de leñadores sedientos de savia. El día que vean cómo cortan las alcachofas de la mata verás tú el disgusto. Hay, sin embargo, un pequeño detalle que estropea bastante el relato. El ficus se había partido por la mitad unos días antes. No es una interpretación política ni una conjetura elaborada en algún despacho municipal. Se partió por la mitad. Ocurrió. Durante la noche del domingo anterior. Varias ramas enormes cayeron sobre una plaza peatonal por la que pasan vecinos continuamente y en la que juegan niños. Instantes antes, una mujer había caminado justo por debajo para tirar la basura. Que nadie resultara herido fue una cuestión de suerte. Eso fue el domingo. Para el jueves ya habíamos pasado del susto al asesinato. La memoria política tiene menos autonomía que la batería de un aifon de los de ahora. Cuatro días antes había miedo porque el árbol podía matar a alguien. Cuatro días después había indignación porque el Ayuntamiento había evitado que pudiera hacerlo. Si la rama le hubiera caído encima a aquella mujer, hoy escucharíamos que se conocía el peligro, que nadie actuó a tiempo y que la desidia municipal había vuelto a cobrarse una víctima. Como se ha talado, escuchamos que se ha destruido la memoria colectiva del barrio. La conclusión es sencilla. Haga lo que haga el Ayuntamiento, el culpable siempre será el Ayuntamiento. Lo único que varía es la pancarta. Durante aquellos días, los vecinos estaban alarmados y reclamaban actuaciones. Ahora que se actúa, algunos portavoces públicos descubren que la verdadera amenaza no son las ramas que caen, sino las motosierras que las retiran. Es una capacidad de adaptación admirable. Hay especies políticas que sobreviven a cualquier clima. El Ayuntamiento asegura que el ficus había sido revisado en junio y que entonces no presentaba síntomas aparentes de desprendimiento. Esto, lejos de demostrar una conspiración, confirma algo bastante menos emocionante. En los medios de comunicación, algunos expertos señalaron la posible influencia de las temperaturas extremas, la sequedad del suelo, el debilitamiento de las raíces, la humedad, el peso de las ramas, la fatiga de los ejemplares, las fisuras o los cambios en el viento. Es decir, la ciencia reconoce dudas donde la política tarda exactamente seis segundos en encontrar culpables. Y aquí conviene decir algo que seguramente resulta menos rentable que sumarse al funeral. Al menos yo, tengo una buena percepción del trabajo del Área de Parques y Jardines de Málaga. La ciudad, con sus carencias y sus excepciones, está bastante cuidada en este sentido. No vivimos precisamente en un descampado con semáforos. Hay parques, jardines, zonas verdes y miles de árboles que exigen una atención constante, compleja y casi siempre silenciosa. Tampoco recuerdo que esta área haya estado sometida habitualmente a grandes escándalos o a una crítica ciudadana generalizada por abandono sistemático. Eso no significa que todo se haga siempre bien ni que no deban pedirse explicaciones cuando sucede algo así. Significa simplemente que un accidente no convierte automáticamente en inútiles a todos los técnicos municipales ni demuestra que exista una conspiración en la sombra. Con Málaga ha presentado 26 preguntas sobre el ficus. Veintiséis. Preguntar por los informes, las podas, los riegos, las inspecciones y las alternativas estudiadas es perfectamente legítimo. Para eso está la oposición. También es razonable conocer por qué se decidió retirar completamente el ejemplar y si existía alguna posibilidad segura de conservar una parte. Pero una cosa es exigir explicaciones y otra acudir a buscarlas con la sentencia escrita de antemano. Si en junio el árbol parecía sano y después se partió, habrá que estudiar qué ocurrió. Lo que no parece demasiado sensato es deducir automáticamente que cualquier accidente prueba el abandono y que cualquier actuación posterior constituye un arboricidio. Una oposición seria analiza los informes, escucha a los técnicos y propone mejoras. Una oposición de cuentacuentos reparte papeles en una representación cuyo villano ya viene impreso desde casa. Naturalmente que perder un árbol adulto es una mala noticia. Su sombra no se sustituye en dos tardes ni se recuperan décadas de crecimiento plantando un palito sujeto con tres cuerdas. El Ayuntamiento debe explicar con claridad la decisión, facilitar los informes técnicos y reemplazar el ejemplar con la mayor ambición posible. Todo eso es compatible con aceptar una evidencia elemental. La seguridad de las personas está por encima de la conservación de un árbol que acaba de rajarse por la mitad. Y hay otra contradicción demasiado llamativa como para ignorarla. En el mismo espacio ideológico que convierte la tala de un ficus fracturado en un asesinato se presenta con frecuencia el aborto como una conquista de la libertad. Para el árbol hay biografía, fechas, pésames, vídeos y memoria. Para la vida humana que se desarrolla en el vientre materno se reserva un vocabulario aséptico que permita hacerla desaparecer del debate. El ficus merece un duelo. El no nacido, apenas un eufemismo. ¿Nos estamos volviendo chalaos? Se puede defender el aborto, aunque a mí me parezca un error moral gravísimo. Lo que resulta difícil es sostener después, sin que se escape la risa o la vergüenza, que retirar por seguridad un árbol partido constituye una injusticia intolerable. No parece una escala de valores demasiado coherente. Más bien una ruleta sentimental en la que la indignación depende de quién empuñe la motosierra y de qué pancarta convenga electoralmente esa semana. Málaga necesita árboles, sombra y una política rigurosa de mantenimiento. También necesita una oposición competente, capaz de fiscalizar actuaciones, estudiar informes y formular alternativas solventes. Lo que no necesita son funerales impostados, dramatizaciones de instituto y dirigentes entreteniendo a criaturas alrededor de un tocón. Que planten pronto otro árbol en La Paz. Y, ya puestos, que planten también un poco de sentido común. Crece despacio, da mucha sombra y últimamente escasea bastante más que los ficus.
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