Opinión | Dramatis Personae
Armando Álvarez
Humo y cenizas saliendo del volcán Eyjafjallajokull en 2010 / FDV
Lerdo, me llamó una vez un tal Eyjafjallajökull en X, que sigue siendo Twitter. Un señor barcelonés, según su ubicación, al que le había parecido mal una opinión futbolística mía. Comprendo su elección de un volcán islandés como pseudónimo. «Estoy aquí solo para ver cómo se acaba el mundo (y tuitear al respecto)», sigue describiéndose. Somos niños jugando a ser dioses implacables con una sábana por capa.
Los chavales ya no se llaman lerdos entre sí. Ni siquiera los académicos de la RAE. Está en vías de extinción. He elegido este, entre todos los insultos que me han dedicado en alguna ocasión, por su mérito ecologista. No quiero presumir. Tampoco han sido demasiados. Intervengo poco y en general encuentro respeto en la discrepancia. No es lo que se estila, sin embargo.
La grosería es una inflamación de la impiedad. Juzgamos y sentenciamos al prójimo en escasos segundos e incluso menos caracteres. La tecnología impulsa en gran medida este extremismo. Simplifica el discurso. Fomenta una inmediatez drogadicta. Nos encierra en la geoda de nuestras certezas.
Estamos perdiendo la capacidad de concebir al ser de carne y hueso que habita al otro lado de la pantalla. Ya hasta los conciertos se presencian más a través del móvil que en la mirada desnuda. Todo se maneja desde la brutalidad emocional que esa intermediación o lejanía alientan. Nadie conoce a nadie, en fin, ni desea conocerlo. Preferimos relacionarnos con sombras informes, apenas direcciones de IP, a las que abofeteamos fácilmente. Nos hemos transformado en bots discutiendo con bots.
Cualquier rehén sabe que ha de repetir su nombre en voz alta para enternecer a su captor. Le oí contar a un actor la anécdota del profesor de un curso de crítica cinematográfica que encomendó a sus alumnos que elaborasen una reseña sobre Kiki, el amor se hace. Todos destrozaron la película en la competencia de resultar ingeniosos. Cuando concluyeron, el profesor hizo pasar a la sala a Paco León, el director, y pidió que le repitiesen a la cara lo que habían consignado por escrito. Ninguno se atrevió. «Nunca publiquéis una crítica que no seáis capaces de leerle al criticado», los amonestó. George R.R. Martin habría establecido: «El hombre que dicta la sentencia debe blandir la espada».
No me he indignado con Eyjafjallajökull. Pienso en cómo sería si pudiésemos compartir un café. Le contaría cómo, 35 años después, me sigue enamorando la curva que los hombros de mi mujer dibujan junto a su cuello. Que mi hija pequeña me hace reír a la vez que me enfada y que la mayor parece un cervatillo asustado cuando se despierta. Le hablaría de esas mañanas perfectas de baloncesto y cerveza bajo el sol de Samil. De las tertulias vespertinas con los amigos, a gritos y abrazos. De lo mucho que sufro y disfruto en el parto de cada línea. Enumeraría mis fragilidades y mis dudas; mis convicciones y mis bondades. Todo aquello, en suma, que me conforma como humano.
Antes pensaba que esa vecindad debía bastar para atenuar tanta severidad. No sé. Proliferan en las calles y en las urnas la crueldad que hemos sembrado en las redes. Estamos blandiendo la espada de nuestras sentencias. Y pese a todo, todavía me levanto algunos días creyendo que es posible hacer el amor para entregarlo. Así de lerdo soy.
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