En la prehistoria fue el Mundial de Fútbol. A por ellos. Y España ganó. Y entonces todos pensamos que todo sería así.
Pero en lo que va de verano han muerto más de 5.000 personas de calor. Y podríamos añadir unos cuantos ahogados y varios Premios Darwin a suicidas festivos por lanzarse por acantilados. De los, al menos, 250 emigrantes muertos, no merece la pena hablar ahora, estropeando lo que queda de veraneo. Los emigrantes son como turistas, pero equivocados, así que no pueden estar en el mismo rango, no se lo merecen, que ni pagan la tasa turística. Tampoco son deportistas de élite. Bueno, alguno sí, pero de otra manera, con el escudo en el corazón y eso. Antes se hacía el agosto. Antes, paradigmáticamente, la gente se moría de frío, allá en cavernas y chozas. Ahora se muere de calor. El calor dilata los cuerpos, pero contrae el tiempo. Cuando hace calor sólo se habla de calor. En castellano el termino «tiempo», desafortunadamente, remite tanto a relojes como a termómetros, y se ve que se han mezclado los usos y sus costumbres.
Ahora en verano todo pasa casi a la vez. Y algo tendrá que ver con la decadencia de principios como la humanidad y la mayor tolerancia a la crueldad. No los nombro aquí como valores morales abstractos sino como principios políticos fundamentales: sin su percepción se nos cae encima todo el edificio de la Ilustración y la democracia. Pero cuando hay discursos principales en que tales ideas se han escapado, aterrorizadas, de las lenguas de algunos jefes, es que la democracia está en peligro. Así, en algún discurso esta semana en el Congreso. Escuché algunos de ellos y no sentí tanto miedo de lo que allí se decía desde un 23-F. Pensé que si alguno de los salvadores que por ellos triscaron llegaban al poder usarían en mismo tono y estilo para justificar la necesidad de campos de internamiento, deportaciones masivas, interrogatorios reforzados. Y que es sus más íntimos sueños llegarían escoltados por un escuadrón de la Guardia Mora.
Como símbolo, el verano empezó con el regreso de los héroes: «Odisea» se dice este verano. La Odisea significa el tránsito de lo hípico a lo épico. Ulises es la inteligencia occidental, la perseverancia, el pensamiento estratégico. Bien está, pero que no se nos olvide que salió de las tripas de un caballo. Derrochó mortandades y sucumbió a encantamientos. El héroe perdió en la gesta a todos sus compañeros. La ley de Zeus, dicen en la película una y otra vez. Es como la ley de Trump y algunos más. En virtuoso concurso, Netanyahu o Putin, Millei y Bukele, reclaman sus cuotas de pavor y triunfo. Feijoo quiere ser su amigo. Mucho. He leído que alguien habla de un «Weimar global». Todavía me resisto al pesimismo absoluto. Pero estamos rodeados de lotófagos alucinados, de cíclopes que se manifiestan con banderas como amenazas. Las banderas en exceso acaban por devorar a niños crudos tanto como a marinos recios, o más.
El tiempo se desboca. Igual que hay que meter en menos de tres horas a una década de viajes y malos rollos, así andamos, o navegamos, sin poder ordenar adecuadamente sucesos, premoniciones y tristezas. No debe extrañarnos el triunfo del eclipse total, y cuanto más total mejor. Fue, al fin, el triunfo de la puntualidad sobre la tierra plana. Todos fuimos como relojes de sol al caer la tarde. Aunque, curiosamente, con una cierta ansiedad por «si de verdad» se cumplían las previsiones astronómicas. Podíamos mirar al sol bajo las prescripciones de las autoridades sanitarias y turísticas. Algún negacionista sufrirá ciertos trastornos en sus miradas, pero es algo que a la sociedad no debe preocuparle, que no están las cosas para que sobreabunden los Homeros. Todos los días debería haber un eclipse, por lo menos. Para unirnos. Pero sería aburrido. La unidad es aburrida.
Así que, ladrones como salvadores del tiempo perdido, se nos llevan el Tesoro de Villena. Nos roban hasta el tiempo. Deberían nombrar a Mazón comisario para la recuperación. Él sabe de alertas y no alertas y, total, tampoco tiene nada mejor que hacer.
En eso llegó Ceuta para redimirnos del aburrimiento, entendido como lo previsible. Lo mismo lo de Ceuta era previsible. Cada día me inclino más a ir dejando la definición de algunos asuntos en manos de historiadores, porque nos hemos enzarzado en una polémica manipulada y sin final posible sobre informes, informadores e informantes. No seré tan ingenuo de recordar que, en el fondo, en el fondo, está el hambre, la muerte. ¿Para qué? Quienes lo saben ya lo saben y a los otros les da lo mismo. ¿O acaso vamos a poner chabolas con estrellas Michelín para estos desgraciados, tan molestos? Que ya sé yo que el Gobierno ha ido como una peonza, malamente Y que la vida en Ceuta se debe haber convertido en un Calvario -¡España cristiana y no musulmana!, fíjate tú, qué cosas-. Y está muy bien que si la Federación de Municipios y Provincias quiere manifestarse en solidaridad con Ceuta lo haga, que parecía otra cosa, pero no, era pura solidaridad. Y lo mismo las arrebatadas opiniones de presidentes autonómicos. Lo que no tengo claro es cuántos municipios, provincias y comunidades se han ofrecido a acoger siquiera sea a niños para liberar a Ceuta de la presión. A Dios -al de verdad: a Zeus- rogando y con la bandera franquista dando.
En realidad, cuando decimos -yo lo he dicho- que lo de Ceuta no tiene solución o la tiene muy difícil, lo que queremos decir es que no tiene solución inmediata. Pero es que, en nuestro mundo de irrealidades comprimidas, lo que no es inmediato no existe, se desvanece por falta de sentido. Diez años de guerra en Troya y fíjese usted cómo se puso el bruto de Aquiles. Y aquí, las cosas como son, no damos para tantos héroes ni con Margarita Robles al mando. El poder Judicial ya va entrando en la partida. ¡Aleluya! ¡De Él, Zeus togado, sea el poder y la gloria!
La solución sí existe: es la guerra. España se merece cada siglo una Guerra de África. Si no, no tendríamos cancioncillas patrióticas de cabaret, novios necrófagos, ni adecuados fundamentos y entrenamiento para ulteriores guerras civiles. Es lo que antes se llamaba «bajarse al moro» y ahora debería consistir en bajar las fronteras hasta Mauritania, Gambia o qué sé yo. Se trata de vengar el Gurugú, Annual y el Lobo y completar la labor de Alhucemas y Perejil, repoblando los campos y pedregales de monumentos a Miguel Primo de Rivera, Millán Astray y al pobre general Silvestre perdido en el fragor de la matanza.
Creo que la derecha estará de acuerdo con esta hazaña bélica, pues se inscribe en las entretelas de su corazón cristiano, español y suavemente racista -¡y que no se alisten maricones, por Zeus; y mujeres, si acaso, de cantineras!-. Y buena parte de las izquierdas también, que odian a Marruecos como poco democrático -no como Cuba, Venezuela, etc.,- y enemigo del Frente Polisario, al que siempre se pide que dé caña, según el viejo principio de que alguien tiene que poner los muertos para que nosotros pongamos la solidaridad. Una vez ganada la guerra lo de la final del próximo Mundial estaría arreglado. No sé qué haríamos con el Sahara occidental, pero eso son minucias sobre las que ya se pelearán las izquierdas a su debido tiempo.
El plan, lo reconozco, tiene un pequeño problema. Que dado lo veleidosos que son los dioses y el apoyo de EE. UU. e Israel, por lo menos, lo mismo perdíamos la guerra y el reino alauita reconquista, qué se yo, Málaga o Granada, aunque preserve la soberanía británica de Gibraltar. ¿Se imagina usted el desastre en términos turísticos, aparte de perder la Copa de la Fifa? Yo creo que no merece la pena ir a la guerra. Pero después de escuchar a Feijóo casi tengo dudas. Al fin y al cabo, los leones de las Cortes, obra de Ponciano Ponzano, están hechos con bronce de los cañones arrebatados a la morisma en la primera Guerra de África; aunque, quiere la leyenda, no dio para que a uno le pusieran testículos. Esto lo digo como curiosidad histórica, sin mayor pretensión notable ni ambición de eclipsar a los héroes tonantes de nuestro verano. Por si acaso, eso sí, convendría ser pacientes y armarse de aliados. Y mirárselos bien, no sea que tengan la barriga llena de soldaditos híbridos dispuestos, para empezar, a ayudar al PP y Vox en las urnas.
Porque, mientras, Islandia le ha dicho a Úrsula von del Layen: «Chao pescao». Y así todo.
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