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Cada mañana, miles de dominicanos salen de sus hogares con una preocupación que se ha convertido casi en rutina: cuánto tiempo perderán en el tránsito. El Gran Santo Domingo ha crecido, se ha modernizado y ha multiplicado sus actividades económicas, pero también ha visto crecer aceleradamente la cantidad de vehículos que circulan por sus calles.
Las cifras invitan a reflexionar. Al cierre de 2025, la República Dominicana registraba 6,640,871 vehículos, según la Dirección General de Impuestos Internos. Solo durante ese año ingresaron al parque vehicular 446,819 nuevas unidades. Además, el Distrito Nacional concentra el 39.2 % de los automóviles registrados y la provincia Santo Domingo otro 23.6 %.
No podemos continuar pensando que la solución consiste únicamente en construir más espacios para que circulen más vehículos. Necesitamos comenzar a preguntarnos algo diferente: ¿cómo construimos ciudades donde las personas puedan vivir mejor?
Una ciudad moderna necesita avenidas, elevados y túneles, pero también aceras transitables, árboles, parques, cruces seguros, ciclovías donde sean viables, transporte colectivo eficiente y espacios públicos que permitan caminar sin miedo.
La realidad nos recuerda que todavía tenemos mucho por hacer. Medios nacionales han documentado vehículos ocupando aceras y hasta negocios utilizando espacios destinados al peatón, obligando en ocasiones a las personas a caminar por la vía pública.
Sin embargo, también existen señales positivas. La ampliación de la Línea 1 del Metro de Santo Domingo permitió elevar su capacidad hasta 17,000 pasajeros por hora, demostrando que cuando invertimos en transporte colectivo eficiente podemos movilizar muchas más personas utilizando menos espacio urbano.
El futuro tiene que ser una combinación inteligente.
Más Metro y transporte público conectado. Más rutas organizadas. Más estacionamientos adecuados. Aceras libres. Semáforos inteligentes. Mayor disciplina vial. Horarios escalonados para determinadas actividades. Tecnología aplicada al tránsito y una planificación urbana donde vivienda, trabajo, educación y servicios estén mejor conectados.
Incluso iniciativas recientes de organización vial han demostrado que pequeñas decisiones pueden producir mejoras cuando existe autoridad, planificación y colaboración ciudadana.
El Gran Santo Domingo no puede convertirse simplemente en un enorme estacionamiento donde cada año agregamos miles de vehículos y luego buscamos desesperadamente dónde colocarlos.
Debemos aspirar a algo mucho mayor: una ciudad donde desplazarse no sea una batalla diaria y donde recuperar tiempo para la familia, el trabajo y la vida sea también una política pública.
Las grandes ciudades del futuro no serán aquellas donde haya más automóviles.
Serán aquellas donde las personas puedan vivir mejor.
Y nosotros todavía estamos a tiempo de construirlas.
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