Fueron cuatro días de desvelo para terminar el libro de Anabel Hernández, titulado 'Narcocracia'. En sus 495 páginas, la periodista retoma los apuntes de la memoria de Sergio Villareal Barragán, el Grande, narcotraficante que tuvo la suerte de salir con vida de su asociación con Arturo Beltrán Leyva, uno de los miembros más audaces y sanguinarios de la 'federación' de cárteles de Sinaloa.
Hay libros que, tras su lectura, nos mantienen en desasosiego por la densidad de su contenido. Anabel Hernández, quien en la primera década del siglo investigó a Genaro García Luna, sigue atenta a todo lo que sucede en el mundo que llama 'narcosistema'.
Recién llegado al poder, Felipe Calderón estableció una meta ambiciosa: reducir la presencia de los cárteles que azotaban al país. Fue el gobernador Lázaro Cárdenas Batel, de Michoacán, quien solicitó una intervención directa de la Federación en su estado. Nombró a García Luna como secretario de Seguridad, quien sería el ejecutor de la estrategia. En ese entonces Anabel Hernández descubrió la riqueza inexplicable del secretario. Lo denunció, por lo cual Andrés Manuel López Obrador la reconocía como una periodista valiente y honesta.
Todo cambió cuando Anabel comenzó a darse cuenta de las irregularidades dentro de la 4T. A García Luna lo condenaron a prisión hasta el 2057; al Grande lo sentenciaron a 10 años de prisión porque colaboró con el Departamento de Justicia de Estados Unidos al explicar cómo funcionaba la asociación narco-política en México. Anabel lo buscó después de obtener la libertad para que contara su historia, una que había escrito en apuntes y que la periodista complementó con entrevistas al Grande durante semanas.
La narración es espeluznante porque incluye cientos de detalles precisos sobre las glorias y miserias de Arturo Beltrán, quien falleció abatido por elementos de la Marina en diciembre de 2009. El recorrido temporal del libro abarca desde el gobierno de Vicente Fox hasta el presente. El Grande hace acusaciones tremendas sobre la cooptación de funcionarios de primer nivel mediante entregas de millones de dólares por parte de la federación de narcos sinaloenses. Cuesta trabajo creer que el poder de Beltrán, El Mayo, El Chapo, Nacho Coronel y otros les diera la capacidad de realizar sus 'negocios' sin que nadie los molestara. Pudieron trasladar cientos de toneladas de cocaína, mariguana y metanfetaminas a los mercados estadounidenses y mexicanos.
El Grande comenzó su carrera delictiva con Amado Carrillo, 'El Señor de los Cielos', quien operaba una flota de aviones turbohélice que transportaban toneladas de cocaína desde Colombia. Lo mismo hacía Beltrán Leyva a través de embarcaciones por el Pacífico, hasta que el fentanilo abrió la posibilidad de obtener más dinero cocinando la droga en laboratorios locales.
Al final de la lectura queda cierta sensación de vacío, como si se hubiera visitado el infierno en vida por la complicidad entre narcotraficantes y funcionarios públicos de todos los niveles. La lectura es dura pero indispensable si queremos comprender el sufrimiento de millones de mexicanos tocados por el crimen organizado. Podemos ver que los millones de dólares entregados para sobornar a las autoridades llevan la sangre y el dolor de cientos de miles de familias.
El libro hay que leerlo con criterio, porque no todo lo que dice un narco del calibre del Grande tiene que ser cierto, y porque hay acusaciones sumarias contra actores políticos en activo. Sin embargo, la mayor parte de los hechos narrados son creíbles. El trabajo de Anabel debe, sin duda alguna, suscitar un gran debate nacional.
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