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Nicolás Redondo Terreros

Los niños son el demonio

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Tuve una abuela (la madre de mi mamá) a la que sus nietos, siendo pequeños —el tema se cerró al ser adolescentes—, juzgábamos que tenía mal genio. Nos quería, pero llevaba mal la lata que podíamos dar. Vivía en un chalet antiguo con jardín y gran patio trasero con árboles en Chamartín. Mi prima y yo especialmente jugábamos allá muchas veces y corríamos o chillábamos o saltábamos, cosas habituales a niños en patio y ámbito familiar; a veces entrábamos en la casa, por la puerta trasera en similar actitud, y si se cruzaba con nosotros, mi abuela nos miraba con severidad y, mientras se alejaba, decía: —No se me ha olvidado— «¡Demonio de niños!». Cuando fuimos adolescentes y nos llevábamos muy bien con ella —era una mujer culta—, lo entendimos. Aunque éramos niños de otro tiempo (hablo de mediados de los años sesenta), podíamos dar la lata normal que los niños producen, que hay quien lleva bien —a los padres no les queda otro remedio—, pero que hay a quienes no les gusta nada, yo entre ellos. Sí, es natural que el niño llore o chille o berree, hable a gritos y salte o juegue con todo lo que se le ponga por delante. Es natural, pero tiene que ser dulcemente reprimido y esa es la base de la educación. Recuerdo al autor marxista alemán Herbert Marcuse (que tanto leí en la universidad; Eros y civilización se vendía allá por todas partes) cuando habla de la «represión básica» como elemento fundamental de la educación. Sin ese control sobre los instintos, seríamos salvajes, no podría existir la vida en comunidad, y los niños son fierecillas llenas de inocencia y brutalidad (combinación explosiva) que es lo que la familia y los educadores deben guiar, moderar y, como digo, reprimir en lo que puede tener de agresivo o incómodo, hablo en general, para los demás. A mí, como niño, me educaron con ese cuidado, pero hoy —salvas sean las excepciones— se supone que el niño «tiene derecho a ser niño» y casi se le da carta blanca. Claro que tiene derecho a ser niño, pero educado mejor para todos y para él mismo. El niño (o niña) debe serlo, pero en absoluto hacer lo que se le venga en gana, porque un niño mal educado puede convertirse en un adolescente o un joven salvaje. Y ejemplos sobran. No hace mucho —principios de agosto— un amigo tomaba el aperitivo en una terraza, cerca de dos mujeres, madre y abuela, y un niño de unos cinco años. En un momento dado (seguramente el niño se aburría, no estaba en un entorno ideal para él), el infante se levantó de la silla y comenzó a recorrer la terraza, no muy llena, moviendo sillas, arrastrándolas, dando voces y hasta intentando subirse en alguna para alcanzar los chorritos de vapor de agua que salían de la parte alta de la gran sombrilla. Solamente cuando una de las sillas cayó al suelo y el niño seguía su razzia guerrera, la abuela (no la madre joven) lo miró y le dijo que tuviese cuidado; como eso no sirvió de nada y el chiquito aumentaba su euforia, mi amigo se volvió a las mujeres y les dijo que tuvieran cuidado del niño. La abuela mantuvo silencio, pero la escotada mamá se levantó y llamó al niño, aunque se encaró con mi amigo —72 años—, al que tachó de viejo y de que no entendía la «vida». No contenta con ello, remató: «Si a usted le molesta un niño, es que no sabe vivir y lo mejor que puede hacer es quedarse en su casa». Mi amigo la culpó de la educación del niño y en su pensamiento —volvió la quietud— cercioró que no hay niños maleducados sin papás maleducados. Pero es lo cierto que el número de niños díscolos e incordios ha crecido mucho y es mucha la gente que, discretamente, se aparta de ellos. Bebés o niños muy pequeños que se desgañitan en un restaurante sin que los papás, con el abundante carrito, hagan nada. ¿No existen ya los delicados chupetes? ¿Se debe llevar a niños muy pequeños a lugares que aspiran al sosiego? ¿No existe derecho a la tranquilidad, en unas vacaciones, por ejemplo? Hace años, por primera vez y sin pretenderlo de antemano, llegué con un amigo colombiano a un hotel al norte —Corralejos— de la soleada y silvestre Fuerteventura. El lugar, muy confortable, era tranquilísimo, y pronto nos dimos cuenta de que no había niños pequeños. Me percaté entonces de que, en la entrada, un cartelito decía: «+16». Es decir, se trataba de un hotel para mayores de 16 años. Después lo he buscado (aunque no suelen ser hoteles baratos) y he estado en bastantes hoteles «Solo Adultos. Adults Only». He oído opiniones contrarias a este estilo de hoteles, cada vez, sin embargo, más frecuentados. Evidentemente, no hay nada contra los niños, sino más bien contra padres sin educación y sin respeto al próximo. No es agradable si te estás bañando, supongamos, que una pelota te dé en la cabeza, porque unos niños sin control están jugando un metro más allá. No es, insisto, culpa de los pequeños, como de padres que se desentienden y que juzgan muy normal que un niño moleste. El fenómeno, en crecida, de hoteles o restaurantes «para adultos solo» es un indicio, otro, de una sociedad mal educada, donde se falta sin pudor al respeto del vecino. Es una lástima que no se entienda, pero obviamente la tranquilidad y el sosiego son deseables, se buscan y hoy —tristemente— hasta se pagan.
Los niños son el demonio
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