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Juan Cruz Ruiz

Andrea Abreu: mucho más que un libro

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Andrea Abreu, que ahora tiene 31 años y nació en Icod de los Vinos, ha escrito Pajaritos preñados, que es mucho más que un libro. Lo ha publicado la editorial Anagrama, aparecerá en América y en España y será, seguramente, un libro de enorme repercusión en el ámbito de la literatura y en las distintas naturalezas del asombro. Ojalá. Un libro rabiosamente canario que será lectura asombrada de los que ya lo deben estar leyendo en parajes inesperados. Y aquí también, sobre todo. Pajaritos preñados nace para hacer historia. Antes de este libro Andrea Abreu publicó otros, entre ellos Panza de burro, que renacerá ahora en Argentina, publicado asimismo por Anagrama. Serán como un conjunto que contará, a la vez, cómo es este país raro en el que los canarios nos hemos criado y, además, en el universo del que no nos podemos despegar: la madre, el padre, la acechanza, el dolor, el amor y el amor roto. Nada ocurre aquí que no haya sucedido, o que no parezca que ha sucedido, en el territorio extraño en el que se ha movido siempre el país en el que nacimos y al que todavía no nos hemos acostumbrado. Este es un gran mérito literario: arrancar de la historia y de la memoria un libro que es mucho más que un territorio. Es «un estrallido del alma rompiéndose de amar», como si hubiera sido recogido por alguien que padeció lo que aquí se cuenta desde el dolor o desde la rabia. Pajaritos preñados está aquí como «aquellos ojos encuevados, aquellos ojos negros enterrados en lo negro». Escalofrío, literatura. El mundo en el que navega Andrea Abreu como si estuviera escuchando más de 500 páginas de asombro propio. No sobra nada. Es un desafío literario cuyo resumen podría ser una ruptura con lo que es una obra hecha como «aceite y vinagre y gofio», como una fiesta y, casi siempre, como un dolor. Entre los párrafos que me acompañaron a leer sentí algunos estallidos que me pusieron a pensar y a subrayar, como si algo viniera del libro que me llevó a sentir el aire del barranco del que vengo. Como si este mundo que atrae Andrea Abreu lo hubiera escrito en el norte y en el sur de la isla —esta vez, la isla de Tenerife— y de allí viniera de pronto la raíz del territorio en el que ella se inspira. Como si me diera miedo, de pronto, que todo lo que cuenta estuviera a punto de ser ruin de nuevo. «Tenía la mirada distinta, Engracia, como si no supiera que Cathaya era la hija, que aquel diablo de mujer no podía ser la madre». Andrea Abreu nos ha dado más que un libro. Esta es una conversación rabiosamente canaria con los padres que tuvimos, y es además una obra de arte para quienes quieran tener cerca lo que ella cultivó, esta vez también, como una puerta a lo que hemos vivido en las casas y en los sueños. Es poesía y asombro; lo que escribe nace de veras, rompiéndose como si estuviera a punto de nacer de un parto o de la rabia. Minuciosamente, Andrea Abreu ha reescrito lo que pudiera haber oído en los mundos de su infancia. Y seguramente ha escrito también lo que ha seguido pasando en los años que ha tenido. Tengo la sensación de que escribió para nosotros, los que fuimos parecidos a los que ella cita y que no supimos contar o no llegamos a entender, y también para los que, no siendo canarios, leerán Pajaritos preñados como si recogieran, otra vez, lo mejor de Juan Rulfo o Fernando Vallejo. Siendo un libro de aquí mismo, de estos barrancos, es también un libro de todas las latitudes. El mundo canario está aquí con todos sus reflejos. Ella ha sido minuciosa; guardó para eso una impresionante memoria que incluye todo tipo de referencias en las que el amor, o el desamor, y la tristeza, o los pajaritos preñados, son esencia de su pasión de hacer literatura con lo que de otra manera sería solo crónica de los tiempos que se desvanecen. De arriba abajo, Andrea Abreu explica la vida sin fin de ese lugar del mundo, su pueblo, el pueblo de muchos de nosotros, como si estuviera explicándole el pasado a los que vivieron el dolor de la pobreza de las casas y de los sitios, en los peores tiempos de la tierra en la que nacieron nuestros padres y también sus hijos. Ahí estamos todos. En este libro estamos de una manera u otra: niños o mayores, hijos o hijastros, tristes o asustados, hambrientos y también golfiantes, ruinitos y simplemente malos, malas personas o despistados de los barrios, apareciendo y desapareciendo de una vida triste que ocurría en los barrancos y en las veredas y en el ruido de las casas y en las fogueterías. Viviendo todos en los altos de los barrios, escondidos en las plataneras, viendo cómo nuestras madres y nuestros padres se acuciaban para buscar en el conduto más que una comida. También una palabra. Es un libro fuera de serie, es decir, más que un libro, porque atrae, nada más empezar la lectura, no solo al que quisiera sentirlo como literatura —que lo es, en grado sumo— sino porque tiene que ver con el mundo que, de una manera u otra, cualquiera de los contemporáneos sentimos como esencia de nuestras vidas. Más que un libro, claro, pero sobre todo también un libro inolvidable. Era el tiempo en que íbamos y veníamos de los barrancos, buscando chatarra para aliviar en las casas la nada que era el conduto, cuando lo había, de lo que hubiera para comer y que nos procuraran nuestros padres. La pobreza no era tan solo una palabra: era una costumbre que siempre se resolvía, cuando había imaginación, con la buena voluntad de las madres. Pasaban por nuestras casas los menesterosos que nos llevaban viandas que quedaron de las fiestas ajenas. Algunos íbamos a la escuela, porque entonces ya había, pero muchos de los chicos y de las chicas tuvieron que arreglarse, tanto tiempo, con lo único que había y que mi madre llamaba tajadas de aire. Las madres eran, en los casos de muchos de mis compañeros de barranco, las que nos explicaban de dónde venía lo que teníamos, y eran las que nos traían el pescado, los que les daban conversación a las madres que gracias a esos encuentros hacían de la conversación el entretenimiento de los días. También había, en aquellos tiempos, abundancia de curas, que en el caso de la joven autora de este libro están completamente diluidos hasta desaparecer del todo. Todo el libro cuenta, de una manera u otra, los momentos que nosotros, los que nacimos en ese norte isleño, pero también aquellos que crecieron en otros parajes, sufrimos o vivimos cuando la miseria solo se podía escribir con el silencio o desde la rabia. Leer Pajaritos preñados es acercar al mundo del que venimos, del que viene esta escritora fuera de serie a la que habría que leer cantando.
Andrea Abreu: mucho  más que un libro
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