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Columna del Embajador Paulo Pacheco: Un nuevo Brasil visto desde Chile

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Al preparar mi partida de Chile, después de seis años viviendo en Santiago, me doy cuenta de que conservaré de este país no solamente grandes memorias, sino que también una sucesión de paisajes. Lo recorrí desde Atacama hasta la Patagonia, desde Rapa Nui hasta la cordillera, atravesando desiertos, valles y montañas. Mi descubrimiento de Chile, de hecho, había comenzado antes de mi llegada, cuando Romance Policial, de Jorge Durán, me reveló en la pantalla el extraordinario paisaje de Atacama que años después tendría la oportunidad de recorrer. No soy, desde luego, el primer brasileño que se deja impresionar por esta geografía. En el siglo XIX, Sousândrade, aquel extraordinario poeta viajero brasileño, hizo de Chile una estación de su recorrido americano y llevó sus impresiones a 'El Guesa'. Más de un siglo después, recorrer este país sigue siendo, para un brasileño, una invitación a mirar el continente desde otra perspectiva. Hay algo familiar en ese gesto de atravesar el continente e intentar comprender Chile a través de su paisaje. Para un brasileño acostumbrado a otros horizontes, viajar por este país es también aprender nuevamente a mirar su propio país. Hay algo curioso en representar al propio país en el exterior: la distancia, en lugar de alejarlo, comienza a revelarlo. Llegué a Chile con una idea de Brasil y otra del país que me recibía. Me voy con ambas ideas transformadas. Quizás por eso, al celebrar aquí, por última vez como embajador en Chile, la fecha nacional de Brasil, pienso menos en los balances que suelen acompañar el final de una misión diplomática y más en lo que fui encontrando en el camino. Uno de mis principales aprendizajes fue comprobar hasta qué punto la relación entre Brasil y Chile es potente. Durante mi misión conviví con tres presidentes chilenos y presencié, entre Brasilia y Santiago, prácticamente todas las combinaciones políticas posibles. Cambiaron presidentes, ministros y prioridades. La relación bilateral, sin embargo, siguió fortaleciéndose y ampliando sus espacios de cooperación. Después de observar más de un ciclo político, esa continuidad me parece una de las mejores expresiones de la madurez de nuestro vínculo: una relación que se sostiene tanto en las decisiones de los gobiernos como en la cooperación cotidiana que une a brasileños y chilenos a lo largo de todo el territorio, desde la cultura hasta el comercio, desde Atacama hasta la Antártica. En el extremo sur encontré una imagen especialmente hermosa de esa cercanía. La presencia brasileña en la Antártica cuenta con la cooperación chilena y tiene como razón de ser, ante todo, la ciencia. Allí, brasileños y chilenos buscan comprender fenómenos que no conocen fronteras y afectan al planeta entero. Me gusta pensar en dos países sudamericanos llegando juntos al extremo del continente no para disputar espacios, sino para producir conocimiento. Ese espíritu se prolonga en los vínculos entre nuestras universidades, laboratorios e investigadores. Algo semejante pude comprobar en la relación entre nuestras Fuerzas Armadas. A lo largo de estos años recorrí astilleros, cuarteles y bases aéreas, donde encontré las huellas de una cooperación antigua, discreta y confiable, construida durante décadas de formación, intercambios, ejercicios conjuntos y convivencia profesional. Vi allí una relación asentada en el conocimiento mutuo y en una confianza cultivada a lo largo del tiempo. Esa continuidad silenciosa es, quizás, la mejor medida de su solidez. La cultura fue una forma muy especial de descubrir las afinidades entre Brasil y Chile. Como cinéfilo, acompañé con especial entusiasmo el creciente diálogo entre nuestras cinematografías y encontré en las películas de Pablo Larraín esa extraordinaria capacidad de hacer que la geografía chilena deje de ser escenario y adquiera casi la condición de personaje, algo que también me fascinó en la obra de Patricio Guzmán, donde el paisaje se convierte en memoria y reflexión sobre Chile. Pero el intercambio cultural va mucho más allá de las pantallas: música, literatura, artes visuales, arquitectura y patrimonio multiplican los espacios de encuentro y revelan sensibilidades que muchas veces reconocemos como propias al otro lado de la cordillera. La lengua fue, naturalmente, otra dimensión de ese acercamiento cultural. Por eso atribuyo especial significado a la revitalización del Instituto Guimarães Rosa en Santiago y a la ampliación de la enseñanza del portugués en Chile. El acuerdo con la Academia Diplomática de Chile 'Andrés Bello' para ofrecer clases de portugués trasciende el aula, pues aprender una lengua es también acceder a la literatura, la prensa, el debate público y las múltiples maneras en que una sociedad piensa sobre sí misma. Pero viajar por Chile también me permitió descubrir afinidades aún más novedosas. Durante una visita a Rapa Nui, comprendí que los pueblos originarios ofrecen un territorio de encuentro entre Brasil y Chile que apenas hemos comenzado a explorar. Una agenda donde patrimonio, territorio, memoria e identidad permanecen profundamente entrelazados. La experiencia me hizo pensar en cuánto Brasil y Chile tienen todavía por conversar sobre nuestra relación con los pueblos que habitaban estos territorios antes de la formación de nuestros Estados. También encontré a Brasil en muchos de mis recorridos por Chile. En los valles vitivinícolas visité viñedos cuya producción tiene en Brasil su principal mercado externo; al subir a las estaciones de esquí, me encontré con numerosos contingentes de compatriotas; y en San Pedro de Atacama se bromeaba con llamarlo 'São Paulo de Atacama', pues así de tantos eran los visitantes brasileños. No sorprende que hoy un intenso flujo turístico conecte Chile con once ciudades brasileñas. Viajar por Chile fue, muchas veces, constatar hasta qué punto brasileños y chilenos ya cruzamos la cordillera con naturalidad. Esa misma cordillera es atravesada todos los días por otra expresión de nuestra complementariedad. El camión que lleva carne brasileña al consumidor chileno puede emprender el camino de regreso cargado de salmón chileno destinado al mercado brasileño. En esa sencilla imagen de ida y vuelta se resume buena parte de la complementariedad entre dos potencias agroalimentarias. La cordillera que atraviesan las mercancías en ambos sentidos ya no es una barrera, sino parte del camino. Algunas de mis predilecciones personales terminaron también por ofrecerme otras maneras de entender el trabajo diplomático. Como aficionado al vóleibol, viví con especial entusiasmo los Juegos Panamericanos de Santiago y pude comprobar, una vez más, la extraordinaria capacidad del deporte para reunir personas, crear pertenencia y contribuir a la cohesión social. Como cinéfilo, encontré en el cine chileno —y en mis frecuentes visitas al Cine Normandie— un ejercicio permanente de interculturalidad, una forma de conocer al otro a través de sus historias, sus sensibilidades y sus maneras de mirar el mundo. Y hasta mi conocida debilidad por los gatos encontró aquí un inesperado cómplice en Branquinho, que terminó convirtiéndose, desde los jardines de la Embajada, en un pequeño personaje de nuestra vida cotidiana con la labor de recordarnos que la diplomacia, por más institucional que sea, nunca debería perder su dimensión humana. Son recuerdos menores frente a los grandes asuntos de una misión diplomática, pero quizás sean precisamente esas pequeñas afinidades las que, al final de una estadía, hacen que un país deje de sentirse extranjero. Después de recorrer tantos kilómetros por Chile, quizás mi principal conclusión sea que la distancia entre nuestros países no se mide bien en kilómetros. Un embajador llega imaginando que su tarea consiste en acercar dos naciones. Con los años descubre que estas ya se acercan por innumerables caminos: científicos que trabajan juntos, militares que confían unos en otros, empresarios que descubren complementariedades, estudiantes que aprenden otra lengua, deportistas que inspiran a nuevas generaciones, cineastas que cuentan historias y ciudadanos que cruzan la cordillera en ambas direcciones. A la diplomacia le corresponde facilitar esos movimientos, abrirles puertas y, algunas veces, simplemente saber reconocerlos. El 7 de septiembre invita a los brasileños a reflexionar sobre la independencia. Celebrarlo en el exterior añade una perspectiva particular. La independencia afirma nuestra singularidad como nación, pero casi dos siglos de vida internacional nos han enseñado que soberanía no significa aislamiento. Un país seguro de sí mismo puede acercarse a los demás, aprender, cooperar y construir intereses comunes sin renunciar a aquello que lo distingue. Cuando llegué a Santiago, la majestuosidad de la cordillera llamaba mi atención todos los días. Con el tiempo se volvió familiar y terminó por formar parte de mi paisaje cotidiano, sin perder por ello un ápice de su grandeza. Ahora que me preparo para partir, vuelvo a mirarla con renovada atención y pienso que pocas imágenes podrían representar mejor la relación entre Brasil y Chile: sólida, extensa, construida can paciencia a lo largo del tiempo. Desde sus cumbres parece posible contemplar la dimensión de todo lo que nuestros países han construido juntos y, más allá, los nuevos horizontes que todavía nos quedan por alcanzar. Paulo Pacheco, embajador de Brasil en Chile
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