Damasco, 6 sep (SANA) El intercambio de ataques entre Estados Unidos e Irán contra buques de guerra y petroleros en el Golfo Arábigo y el estrecho de Ormuz ha elevado en las últimas horas el nivel de confrontación entre ambos países y amenaza con trasladar una parte creciente del conflicto al terreno marítimo y energético, afirmó un análisis publicado por la cadena qatarí Al-Jazeera.
Alrededor de una decena de objetivos fueron atacados en una sola jornada, en una sucesión de acciones y represalias que muestra cómo los buques comerciales y la infraestructura vinculada a las exportaciones de crudo empiezan a formar parte directa de la ecuación militar.
Irán y Estados Unidos disputan el control de Ormuz
La Guardia Revolucionaria iraní anunció el sábado por la noche ataques contra tres petroleros que, según Teherán, navegaban por una ruta no autorizada en el estrecho de Ormuz, además de otros tres buques que vinculó con Estados Unidos.
Irán presentó esas operaciones como una respuesta a los ataques estadounidenses contra tres petroleros iraníes ocurridos horas antes y reiteró que las embarcaciones que atraviesen Ormuz deben utilizar las rutas establecidas por las autoridades iraníes o exponerse a ser atacadas.
El punto de fricción está precisamente en quién determina las reglas de navegación en uno de los pasos marítimos más importantes para el comercio mundial de energía.
Teherán exige desde hace meses que los buques utilicen una ruta próxima a la isla iraní de Larak, mientras el Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) asegura haber despejado de minas un corredor más al sur, cercano a las costas de Omán, que considera abierto y seguro para la navegación.
Washington intenta respaldar esa posición publicando información sobre el tránsito de petroleros y los volúmenes de crudo que cruzan por esa ruta, mientras Irán busca demostrar que mantiene capacidad para imponer sus propias condiciones en el estrecho.
La disputa, hasta ahora centrada en buena medida en el control de las rutas marítimas, adquirió una dimensión mayor con los ataques estadounidenses contra tres petroleros iraníes.
Washington lleva la presión al corazón del sector petrolero iraní
El CENTCOM afirmó que esas operaciones fueron una represalia por el lanzamiento de misiles balísticos iraníes contra dos buques de guerra estadounidenses y sostuvo que los petroleros atacados formaban parte de una red utilizada para financiar a la Guardia Revolucionaria y a sus aliados regionales.
Según el mando estadounidense, dos de las embarcaciones, el Dawnee, cerca de la isla de Kharg, y el Stark 1, en las proximidades de Jask, quedaron inutilizadas de forma permanente. Un tercer petrolero, el Kilo, que se encontraba vacío en el golfo de Omán, fue destruido después de que su tripulación recibiera la orden de abandonar el buque.
El CENTCOM difundió además imágenes de dos embarcaciones en llamas y aseguró que las tripulaciones habían sido advertidas previamente.
Más allá de los daños ocasionados, la ubicación de los ataques resulta especialmente significativa.
Kharg constituye uno de los principales centros de exportación petrolera de Irán, mientras Jask forma parte de la estrategia iraní para diversificar sus terminales de salida de crudo y reducir su dependencia de las instalaciones situadas dentro del Golfo Arábigo.
Atacar embarcaciones en las inmediaciones de esos puntos transmite a Teherán un mensaje que va más allá de una represalia estrictamente militar: Washington está dispuesto a ejercer presión directa sobre el sistema de exportación de petróleo iraní.
El jefe del CENTCOM, Brad Cooper, resumió esa lógica al advertir que cualquier ataque contra buques estadounidenses tendrá como respuesta un coste económico mayor para Irán.
El secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, fue aún más lejos al amenazar con destruir los petroleros iraníes si continúan los ataques contra unidades de la Armada estadounidense y afirmar que la flota comercial de Teherán es vulnerable por carecer de suficiente protección naval y aérea.
Una escalada calculada con riesgo de descontrol
La novedad radica en que la confrontación ya no se limita a instalaciones militares, radares, sistemas de defensa o buques de guerra. Los petroleros y otros activos comerciales vinculados al sector energético han entrado abiertamente en el ciclo de represalias.
Esta evolución supone un cambio cualitativo porque amplía el abanico de objetivos y coloca a embarcaciones civiles relacionadas con el transporte de energía dentro del campo de batalla.
Aun así, la intensidad de los ataques parece responder, por ahora, a una lógica de escalada controlada: cada parte busca demostrar capacidad de respuesta e imponer costes a la otra sin desencadenar necesariamente una confrontación naval abierta de mayor envergadura.
En un espacio tan reducido y estratégico como el estrecho de Ormuz, donde convergen petroleros, buques militares y rutas esenciales para el suministro mundial de energía, un error de cálculo, un ataque con numerosas víctimas o la destrucción de una embarcación de gran tamaño podría acelerar una dinámica que hasta ahora ambas partes parecen intentar mantener dentro de ciertos límites.
La batalla naval entre Washington y Teherán introduce así una nueva ecuación en el conflicto: ya no se trata únicamente de quién controla el mar, sino de hasta qué punto cada parte está dispuesta a golpear la capacidad económica de la otra sin provocar una guerra de mayores dimensiones.
fm/as
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