En la novela Ulises de James Joyce el protagonista, Leopold Bloom, explora cómo tomarse con filosofía el descubrimiento de que su esposa le está siendo infiel con medio Dublín. Da con una larga lista de posibles consuelos, pero el que para mí debería aportarle más ecuanimidad es este: 'La apatía de las estrellas'.
Me viene a la mente porque siento que estamos necesitados de cierta filosofía para preservar una pizca de serenidad ante la estupidez que posee a medio mundo.
Claro, una opción es mirar para otro lado. Por el motivo que sea, gente como yo y, por definición, los lectores de este diario no nos podemos dar ese lujo. Consumimos noticias y seguimos con atención, entre otras cosas, lo siguiente:
Que por todos lados la fuerza bruta se impone a la justicia; que dos enfermos mentales están al mando de los arsenales nucleares más grandes que hay; que Israel está llevando a cabo una endemoniada limpieza étnica en Tierra Santa; que en Sudán corren más ríos de sangre que en cualquier otro lugar de la Tierra sin que nadie haga nada para lograr la paz; que el desastre humano en Ceuta se ha convertido en otro jueguito político en Madrid; que Estados Unidos libra una guerra sin fin en Irán y que Rusia libra una guerra sin fin en Ucrania; que Argentina se empeña con renovado entusiasmo en reclamar la soberanía sobre el que sería el territorio más inhóspito y más despoblado de su abundante geografía.
Fijémonos un momento en dos de estos delirios, Ucrania y las islas Malvinas. Escenifican dos extremos: la tragedia y la comedia. Lo que les une es la irracionalidad.
Vladímir Putin hizo una declaración esta semana a la vez falsa, extraña y reveladora. Durante un encuentro con estudiantes en Moscú explicó por qué ordenó la invasión de Ucrania. En el Ártico, dijo, viven orcas y osos polares. 'Las orcas se comen a esos osos como a pececillos. Sí, simplemente atacan en manada –¡zas!– y los despedazan. Es todo muy interesante. Sí, la cadena alimentaria. Hay que contarles esto a los niños, para que entiendan en qué mundo vivimos y por qué llevamos a cabo la operación militar especial'.
Bonita lección para los niños rusos. Lo que impera en el mundo es la ley de la jungla, del más fuerte. Por una cuestión de inevitabilidad biológica, según Putin, la orca rusa debe comerse al osito ucraniano. El fascismo, en otras palabras, es el orden natural de las cosas.
Putin explica por qué ordenó la invasión de Ucrania: lo que impera en el mundo es la ley de la jungla
En Buenos Aires, Javier Milei compareció en televisión para hacer un solemne llamado a recuperar la soberanía argentina sobre las Malvinas, anacrónica (y ageográfica) posesión imperial británica desde hace siglo y medio. Milei recordó que la causa de las Malvinas era 'la más importante y sagrada que tenemos los argentinos'. Ahora es el momento de entrar en acción, declaró, debido a 'los vientos de cambio en el mundo favorables a nuestros reclamos' y 'la nueva relevancia geopolítica de nuestro país'.
Los vientos de cambio llegan de Washington. La nueva relevancia geopolítica se debe a que el amigo de Milei que ocupa la Casa Blanca soltó unas palabras esta semana sugiriendo, entre líneas, que no le parecería tan mal la idea de expulsar a los británicos de las islas. El contexto de este histórico, probablemente fugaz e indudablemente frívolo cambio de rumbo fue el siguiente.
Un periodista le preguntó a Trump si estaba reconsiderando su posición respecto a la soberanía británica sobre las Malvinas y él respondió: 'Siempre reconsidero todas mis posiciones. Esta solo es una de muchas'.
Milei recuerda que la causa de las Malvinas es 'la más importante y sagrada que tenemos los argentinos'
Júbilo en la Casa Rosada, y más aún cuando un par de días después otro periodista le preguntó a Trump si acudiría en defensa de los británicos si el Gobierno argentino repitiera la invasión fallida del siglo pasado. No dijo que no, pero recordó que los británicos se habían negado a ayudarle a él con 'un par de barcos de guerra' tras iniciar en febrero su actual guerra en Irán.
Esto fue suficiente para que Milei recuperase el espíritu de la dictadura militar que plantó la bandera argentina sobre las Malvinas durante un par de meses en 1982. Será pura casualidad que, como los militares en su momento, Milei se encuentra hoy políticamente acorralado.
Conozco el tema. Durante mi infancia en Buenos Aires, mi profesora me recordaba que las Malvinas eran argentinas, no de 'los piratas ingleses'. Pasé la mitad de la guerra de 1982 (hasta que los militares empezaron a amenazarme de muerte) trabajando como periodista en Argentina. Visité las Malvinas unos años después. Mi primera reacción: ¡me quiero ir ya! Sería la primera reacción de cualquier argentino que visitase las islas tras el glorioso día en el que su país recupere la soberanía sobre una isla que Dios creó no para la vida humana, ni para la de las orcas o los osos polares, sino para los pingüinos. Hay 275 pingüinos por cada persona que habita las islas.
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Ahora, si la causa de las Malvinas es 'la más importante y sagrada' en un país con una riqueza natural extraordinaria junto a una no menos extraordinaria tasa de desnutrición infantil, bueno, habrá que ser argentino para entenderlo. Ante lo que yo contemplo como otro caso más de la idiotez que recorre el mundo necesito, como Leopold Bloom, recurrir a la filosofía para no caer en la desesperación.
Recordando 'la apatía de las estrellas', pienso en el astrónomo estadounidense Carl Sagan cuando contemplaba una foto lejana de la Tierra tomada desde el espacio, 'ese pálido punto azul'. Reflexionó: 'Mira de nuevo ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar... El conjunto de nuestra alegría y nuestro sufrimiento, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas… cada madre y padre, cada niño esperanzado, cada inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y pecador de la historia de nuestra especie vivió allí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol'.
Leo estas palabras y, sí, me proporcionan luz, perspectiva y un poquito de paz. Ojalá las leyeran a diario aquellas motas de polvo humano, aquellos 'líderes supremos', que hacen tanto daño y tanto el ridículo aquí en nuestro minúsculo hogar azul. Pero en estos tiempos, en este puntito de planeta, eso sería demasiado pedir.
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