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Alfredo Joignant

El socialismo chileno después de Camilo Escalona

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La partida del histórico líder socialista hizo posible que se abrieran paso insospechadas muestras de reconocimiento por parte de adversarios, en donde la más espectacular fue la del presidente José Antonio Kast. Sin embargo, con la muerte de Camilo Escalona, surgen innumerables preguntas para el Partido Socialista, las que ya se encontraban formuladas desde mucho antes, sin atenderlas ni menos responderlas: la partida de esta figura señera del socialismo chileno las vuelve a formular, aunque con una urgencia y actualidad acuciantes. ¿Por qué preguntas antiguas se vuelven urgentes, y de qué preguntas estamos hablando? Porque Camilo Escalona, junto a ese otro líder del socialismo chileno que es Ricardo Núñez (no es una casualidad si ambos fueron senadores, el primero presidente y el segundo vicepresidente de la Cámara Alta), imaginó y ensayó de verdad una vía original no para transitar al socialismo, sino a la democracia. El entendimiento con la Democracia Cristiana (si bien teorizado por la renovación socialista en los ochenta, un mundo distinto al de Escalona), fue asumido como propio por este líder del socialismo chileno. Ese entendimiento es mucho más profundo de lo que parece, y Escalona capturó muy bien su alcance: fue tempranamente imaginado por Enrico Berlinguer (secretario general del Partido Comunista italiano y protagonista del eurocomunismo, que nada tiene que ver con el comunismo chileno) tras el golpe de Estado en Chile en 1973, y es una de las ideas políticas más fructíferas que se ensayaron a partir de 1988. Es cierto: se trata de una línea política que alcanzó su límite lógico e histórico, tras haberle entregado a Chile veinte años de gobiernos de centroizquierda y un largo periodo de progreso y bienestar medible bajo todo tipo de métricas. El límite, claro está, era que nunca se propuso romper con el neoliberalismo, a lo menos no de modo explícito, sino más bien de reformarlo. De allí varias preguntas. ¿Será capaz el PS de imaginar una política tan original y adaptada a los nuevos tiempos? ¿Es pensable un nuevo 'compromiso histórico' (la idea y el nombre pertenecen a Berlinguer) no solo entre partidos de izquierda, sino también con fuerzas funcionalmente equivalentes a la Democracia Cristiana, por ejemplo, liberales, en una época en donde la democracia liberal y representativa se encuentra amenazada? ¿Están dadas las condiciones para formar un nuevo bloque político y social, con partidos, clases sociales y sociedad civil, con el fin de entregarle a Chile una nueva oportunidad para acceder al desarrollo? Las respuestas socialistas hasta ahora son muy limitadas, ya que no superan el llamado a la unidad de las izquierdas, como si esa unidad fuese suficiente para alcanzar un nivel de trascendencia histórica como el que caracterizó a la Concertación. Varias razones explican estas limitaciones. En primer lugar, no es posible obviar la naturaleza de las luchas de esta época, cuyo Zeitgeist está hecho de polarización y radicalidad: el fenómeno ya se encuentra presente en Chile, un espíritu de época que favorece mucho más a la derecha radical que a la izquierda (radical y socialdemócrata, en donde sorprende la inexistencia de un partido verde). No es seguro que los socialistas, y las izquierdas en general, estén a la altura de las circunstancias y evalúen correctamente la magnitud de las amenazas (que son civilizacionales), sin espantar a fuerzas genuinamente incómodas con este Zeitgeist. La condición de posibilidad de un nuevo compromiso histórico supone despolarizar, salir del pantano de la política tóxica, buscando acuerdos bastante más allá de la izquierda: pues bien, este es precisamente uno de los legados de Camilo Escalona, cuya identidad de izquierda nunca entró en colisión con la convergencia con otros mundos. La segunda razón de las limitaciones del socialismo chileno después de Escalona se refiere a la falta de elenco socialista: la partida de Escalona resuena como la definitiva extinción de toda una generación política, brillante, la que tiene reemplazo, pero sin ambición histórica. La tercera razón se refiere a la inconciencia de lo que se encuentra en juego en las luchas de hoy. Ya no se está luchando por el socialismo, sino por la democracia y su capacidad de sostener los ideales de la ilustración. En algún sentido, las luchas socialistas han perdido ambición, y se definen por el carácter reactivo de las batallas por la libertad, la igualdad y, sobre todo, por el bienestar. Nunca habíamos asistido a guerras culturales que ponen en entredicho la idea misma de justicia social, la que es calificada por las derechas radicales como una aberración, como una idea parasitaria que es necesario erradicar. Camilo Escalona supo poner en práctica ideas de este tipo, dejando atrás la razón revolucionaria para abrazar la razón reformista, esa que no pierde nunca de vista el horizonte de progreso y acepta, como condición de posibilidad, la hipótesis de retroceso sin abandonar el rumbo: dos pasos adelante, uno hacia atrás.
El socialismo chileno después de Camilo Escalona
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