No parece tarea sencilla imaginar cómo será la economía dentro de treinta o cuarenta años. Tampoco lo fue, a comienzos de los años ochenta, anticipar un mundo hoy dominado por internet, teléfonos inteligentes, plataformas digitales, redes sociales y trabajo remoto. Sin embargo, hay momentos de la historia en los que una tecnología no modifica solamente algunos sectores, sino la manera completa en que una sociedad produce, trabaja, aprende, consume y se organiza. La inteligencia artificial parece estar entrando justamente en esa categoría.
Mi impresión es que estamos frente a una transformación potencialmente comparable con la primera Revolución Industrial, aunque conviene ser prudentes con los tiempos. Aún no sabemos si el desarrollo actual continuará acelerándose durante décadas o encontrará límites técnicos, energéticos, regulatorios o económicos. Por eso no se trata de hacer livianamente una profecía sobre 2060, sino de pensar qué puede ocurrir si determinadas formas de inteligencia, que hasta ahora eran costosas y relativamente escasas, se convierten progresivamente en recursos abundantes y baratos. Y allí aparece una idea que, a mi entender, permite comprender buena parte de lo que viene: la IA no va a eliminar la escasez; va a cambiar qué cosas son escasas.
Durante los próximos años muy probablemente veremos asistentes y agentes de IA capaces de realizar una proporción creciente del trabajo intelectual. Investigar, programar, redactar, analizar bases de datos, preparar contratos, diseñar, traducir o administrar procesos será cada vez más rápido y barato. Eso no significa necesariamente que programadores, abogados, economistas, profesionales del marketing, médicos o diseñadores vayan a desaparecer. Significa algo más profundo: una parte de aquello que antes tenía valor porque requería conocimientos técnicos empieza a volverse abundante, y el valor económico comienza a desplazarse hacia otras capacidades, aun dentro de esas mismas profesiones. Definir correctamente un problema, comprender el contexto, distinguir un buen resultado de uno mediocre, interpretar a las personas, detectar errores o tomar decisiones puede terminar siendo más importante que ejecutar el procedimiento técnico. Los programas de enseñanza de las universidades van a tener que dar giros de 180 grados.
Esta discusión recuerda inevitablemente a John Maynard Keynes, quien en 1930 imaginó que el progreso tecnológico terminaría reduciendo radicalmente las horas necesarias para trabajar. Keynes acertó respecto del enorme aumento posterior de la productividad, pero subestimó nuestra capacidad para crear nuevas necesidades, bienes, industrias y ocupaciones. Por eso conviene ser prudentes frente a las profecías actuales sobre el "fin del trabajo" o "fin de la escasez". La tecnología seguramente destruirá determinadas tareas y generará otras, como ocurrió tantas veces, si bien no está clara la velocidad de sustitución. De producir más a distribuir mejor
Durante los últimos dos siglos organizamos buena parte de nuestra economía alrededor de una secuencia relativamente sencilla: las personas trabajan, reciben un salario y con ese ingreso consumen (flujo circular). La inteligencia artificial puede tensionar esa arquitectura si permite producir mucho más valor utilizando proporcionalmente menos horas de trabajo humano. No significa necesariamente un mundo sin empleo, pero sí puede hacer que una de las grandes preguntas económicas del siglo XXI deje de ser exclusivamente cómo producir más y pase a ser cómo distribuir los beneficios de una productividad mucho mayor.
Una sociedad puede ser extraordinariamente productiva y simultáneamente muy desigual si la propiedad del capital, los algoritmos y la infraestructura necesaria para generar esa riqueza está concentrada. La discusión distributiva del futuro probablemente no pase solamente por salarios e impuestos, sino también por quién posee los modelos, los datos, los centros de cómputo y las máquinas que producen una parte creciente del valor.
Pero tampoco todo se volverá barato, ese es otro error de análisis que se lee frecuentemente. La IA puede reducir enormemente el costo del software, la traducción, el diseño, la información o determinados servicios profesionales, mientras otras cosas continúan siendo difíciles de multiplicar: energía, recursos naturales, y especialmente, tiempo humano. Puede aparecer entonces una paradoja interesante: cuanto más barata sea la inteligencia, más valiosas pueden volverse algunas actividades profundamente humanas.
También existe una restricción física que solemos olvidar cuando hablamos de inteligencia artificial. La IA no vive en una nube abstracta. Necesita centros de datos, electricidad, semiconductores, redes, sistemas de refrigeración, agua, minerales e inversiones gigantescas. Podemos terminar viviendo en una economía con inteligencia muy barata y energía relativamente cara, o con capacidades intelectuales abundantísimas, pero infraestructura de cómputo fuertemente concentrada. La economía digital del futuro puede resultar, paradójicamente, hasta más inequitativa que la actual. La nueva escasez puede ser el criterio
Algo parecido ocurrirá con la educación. Si una inteligencia artificial puede explicar prácticamente cualquier tema en segundos, memorizar información perderá parte de la centralidad que tuvo durante siglos. Eso no significa que saber deje de importar: para reconocer una respuesta incorrecta primero hay que comprender el tema. Pero cuanto más abundante sea la información, más importante será desarrollar criterio, pensamiento crítico, capacidad para formular preguntas, interpretar contextos y decidir bajo incertidumbre.
Y esto nos lleva a otra posible escasez: la verdad. La IA permitirá escalar algo que ya se está viendo: producir textos, imágenes, voces y videos verosímiles a un costo cercano a cero. Sin embargo, cuando producir información sea extremadamente barato, verificarla puede volverse mucho más caro. Periodistas, auditores, científicos, universidades y otras instituciones capaces de generar confianza podrían adquirir, paradójicamente, un valor todavía mayor. En un mundo inundado de información, saber en qué creer puede convertirse en un recurso económico escaso.
La misma lógica se aplica a la responsabilidad. Una IA puede recomendar un tratamiento médico, analizar miles de antecedentes judiciales o sugerir una inversión financiera, pero finalmente existen decisiones que alguien debe asumir. Hay una diferencia entre capacidad y legitimidad: que una máquina pueda tomar técnicamente una decisión no significa que una sociedad deba delegársela. En un mundo con inteligencia abundante, la capacidad humana de decidir bajo incertidumbre y hacerse responsable de las consecuencias puede terminar siendo especialmente valiosa. ¿Y Argentina?
Para nuestro país esta transformación contiene importantes oportunidades, pero también riesgos. Argentina posee recursos que la nueva economía necesitará: energía, minerales, alimentos, territorio y capital humano. Pero disponer de aquello que el mundo demanda nunca garantizó apropiarse de la mayor parte del valor generado. Podemos exportar gas para abastecer centros de datos o cobre para ampliar redes eléctricas y, aun así, continuar capturando una fracción relativamente pequeña de las rentas tecnológicas posteriores.
Por eso la pregunta estratégica no debería ser solamente qué puede venderle Argentina a una economía dominada por la inteligencia artificial, sino qué ventajas competitivas podemos construir, de forma racional, sin los tradicionales vicios de nuestra ISI del siglo XX. Eso significa convertir recursos naturales en capacidades (valor agregado): energía competitiva, infraestructura digital, capital humano profesional, software para la IA, investigación, centros de datos cuando sean económicamente viables y, especialmente, empresas capaces de incorporar inteligencia artificial para mejorar sus procesos.
En palabras simples, quizás sea poco realista pensar que Argentina pueda llegar a liderar la industria mundial de semiconductores avanzados y chips especializados para inteligencia artificial. Otros países y empresas llevan décadas acumulando capacidades tecnológicas, capital y escala. Pero eso tampoco significa resignarnos a ser simples proveedores de materias primas de la nueva revolución tecnológica, bajo una interpretación excesivamente estática de nuestras ventajas comparativas. Hay una diferencia fundamental entre aceptar las ventajas comparativas existentes y construir ventajas competitivas nuevas; una distinción que no siempre ha sido suficientemente comprendida por nuestra política económica. El problema de la transición
Hay desafíos sistémico-políticos, y de consistencia social, que exceden a lo económico, y que se van a profundizar en las próximas décadas. Una empresa puede adoptar una tecnología nueva en meses, mientras un trabajador puede necesitar años para reconvertirse, un sistema educativo una década para cambiar y las instituciones públicas todavía más tiempo. Una transformación puede ser beneficiosa en términos agregados y, simultáneamente, producir perdedores concretos durante períodos suficientemente largos como para generar frustración social y conflictos políticos. El desafío no será solamente llegar a una economía más productiva, sino llegar hasta ella sin romper el contrato social en el camino.
Es por todo esto que nuestros hijos y (especialmente) nietos probablemente sean extraordinariamente abundantes en cosas que nosotros todavía consideramos escasas: conocimiento, cálculo, software, análisis, traducción y capacidad intelectual aplicada, pero quizás sean sorprendentemente escasos en otras que hoy damos por sentadas: atención humana, privacidad, verdad, originalidad, cuidado, confianza y tiempo no mediado por máquinas.
Por eso la discusión sobre inteligencia artificial es bastante más profunda que preguntarnos qué empleos desaparecerán. Cuando cambia aquello que es escaso, también cambian los precios relativos, las empresas, los mercados, la educación, el Estado y hasta nuestra forma de organizar la vida. El trabajo, además, no solamente proporciona ingresos: también nos brinda identidad, reconocimiento y propósito. Una sociedad capaz de producir mucho más con menos trabajo humano tendrá que resolver no sólo cómo distribuir esa riqueza, sino también cómo construir sentido alrededor de nuestras vidas.
Y finalmente, algo por demás importante, el futuro aún no está escrito. La economía donde vivirán nuestros hijos y nietos dependerá de las decisiones que tomemos durante las próximas décadas nosotros, sus padres, sobre educación, competencia, energía, regulación, privacidad, distribución y tecnología.
Quizás la conclusión final que podamos hacer es que nuestros hijos y nietos, muy probablemente, no vivirán en un mundo sin escasez, sino en uno donde serán escasas cosas muy diferentes de las que lo son hoy. Y quizás allí esté la verdadera revolución económica de la inteligencia artificial: no abolirá la escasez; la redefinirá. Y al hacerlo, también redefinirá buena parte de la sociedad que se construya alrededor de ella.
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