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Ceuta, Sánchez y la memoria selectiva del PP

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Que una imagen vale más que mil palabras no es solo una frase hecha. La fotografía de Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal juntos en el manifestódromo de Madrid este miércoles explica muchas cosas de las están sucediendo en la política de nuestro país. Desde que Pedro Sánchez llegó a La Moncloa, el Partido Popular y Vox han coincidido o participado conjuntamente en numerosas movilizaciones. Da igual que el motivo sea la inmigración, Ceuta, Cataluña, la amnistía, la política exterior, la economía, o cualquier otra cuestión. El diagnóstico termina siendo siempre idéntico: Sánchez dimisión y elecciones ya. Esta estrategia no persigue aportar soluciones a un problema tan complejo como el del fenómeno migratorio, sino desgastar al Gobierno y mantener movilizado al electorado de derechas. Ceuta les importa mucho menos de lo que dicen. Vamos, no les importa nada. Se movilizan por puro interés partidista hoy, como lo hacían los cayetanos ayer contra la gestión de la pandemia. El PP lleva años intentando mantener la calle en permanente movilización. Feijóo no ha inventado nada. Simplemente reproduce un patrón que Mariano Rajoy describía sin demasiado pudor en 2006, cuando el PP le organizaba una manifestación tras otra al Gobierno de Zapatero: "Mi partido es el que moviliza todas las manifestaciones. Es el que las respalda y las llena". Mantener la calle en tensión no es sencillo. Se necesita alimentar constantemente la crispación, la sensación de crisis y de agravio, y encontrar una excusa nueva cada cierto tiempo para mantener movilizada a la parroquia. Eso lo hacen de cine. Ahora, el pretexto es Ceuta. Y ahí los tienen, Feijóo y Abascal compartiendo de nuevo espacio, fotografía y reivindicación. Pero hay algo todavía más interesante de analizar: la memoria. La memoria política de la derecha española es extraordinariamente selectiva. Cuando el Partido Popular gobierna, la inmigración es un asunto de Estado que necesita unidad, cooperación internacional, y responsabilidad institucional. Cuando es oposición, entonces el PP convierte esa misma inmigración en un arma arrojadiza contra el Gobierno, y en la prueba irrefutable de que Sánchez está destruyendo el país y regalando las fronteras. Resulta muy fácil decir, como hemos escuchado a Feijóo, que hay que devolverlos inmediatamente. Pero la legislación española y la jurisprudencia de los altos tribunales prohíben de forma absoluta las devoluciones automáticas de menores. ¿Por qué miente entonces Feijóo? ¿Simplifica deliberadamente la realidad para hacer demagogia barata, o desconoce las obligaciones que tendría que asumir si gobernara? Por otro lado, escuchar a Feijóo decir en el Congreso de los Diputados que lo sucedido en Ceuta "salió de Marruecos, fue consentido por Marruecos y hay indicios de que Marruecos lo coordinó" y acusar al gobierno de complicidad con ello, no solo resulta profundamente irresponsable en un jefe de la oposición, sino que además es tremendamente mezquino y falso. Feijóo sabe perfectamente que Marruecos es un socio imprescindible para España en materia migratoria, de seguridad y de control de la frontera sur de Europa. Lo sabe porque la realidad geográfica no cambia según quién ocupe La Moncloa, y porque, como explicó el presidente Sánchez en el debate de este jueves en el Congreso, todos los Gobiernos de la democracia han tenido que entenderse con Marruecos. Se puede exigir, discrepar y negociar con Rabat. Lo que no es posible es gestionar la frontera sur española sin cooperación con Marruecos. Lo sabe Feijóo y lo sabe Abascal, pero es más populista hacer alharacas incluso jugando con el interés nacional. El problema de fondo es precisamente ese. La oposición permite soluciones sencillas y demagogia de garrafón. El Gobierno, no. Desde la oposición basta con decir que hay que devolver, cerrar, impedir, expulsar, endurecer o romper acuerdos. Desde el Gobierno hay que cumplir con las leyes, los acuerdos y los intereses de España. Hay que negociar. Hay que conseguir la colaboración de Marruecos, el respaldo de Bruselas y hay que atender a las personas distribuyendo los recursos. En suma, hay que gestionar. Es la diferencia entre una pancarta y un Consejo de Ministros. Y las preguntas que se le deben hacer a Feijóo son muy sencillas: ¿qué haría exactamente un Gobierno presidido por él ante los mismos problemas que hoy utiliza para atacar a Sánchez? ¿Rompería con Marruecos? ¿Dejaría de cooperar con las autoridades europeas? ¿Ignoraría las obligaciones internacionales respecto a los menores? ¿Dejaría que Ceuta, Melilla o Canarias afrontasen solas las llegadas? ¿O terminaría haciendo, con sus matices, buena parte de lo que han hecho otros gobiernos? España no descubrió la inmigración irregular en 2018. Ni la presión sobre Ceuta y Melilla comenzó con Pedro Sánchez. Ni Marruecos se convirtió ayer en un actor imprescindible para España. Por eso conviene mirar la fotografía de Feijóo y Abascal manifestándose por Ceuta con cierta perspectiva. Es la imagen de las dos caras de la misma moneda. Es la imagen de una estrategia que necesita mantener viva la protesta, encontrar un motivo permanente de indignación y convertir cada problema en un plebiscito sobre Pedro Sánchez. Y mientras Feijóo sigue en su deriva ultra compitiendo en radicalidad con Abascal, olvida que en algún momento el electorado dejará de preguntarse quién está más enfadado con Sánchez, y empezará a preguntarse algo mucho más importante: ¿quién está realmente preparado para gobernar cuando se acaben las pancartas? __________ El HuffPost no se hace responsable ni comparte las opiniones expresadas por los autores o colaboradores de esta publicación.
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