Cultura y salud son dos realidades muy ligadas, como lo vemos en el caso de las adicciones y del consumo de drogas, situaciones en las que los valores, costumbres y creencias de las comunidades ejercen influencia determinante en la frecuencia del problema. Esto vale también para el alcohol, el psicotrópico de más fácil acceso y más tolerado en todo el mundo, que ha generado, en torno a su uso y consumo, estructuras complejas de valores y comportamientos que llevan a hablar de 'cultura alcohólica'.
Tal cultura tiene en el Ecuador importancia significativa. Las bebidas fermentadas o destiladas solo están proscritas en ciertos grupos religiosos. Son mandatorias en toda clase de celebraciones. El consumo moderado está bien visto y los excesos más que tolerados suelen ser 'perdonados'. Estadísticas sostienen que el ecuatoriano bebe 7,2 litros por persona al año, a simple vista parece alto y es alto de acuerdo con estándares médicos.
En todo el mundo se detecta una caída del consumo, que se acentúa en el caso de los jóvenes nacidos a partir de 1990. Ya se habla del 'gen antialcohólico de los millennials'. En nuestro país tal tendencia no es acentuada y de acuerdo con la información consultada, depende mucho de los contextos. Por eso, permanece un rasgo de 'nuestra cultura alcohólica' que otorga un valor iniciático al consumo de bebidas embriagantes, con el sentido de que tal ingesta hace adulta a una persona, especialmente si se trata de varones, entre los cuales esta visión se refuerza con un sentido machista de tal conducta.
A la luz de recientes investigaciones esta situación se hace más preocupante. Estudios de científicos de la Universidad Marshall en Virginia Occidental sugieren que el consumo frecuente de alcohol en la adolescencia provoca daños cerebrales irreversibles. Encontraron que la ingesta altera el funcionamiento de los astrocitos, células encefálicas con forma de estrella. Facultades tan cruciales como el aprendizaje y la memoria se gestionan desde el hipocampo, región cerebral en la que el consumo de alcohol altera la comunicación de los astrocitos con otros componentes cerebrales.
Los investigadores de Marshall usaron sofisticadas técnicas, como fotometría de fibra, quimiogenética, electropsicología, y herramientas de superresolución microscópica. De acuerdo con lo que sabemos hasta hoy, periodos de abstinencia, incluso por largo tiempo, no ayudan a restaurar el daño. Estas lesiones redundarían en problemas con la gestión del miedo en la vida adulta, con la consiguiente disminución de la calidad de vida. Según las publicaciones del mencionado centro, se vislumbran maneras de disminuir los crueles efectos de este desorden, pero no se puede hablar de solución.
En esta tierra sudamericana no podemos ni soñar con tecnología de ese nivel. Lo peor que podemos hacer es implementar medidas prohibicionistas o represivas. Habrá que intentar entonces políticas preventivas. Iniciativas educativas y culturales pueden ayudar en cierta medida, pero no se pueden esperar milagros. La cultura alcohólica y otras áreas del comportamiento, que están con ella relacionadas, no se generan en las aulas ni con actividades controladas, sino en espacios informales y hasta clandestinos. ¿Cómo puede la sociedad influir ahí? (O)
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